Pablo Iglesias ha sorprendido a todos los analistas del país, y no son pocos. Cuando muchos aventuraban que el culmen de su carrera política parecía estar en la vicepresidencia del Gobierno, y que de ese entorno solo saldría para acaparar más poder, ha decidido dar un volantazo ante el anuncio de Isabel Díaz Ayuso de convocar elecciones en la Comunidad de Madrid. El líder de Unidas Podemos se ha lanzado al agua con marea baja de su partido con su salvavidas de líder; eso sí, en el acto heroico se ha quitado de encima, sin preguntar a nadie, a Isa Serra. Vuelve él. Ahora en versión Madrid.

El inicio del terremoto político tiene epicentro en Ciudadanos, una formación que solo con poner un momento el intermitente a la izquierda tiene todas las papeletas para desaparecer. Y es que el votante de centro derecha, derecha o más derecha a la derecha no perdona los vaivenes. Si algo caracteriza a las derechas es la fuerte convicción de ir en contra de la izquierda y, en ese camino, siempre es capaz de sumar fuerzas por una causa común, pese a las diferencias. Ahora, con una figura tan poco amable como Iglesias como enemigo, todo parece indicar que PP y Vox sumarán los votos del desencantado votante de Ciudadanos.

No ocurre lo mismo en la izquierda del tablero. Pese a las siglas, ni en Podemos están Unidas, ni la Izquierda Unida está. Porque históricamente la izquierda española tiende a fragmentarse. En Madrid cada día se hace más evidente esa distancia, pese a los intentos de Iglesias de acercarse a Más Madrid, y en contra de las peticiones de acercamiento en redes sociales de referentes izquierdistas.

Iglesias pidió, en concreto, hacer “una candidatura única para ganar Madrid el próximo 4 de mayo” debido al “enorme peligro y la enorme oportunidad que tenemos ante nosotros, que requiere que tengamos la responsabilidad, la humildad y la altura de miras necesarias para ir todos unidos en una candidatura de izquierdas que sea capaz de ganar a Ayuso y gobernar la Comunidad de Madrid».

Pero no parece que haya calado su mensaje después de la irreconciliable separación política y personal con Íñigo Errejón. Desde Más Madrid afirmaron, en concreto su diputado Hugo Martínez, que “ni creo que sume ir juntos ni creo que esté en la agenda de los partidos”.

En cuanto al PSOE, tampoco parece que la relación con los de Iglesias sea la mejor. Pese a los intentos por normalizar el Gobierno de coalición, han trascendido en esta legislatura decenas de desencuentros en consejos de ministros agitados. Asuntos como la inviolabilidad del Rey o el límite de los alquileres van guiándoles cada día más hacia el escenario inevitable de la ruptura como socios de Gobierno. De nuevo, la unión de la izquierda parece forzada y un asunto de días contados.

Para entender esta división endémica es útil acercarse al pasado reciente. Además de la Revolución de Asturias de 1934, ese año el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamaba de forma unilateral “el estado catalán dentro de la República federal española”. Era solo la antesala de la agitación previa al estallido de la Guerra Civil española que sacudió a todo un país… y a la izquierda en particular.

Con un ambiente crispado, prerrevolucionario y violento, España asistía a unas elecciones, en febrero de 1936, en la que los dos bloques, izquierda y derecha, confluían enfrentados como dos bólidos sin frenos. En el caso de la izquierda, el llamado Frente Popular estaba compuesto por el PSOE-UGT, el Partido Comunista español y el POUM (Partido Obrero Unificado Marxista), Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Republicana de Catalunya, Partido Sindicalista… en lo que denominaron una alianza antifascista, un término con el que se referían a todos los partidos que no integraban este Frente Popular.

Tras ganar la izquierda por la mínima las elecciones, y pese al fraude que hace pocos años desvelaron los autores Manuel Álvarez y Roberto Villa en el libro 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular -donde documentan innumerables irregularidades en el recuento de los votos-, España caminaba en una época convulsa donde la izquierda comenzaba a mostrar claramente sus diferentes posturas irreconciliables, unas mucho más beligerantes que otras.

Según el líder de la oposición José María Gil-Robles, en junio de 1936 se contabilizaron “160 iglesias destruidas, 251 asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto. 269 muertos. 1287 heridos de diferente gravedad. 215 agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan. 69 centros particulares y políticos destruidos, 312 edificios asaltados. 113 huelgas generales, 228 huelgas parciales. 10 periódicos totalmente destruidos, todos de derecha. 83 asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos. 146 bombas y artefactos explosivos. 38 recogidos sin explotar”. No parecía un país muy sólido por aquel entonces y los ecos de la guerra retumbaban más fuertes que nunca.

