En el Museo de la Constitución de la ciudad argentina de Santa Fe hay una sala que se llama La grieta. Está construida sobre una grieta del terreno y los próceres unitarios y federales se dan la espalda. Es una alusión a las batallas del pasado. La denominación «grieta» luego se utilizó como referencia a la división entre los que añoraban a los militares y los que no. La actualizó el periodista Jorge Lanata en una contraportada de Página 12 de 1989. Pero tuvo más éxito la acepción que utilizó años después cuando hizo alusión a la ruptura entre kirchneristas y no kirchneristas. Si hay alguien que ha trabajado por ahondar esa grieta, esa es Cristina Fernández de Kirchner.

«Esa imagen del museo impacta. Es cierto, está ese marco histórico. Ahora, yo no puedo dejar de hacer referencia a mi experiencia cercana. Con el kirchnerismo es cuando empecé a pensar qué era la grieta. ¿Cómo aquellas personas con las que habíamos disfrutado de la primavera democrática de repente me evitaban? Estuve en el Parlamento, el lugar de la diversidad democrática, y ahí hubo una prepotencia fuerte, de descalificación, te mataban la reputación», decía Norma Morandini, periodista y ex senadora, en un debate titulado La grieta, ¿cómo lograr que las diferencias no se conviertan en odio?, organizado por el diario La Nación.

La grieta no es exclusiva de Argentina. La hemos visto en Estados Unidos en su máximo esplendor cuando Donald Trump estaba en la Casa Blanca y desde su cuenta de Twitter, ahora cadáver, atizaba la división.

También observamos el fenómeno en esta España que cada vez tienen menos que ver con la España en la que se firmaron los Pactos de la Moncloa. Hay un componente de violencia y de un enfrentamiento que impide la convivencia. Lo que cada parte cree o defiende se convierte en algo innegociable. ¿Les suena?

Esta polarización es el fracaso de la democracia porque la democracia es el sistema de la palabra»

norma morandini

Norma Morandini, hermana de dos desaparecidos por la dictadura, tiene claro que el problema «lo trajeron los Kirchner». Buena conocedora de la realidad española, ya que trabajó como corresponsal para medios de nuestro país, señala que los dos países «han tenido que lidiar con su pasado… y cuando aparecen las nuevas generaciones, sin relación con ese pasado, toman las mismas posturas de enfrentamiento, que habían superado sus padres. Esta polarización es el fracaso de la democracia porque la democracia es el sistema de la palabra».

Según Morandini, autora de De la culpa al perdón, «los kirchneristas han recurrido a la propaganda como lo hacía el fascismo. Han tomado los medios públicos y desde ahí acaban con la reputación de ‘los otros’. Eso hace que nadie se atreva a hablar por temor a ese patrullaje ideológico. Esa ideologización del debate político nos habla de que hemos fracasado en la construcción de una cultura democrática».

Así pues, el peronismo, según Morandini, trabaja sobre la manipulación de la Historia, se apropia de los símbolos (así la ESMA, Escuela Mecánica de la Armada, lugar de torturas, pasa a ser la ex ESMA, como si pudiera haber un ex Auschwitz), y los gobernantes terminan hablando solo para los suyos, no para todos los ciudadanos.

Democracias plebiscitarias

La grieta provoca una deriva en la democracia. Si no se puede hablar con el que piensa diferente, y no se puede llegar a acuerdos, no hay manera de alcanzar consensos, la democracia se reduce al voto. Deja de haber pluralismo, respeto, y las instituciones caen rehenes del partido en el poder.

Morandini observa en España un proceso inicial de lo que ocurre en Argentina, debido a la ideologización de la política. «La democracia no son los votos, son las instituciones de la República. Dañan la democracia los que ganan escaños pero no respetan las normas de la democracia». Es una concepción plebiscitaria de la democracia, muy arraigada en los Kirchner.

Jorge Luis Sigal, conductor del programa radiofónico Haciendo pie y columnista en La Nación, procede de una familia de firmes convicciones comunistas, a las que él renunció. Formó parte del gobierno de Jorge Macri como secretario de Medios Públicos.

 «En Argentina no hay dos hinchadas, kirchneristas y antikirchneristas. Lo que creo es que están en disputa dos modelos. Uno que concibe la democracia como un acuerdo entre distintos, y por lo cual debe existir un pacto de convivencia reglado por la ley. Y el proyecto populista, que encarna Cristina Fernández de Kirchner, que no expresa un proyecto de país, sino un proyecto de poder», señala Jorge Luis Sigal, autor de El día que maté a mi padre.

