Si hay algo que se ha comprobado en las últimas décadas es que en España no hay hueco permanente para el centro en el sistema de partidos, aunque casi un cuarto del electorado se autodefine ideológicamente así. Si se observan distintos estudios de forma periódica, en los últimos años esto no se mueve. Si se atiende a dos sondeos recientes que atienden específicamente a ello, 40dB para el Grupo Prisa y el CIS de junio indican que entre un 19,9-21,3% de los ciudadanos se sitúan en un 5 dentro de un espectro (extrema izquierda) 1-10 (extrema derecha).
Se sigue la tendencia de la campana de Gauss, ancha por los extremos y estrecha y alta en el interior [se incorpora una tercera encuesta del CIS hace diez años, para previsualizar la evolución].
La estructuración de este espacio siempre ha sido un reto. Tras el momento más duro de la Transición, la UCD se desplomó sin Adolfo Suárez y este no consiguió prosperar con su nueva marca, el Centro Democrático Social (CDS). Tras un par de convocatorias en los ochenta se desplomó del 6-9% al 1% con sucesivas candidaturas hasta el 2000. Ese voto se distribuyó entre el bipartidismo, ya consolidado. No fue hasta 2008, cuando las rencillas con el PSOE, llevaron a Rosa Díez a fundar UPyD, con éxitos discretos, no más de 5 escaños en 2011 y luego reducido a presencia en algunos ayuntamientos. La revolución llega con Ciudadanos, con mayor rodaje desde Cataluña a principios de la década anterior, y con el respectivo salto a las generales en 2015. El escoramiento a la derecha en un intento de sorpasso y sucesión del PP, desangra el espacio.
Ahora vuelve el debate sobre si hay margen para un partido de centro en un periodo mucho más convulso que en en esa década anterior, ocho años después de esas generales clave para los naranjas, que certificaron en abril de 2019 un crecimiento exponencial hasta los 57 escaños, y un consecuente desplome a 10 cuando se exploró sin éxito la posibilidad de un pacto de gobierno de coalición con Pedro Sánchez, puesto que finalmente ocupó Podemos. El registro de las siglas Democracia21 y los movimientos de Miriam González, la presidenta de la plataforma España Mejor y mujer del ex viceprimer ministro británico y exlíder del Partido Liberal de ese país, Nick Clegg, dejan el asunto en el aire en vista de los precedentes. Pero más por el momento de alta polarización donde las izquierdas se atrincheran y buscan resistir al próximo ciclo electoral, y donde el centroderecha sigue dando pasos junto a la ultraderecha de Vox en el ámbito autonómico, tendiendo puentes para un pacto posterior a las nacionales e incluso adoptando partes de ese discurso.
Solo después de la caída de Ciudadanos, ya ha habido algún intento sin éxito de recuperar ese espacio, por parte de excargos como Edmundo Bal, con propuestas como Cree, que consiguió menos votos que Falange en las europeas de 2024.
¿Por qué naufragan los partidos de centro?
Hay varias razones socioculturales de fondo, arraigadas, que se interconectan con otros fenómenos más contemporáneos. También hay cuestiones de orden y claridad en las estrategias políticas. En primer lugar, hay una bipolarización histórica en España que ha llevado a tomar decisiones escoradas hacia un punto u otro, eso complica la intervención de partidos bisagra en los contextos políticos. La UCD aparece en un momento de tensión y de miedo al impacto de los cambios con el objetivo constitucionalista de fondo, por lo que la sociedad en su mayoría, salvo los electores más ideológicos o politizados evitan decantarse por los extremos en masa, por el izquierdismo de Santiago Carrillo o la derecha dura de Manuel Fraga. Además, Suárez, al venir de la propia estructura franquista como secretario general del Movimiento, otorga mayor confianza al grueso social ante fuertes giros, sobre todo cuando hay temor a que se de pie a otra guerra civil.