Tras el golpe militar de julio de 1936 de ese mismo año llegó la Guerra Civil y, con ella, el absoluto caos dentro del bando Republicano. Socialistas, comunistas y anarquistas comenzaban entonces su particular guerra civil dentro de la Guerra Civil. Pese a tener un objetivo común, no dudaron en saldar cuentas pendientes de forma interna mientras que el bando franquista unía fuerzas frente al comunismo, pese a sus también evidentes diferencias internas.

Los Hechos de Mayo y el Golpe de Casado, el sangriento enfrentamiento de la izquierda

Esa división en la izquierda tuvo un punto álgido durante la Guerra Civil en mayo de 1937. En esos primeros días del mes se produjeron los llamados Hechos de Mayo de Barcelona. Según el historiador Ferrán Gallego, los Hechos de Mayo tienen una “validez universal” y su significado está todavía vigente. No se consideraban “un tema del pasado en la Transición, ni lo son ahora porque son el mejor ejemplo de la división antifascista y de los problemas de unidad que han caracterizado siempre a la izquierda”.

En palabras del también historiador Manuel Aguilera, autor de Compañeros y Camaradas, este hecho es tremendamente importante porque “revela el proceso revolucionario que se puso en marcha el 19 de julio de 1936 y las profundas disensiones entre las facciones antifascistas a la hora de afrontarlo. No hubo un bando antifascista sino varios y la República no supo mantenerlos cohesionados porque, sencillamente, no pudo satisfacer las aspiraciones de todos”. 

Coincide en este sentido Stanley Payne al apuntar que “la Guerra Civil exigió un constante proceso de ajuste en toda la izquierda, porque habían creado una situación revolucionaria distinta para cada una de sus diferentes utopías, imaginaciones y proyecciones”. 

Los sucesos se agravaron en las semanas siguientes, con choques terribles en numerosos pueblos catalanes como el de La Fatarella, que dejó 35 muertos. El enfrentamiento abierto parecía inevitable así que ambos bandos se prepararon para la batalla. Como se aprecia hoy en la hemeroteca, en su prensa y en su documentación interna, tanto la CNT-FAI como el PSUC preveían desde principios de 1937 un combate en Barcelona. 

Y el combate llegó. En total, según una exhaustiva investigación de Aguilera, que le llevó a analizar calle por calle la batalla izquierdista, hubo alrededor de 220 muertos entre anarquistas, comunistas y personas que perdieron la vida de forma colateral.

Estos enfrentamientos se daban al mismo tiempo que Franco avanzaba alrededor del tablero de guerra del país. La división llegó al punto insostenible de que, incluso, al final de la Guerra, todavía había guerra de guerrillas entre comunistas, anarquistas y socialistas en Madrid, donde hasta durante siete días se reprodujeron los combates en las calles de la capital, con un triste balance de 2000 muertos y decenas de miles de heridos. Esta situación había provocado “un desgarro sin paliativos” en las fuerzas republicanas, incapaces ya de ofrecer la menor resistencia a las tropas franquistas, según afirma Ángel Bahamonde en Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado.

El coronel Segismundo Casado firmó una paz negociada con Franco ante la destructiva deriva y el panorama desolador para la República en el devenir de la guerra. Aun hoy es considerado un traidor.

El panorama político y social actual, afortunadamente, es completamente diferente. La situación en Cataluña, pese a algunas similitudes, no tiene nada que ver y, aunque la catalogación de fascistas sigue muy viva en el día a día, no existe el riesgo de que haya un enfrentamiento bélico nacional, ni la sombra alargada de ningún Hitler o Stalin a nivel internacional. Ni siquiera en el seno militar, pese algunos nostálgicos armados con WhatsApp, parece que haya riesgo de ningún tipo.

Tampoco los hechos de mayo de 1937 son comparables al hecho de que en mayo haya elecciones en Madrid, pero mirar hacia atrás aprovechando la coincidencia del mes sí sirve para comprender cómo de forma recurrente vuelve a repetirse la historia en la izquierda española. La desunión interna, la unilateralidad en las decisiones y los dispares objetivos de unos y otros sin ánimo de permitirse concesiones pueden repetir el hecho de que la izquierda desunida quede relevada a una posición irrelevante en Madrid, con lo que eso conlleva a nivel nacional.