España

Iglesias ve Madrid como el último reducto del franquismo a derrotar

Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso en una imagen de archivo

Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso en una imagen de archivo EFE

«Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?», afirmó hace unos meses la presidenta autonómica Isabel Díaz Ayuso en un juego de palabras. Intentaba transmitir acaso la importancia política, social y económica de un territorito que, para lo bueno y para lo malo, tiene siempre el foco encima. Un territorio que trasciende de sus propias fronteras. Para el candidato de Unidas Podemos a la presidencia de la Comunidad, Pablo Iglesias, Madrid es también es importante y distinta, aunque por otros motivos.

Aparte de presentarse a las elecciones del 4 de mayo con el objetivo de frenar a PP y a Vox, según él mismo explicó en un sorpresivo anuncio, Madrid es, según fuentes de su entorno, «el último reducto de la derecha y lo que representa de élites económicas con anclaje en el franquismo». Y aunque desde la Transición española ya han pasado varias décadas, Madrid «es la última de las batallas» de la izquierda, donde no gobierna desde 1995, esto es, desde hace 26 años cuando Joaquín Leguina resultó derrotado por Alberto Ruiz-Gallardón.

Iglesias quiere dar un toque entre épico y heroico a la contienda electoral por la que decidió, nada menos, abandonar el Gobierno de la Nación. Un sacrificio que no iba a justificar simplemente por el riesgo de quedar sin representación en la Asamblea autonómica, que, aunque verosímil en su momento, carecía del suficiente fuste para armar un relato. Lo cierto es que su presencia anima la contienda electoral, mejora las posibilidades de los morados y moviliza, sin duda, voto de izquierdas que podría andar pensando en la abstención. Sin embargo, también corre el riesgo de espolear el voto del adversario al que quiere derrotar.

Los mensajes guerracivilistas

En el fondo, el hilo conductor de la campaña de Ayuso, «socialismo o libertad» luego convertido en «comunismo o libertad«, y de Iglesias, «frenar a la ultraderecha», es complementario, se retroalimenta y tiene mucho de guerracivilista.

El propio Iglesias lo explicó en esos términos el pasado 15 de marzo cuando anunció su candidatura en un vídeo grabado en su despacho de vicepresidencia, lo que le costó una amonestación de la Junta Electoral Central. «Madrid está en estos momentos ante un enorme riesgo, que es un riego para Madrid, pero también para toda España de que haya un gobierno de ultraderecha con Ayuso y con Vox», afirmó entonces.

El 4 de mayo, agregó, «se decide si la ultraderecha consuma su asalto a Madrid o si les paramos. Hay que impedir que esos delincuentes, que estos criminales que reivindican la dictadura puedan tener todo el poder en Madrid con lo que eso significa para el resto del país». Un remedo sin duda de aquella histórica pancarta del «No pasarán», «el fascismo quiere conquistar Madrid», «Madrid será la tumba del fascismo» que colgó de las calles de la capital de España, la que más resistió a las tropas golpistas, durante la Guerra Civil.

Si hay que hacer oposición en la Asamblea, estaré»

Iglesias ya ha vivido su primer episodio desagradable en esta precampaña y, muy probablemente, no será el último. Fue el martes, cuando se desplazó a Coslada para participar en un acto electoral de Podemos y fue recibido por un grupo de ultras que, brazo en alto, pretendieron amedrentarle. El ex vicepresidente se acercó a ellos y les hizo frente.

Queda por saber qué hará Pablo Iglesias en caso de ver frustrado su objetivo de sacar al PP del Gobierno autonómico en concurso con el PSOE y Más Madrid. Este miércoles, en la cadena Ser defendió la necesidad de salir el 4-M con moral de victoria, pero fue más lejos al admitir que «si hay que hacer oposición en la Asamblea, estaré». Porque desde ahí puede luchar también «contra el último territorio franquista», dicen los suyos.

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