Suárez terminó haciendo reformas profundas. Con el rodaje democrático, derechas e izquierdas entienden que deben moverse por el centro, mayoritario, para tener éxito electoral. Hay se producen renuncias a las líneas duras. Llegará más tarde en Alianza Popular, con su refundación en el PP. Fue comprendido rápidamente por el PSOE, que renunció al marxismo para calar en las clases medias y aspiró a atraer con moderación, imponiendo sucesivas victorias desde 1982 hasta el desgaste definitivo cuatro legislaturas después que aupó a José María Aznar. En cuanto el socialismo y la derecha evolucionan y empiezan a copar espacios de centro a ambos costados, este se desinfla. No todo viene de fuera tampoco. Tras sus segundas elecciones y repetir en la presidencia del Gobierno, internamente las distintas almas de la UCD empiezan a tirar hacia la derecha y la izquierda, lo que termina de deteriorar el espacio.
Desde 1982 a 1993 aproximadamente, el centro resiste con una modesta representación con Suárez y el CDS y con intentos de recomposición como el Partido Reformista Democrático de Miquel Roca, entre otros que apenas duró tres años, sin éxito. Con la consolidación de PSOE y PP el centro se integra y apaga a la vez. Solo en periodos críticos se ha abierto la oportunidad para el nacimiento de nuevas marcas, por la izquierda, como UPyD, al final de la etapa Zapatero, con un cuestionamiento de las posiciones respecto a Cataluña o la interacción con ETA para el cese de la actividad armada; y luego por la derecha, como Cs, con un trasvase de votos con un PP de Rajoy desgastado por la trama Gürtel entre otras, y un cambio de cargos inicial que luego se revirtió a nivel de opa por parte del PP. En ambos casos, con el tiempo se ha tendido a inclinarse a la derecha y a confrontar más con la izquierda. Contra Zapatero, Díez; contra Sánchez y con una aspiración de ocupar el centroderecha, Albert Rivera.
Las elecciones de abril de 2019, lo demuestran, con una competencia directa con el PP de Pablo Casado que aupó de 32 a 57 escaños a los naranjas, y una repetición en noviembre que tras las dudas de pacto con Sánchez le desfondó hasta los 10 diputados por haber tanteado al PSOE, en el caso de los votos huidos más de derechas, y por no haber pactado, en el caso de los de izquierdas.
A esa bipolarización intrínseca de España, que se ha dado en varios periodos históricos, en el siglo XIX o en el XX con la guerra civil, entre otros, se añade un momento de éxito populista y una creciente clima de polarización y de nuevas fórmulas comunicativas y de hacer política. Con la ruptura del bipartidismo, al menos sobre el papel, el centro se consolida puntualmente, pero despuntan los extremos, tanto Podemos como Vox, lo que dificulta la tarea de comercializarse como partido bisagra –si no tienes capacidad de ser mayoritario– para condicionar a PSOE y PP cuando lo que predomina es la oposición radical al bipartidismo.
Momento complicado para el centro, con la polarización y una competencia electoral de bloques reducida al sanchismo o el antisanchismo
Mucho más ahora, con un PSOE que en pro de la supervivencia ha ganado muchos espacios ideológicos de la izquierda alternativa para ampliar su base, con un PP que cubre el centroderecha [algo defendido históricamente aunque ha sido percibido como derecha pura que ahora sí consigue comercializar por la presencia de Vox] y con Vox fuerte en el ámbito más radical de la derecha. Si no repunta esa izquierda estatal, se estará evolucionando hacia un tripartidismo imperfecto, con capacidad de gobierno PP-Vox o PSOE junto a los partidos nacionalistas o regionalistas. Cualquier proyecto de centro está condenado al fracaso en estos instantes, cuando la carrera electoral está simplificada entre el sanchismo y la corriente antisanchista [incluso con dudas sobre el proceso] que busca desplazar a las izquierdas. Más con un panorama saturado por los sucesivos escándalos que se vienen conociendo en torno a la corrupción. La opción podría abrirse tras las generales, si hay un escoramiento del PP a la derecha y el PSOE queda tocado internamente.
Está todo tan definido que ni si quiera otras opciones ya planteadas o como bocetos ven capacidad de penetración. Izquierda Española no ha conseguido hacerse con ese voto crítico del PSOE, que tiende en un 10% al PP y en otra buena parte a la desmovilización hasta volver a reactivarse. Tampoco Iván Espinosa de los Monteros o los críticos de Vox ven claro plantear ahora un partido intermedio entre Feijóo y Abascal.
Si se atiende a los microdatos del CIS de junio, más completos que otros estudios, ese voto de centro puro, quien se ubica en el 5 sobre 10, está repartido en un 24,5% para el PP, en un 17% para el PSOE, en un 18,8% para Vox y en un 6,4% en Sumar. Con menor influencia, en partidos regionales y nacionalistas como PNV, Junts y Coalición Canaria, casi en la mitad del total en sus respectivos casos.
La polarización afecta al voto de las clases medidas, tradicionalmente escorado a PSOE y PP. Ahora no necesariamente estas apuestan por propuestas moderadas, de estabilidad. Si se observan los datos del CIS de junio, puede observarse que en un 21% de quien se define 'clase media-media' o 'clase media-baja' se ubica en ese 5 puro, en el centro, pero aunque segmentado, hay un tercio que apoya tendencias radicales. Algo más de un 20% a la extrema izquierda, y un 10% a la extrema derecha. Por ejemplo, Vox con la inmigración y el eje de deterioro de los servicios públicos para tejer el framing, o la izquierda al apuntar que la gestión de los partidos de centro, centroderecha o extrema derecha tiene a perjudicar a los trabajadores. Por eso, ya no hay un incentivo tan claro con apostar por cuestiones como la eficacia gubernamental, la gestión puramente económica, la sostenibilidad, temas que abandera el centro pero que ya cubren en España otros partidos a la vez que incorporan esa dramatización en el choque con los rivales. Ganadas las campañas, se pueden hacer políticas moderadas.
Políticos y plataformas fugaces
A esa polarización se le añade un segundo factor, y es lo líquidas que son las propuestas políticas de nueva creación. Ni Ciudadanos ni Podemos han sobrevivido con fortaleza a sus fundadores. Más allá de PP y PSOE, solo propuestas bajo liderazgos carismáticos son capaces de tomar impulso, y cuando ese carisma se pierde, la ausencia de implantación territorial destruye las siglas. Paradójicamente, sin una figura de referencia social que pueda atraer el voto, sería muy complicado incrustarse en el sistema con esa delimitación de bloques.
En añadido, España es uno de los pocos casos europeos donde derechas e izquierdas moderadas resisten con solidez a esa nueva política. Por no incluir que el sistema electoral, basado en la ley D'Hondt, sigue castigando a los partidos minoritarios o les obliga desde ese papel secundario a elegir socio mayoritario, lo que le distancia de buena parte de ese centro que ve preferible el contrario. Hubo un tiempo que Ciudadanos se comparó con su homólogo alemán, que tras varios declives históricos por el incremento de la CDU-CSU, siempre volvía a entrar con fuerza. Sin embargo, el FPD tiene ese asentamiento histórico.
Tanto UPyD como Cs han estado vinculadas a una defensa de la idea de Estado-nación, alejada de la diversidad de los territorios periféricos
La importancia de los partidos periféricos
A diferencia que otros países donde el centro sí puede actuar como bisagra, en España la relevancia de los partidos nacionalistas o independentistas ha cubierto históricamente ese papel, con CiU o el PNV durante décadas. Además de la consistencia de estas fuerzas históricas, para los partidos mayoritarios supone un aliciente pactar con ellos que con competidores directos de centro. En todo caso, el centro siempre ha sido reacio a pactos con ese nacionalismo por una concepción de la soberanía nacional o de la igualdad frente a privilegios territoriales. Más acentuado con el procés y con el surgimiento de Cs desde Cataluña.
Las campañas tensionan ese voto moderado
Hay que destacar que la política de los políticos es más dura y radicalizada que la política de los ciudadanos. Pero al final hay un efecto arrastre incentivado por la tensión de las campañas, a votar en contra del antagonista. Los partidos, al atemperar la contienda, dejan al votante la idea de que hay mucho en juego y se opta por lo menos malo y no tanto por lo que a uno le interesaría formalmente. Entre esa masa de votantes moderados, o PSOE o PP, nuevamente. Y un apoyo regular en el tiempo, a la vez fideliza y limita a otras alternativas.
Por ejemplo, ese 18,8% de votantes de centro ideológicamente, salvo que haya una distorsión de lo que se considera de centro, no corresponden con la mayoría de perfiles que componen y dirigen el partido. Tampoco el programa representa valores de centro en una buena parte. Los partidos de centro españoles surgidos tras la UCD no han tenido esa capacidad de plantear antagonistas por esa concepción de bisagras mientras PSOE y PP sí, con un señalamiento al adversario y a ese centro si se alineaba con él. Igualmente, que parte de ese potencial espacio de centro lo ocupe el bipartidismo dificulta esa consolidación, generar una identidad mayor.
Una estrategia poco nítida que dé coherencia
Tampoco el centro ha definido claramente su estrategia para consolidar votantes y dar coherencia a sus actuaciones, especialmente con Ciudadanos como representante, ante el desgaste del bipartidismo tras la crisis económica y por la corrupción. Por lo que cualquier vaivén o cambio de posición era interpretado como algo ofensivo o reprobable por la base electoral. Vuelve el ejemplo de 2016 y de 2019, al votante más progresista de Ciudadanos le rompe la falta de entendimiento con el PSOE y que Rivera le deje en manos de Podemos. Eso le escora a la derecha hasta que se intenta ese sorpasso.
Esto tiene mucho que ver también con el 'efecto novedad', con esa efervescencia. Un voto prestado por curiosidad, por agotamiento de los partidos tradicionales hasta que lo nuevo decepciona, se rutiniza o hasta que el partido tradicional se reformula. Aunque no hay proximidad ideológica con ese centro, el caso más reciente es el de Alvise Pérez y Se Acabó la Fiesta (SALF) se hizo de la nada con más de 800.000 votos en las europeas, pero apenas pasa del 2,5% en los últimos sondeos ni ha despuntado en las últimas tres elecciones autonómicas a las que se ha presentado.
¿Un nuevo intento de González?
González es originaria de Valladolid, experta en derecho internacional y políticas públicas. A su regreso estos años atrás a España, se ha dedicado a la influencia política desde la sociedad civil. En 2023 creó la plataforma España Mejor, como lanzadera de propuestas públicas e iniciativas sociales para la clase política, para la mejora institucional. Ve a España frenada por un sistema de partidos que es un obstáculo en sí mismo. Critica al bipartidismo y su movilización constante para que no cambie nada, un discurso ya agitado por los antecesores del centro –y los extremos–. Sus máximas son la transparencia, la rendición de cuentas, y reformas en Educación o para facilitar el acceso a la vivienda.
Hace apenas unas semanas, González confirmó el registro de la marca Democracia 21 por uno de sus allegados, con sede en Pozuelo de Alarcón. Aunque aún no su candidatura. Lo está sopesando para las generales del próximo año, que podrían ser entre febrero y marzo una vez se confirme el fracaso del proyecto de PGE. Argumenta como aliciente para construir un nuevo espacio que hay un hartazgo generalizado, pero quiere hacer una propuesta diferente. Insiste en que hay una masa electoral que puede aupar por el centro a una organización, porque "la calle no está polarizada, está triste (...) noto la polarización en los políticos, en la calle hay una sensación de impotencia", dijo en una reciente entrevista en Antena 3.
Por el momento, aboga por la prudencia y huye de las etiquetas como hicieron antecedentes de la nueva política. Ciudadanos apeló a "ni izquierdas ni derechas, españoles". Podemos habló en unos inicios de transversalidad, de "los de arriba y los de abajo" como elementos, ambos, de inclusión social populista. Pero la defensa de conceptos concretos, acotan esa propuesta a un centro liberal a la británica, no liberal en el sentido interpretado en España, desde posiciones duras de Aguirre en el PP, o de Espinosa de los Monteros en Vox.
Habla de liberalismo institucional, de "decencia" en la política, de menor regularización y mayor confianza ciudadana. De reforma profunda de las instituciones, de acotar la dependencia de los políticos, de aumentar la independencia y de hacer más contundentes los requisitos. De rebajas fiscales ante la sobrerrecaudación, de colaboración publico-privada en sectores como el de la vivienda. Y hay una apuesta clara por la Unión Europea.
En su contra juegan varios factores. La falta de reconocimiento público –lo está solventando con entrevistas– pero la televisión no llega a todo el mundo, falta una apuesta dinámica por las redes sociales y la proximidad al votante. La ausencia de implantación territorial limita su capacidad a las grandes capitales, como Madrid, y a intentar dejar una carta de presentación sobre la que irse construyendo hasta los siguientes comicios. O la capacidad económica. Otros actores como Espinosa de los Monteros se han visto limitados por ese asunto, por la falta de inversores comprometidos.
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