Lo que está en juego es en qué sistema político queremos vivir. En Argentina no hay acuerdo sobre lo que es el sistema democrático»

jorge luis sigal

«Lo que está en juego es en qué sistema político queremos vivir. No nos hemos puesto de acuerdo en cómo queremos que sea esa casa común. No hay acuerdo sobre lo que es el sistema democrático. Y eso es muy grave en un país que atraviesa una crisis económica y social tremenda. El 40 por ciento vive por debajo del umbral de pobreza», remarca Sigal.

«Hay minorías que manejan el discurso del odio, si bien no representan a toda la sociedad argentina. Esas minorías ostentan el poder y tienen una agenda que muchas veces no responde a la necesidad de la gente. Lo que expresa el gobierno de Argentina no responde a la agenda de la sociedad. El populismo tiene además, como dice Krastev, el problema de que afronta una crisis que generó. Y eso le lleva a un callejón sin salida», afirma Sigal.

En una situación como la que se vive en la actualidad en todo el mundo los acuerdos son imprescindibles para abordar la crisis del coronavirus. En Argentina es imposible. Mientras tanto, con un plan de vacunación deficitario y caótico, y la inflación está disparada, la popularidad del presidente, Alberto Fernández, la cara amable (y evanescente) del kirchnerismo, está en horas bajas. En septiembre habría elecciones de mitad de mandato, si no las pospone el gobierno.

«¿Serían posible unos pactos de la Moncloa en la Casa Rosada? En la oposición no habría problema de convivencia. Pero el gobierno lo tiene una persona que no cree en la existencia de la pluralidad. Está encarnado en la figura de Cristina Fernández de Kirchner, que tiene un electorado propio que se estima en un 30%. En la práctica hoy por hoy es imposible», añade.

La esperanza, según el periodista, está en la unidad de la oposición y en los movimientos de protesta en las calles. La rebelión ciudadana ha dejado de ser patrimonio del kirchnerismo. Y todo indica que como consecuencia de la pandemia el estallido social es inevitable en Argentina.

El populismo no ha ganado la batalla. «Es la primera vez que al populismo (kirchneristas) le toca gobernar sin plata. Estamos en una crisis terminal. Vivimos una catástrofe social como no se conocía. Y empieza a haber líderes en el peronismo que no están de acuerdo con Cristina Fernández. No creo que ella esté muy tranquila ahora», apunta Sirgal.

Un debate ideologizado

Han vuelto las dos Españas. Lo hemos visto en estas elecciones en la Comunidad de Madrid. Vuelven en el relato de los políticos.

«El consenso de la transición consiste en que había que hacer una sola España. Pero tanto Podemos como Vox lo que hace es ideologizar el pasado. No se debate sobre políticas. Cuando pasa eso, los ciudadanos se desentienden y entonces los populismos tienen vía libre», señala la ex senadora Morandini.

En el caso de Argentina el sentido de la memoria, apunta Moranidini, «es el nunca más», quien explica cómo «para quienes tenemos memoria personal es nuestro dolor, pero no hay héroes en estas historias, ni hay muertos que valgan más que otros. Es una profanación a nuestra propia historia y a la democracia».

Cuando se gobierna sin buscar consensos y anulando a cualquiera que no comulgue con todo el corpus ideológico, con una devoción religiosa, la democracia plebiscitaria acaba por ser un régimen autoritario, en el que se vota cada tanto. Un ejemplo de manual es Venezuela.

Cuando uno no puede hablar porque la política ha transformado la conversación democrática en intercambio de insultos, los ciudadanos se aíslan y la política se transforma en un cadáver»

norma morandini

«En estos regímenes los ciudadanos viven cada vez más aislados. Gracias a la propaganda se unifica el pensamiento. Quienes intentan razonar por su cuenta se sienten solos. Para Hannah Arendt el totalitarismo cambió la experiencia de la soledad. Cuando uno no puede hablar porque la política ha transformado la conversación democrática en un intercambio de insultos, los ciudadanos se aíslan y la política se transforma en un cadáver. Mientras pelean por los cadáveres del pasado, se abre una gran grieta donde entierran la política», concluye Norma Morandini.

O fanático o traidor

Y en ese escenario los que discrepan, los librepensadores, son considerados traidores. En su libro, El día que maté a mi padre, Sigal cita a Amos Oz, cuando se refiere a cómo la elección es convertirse en fanático o en traidor. Sigal pasó por ello cuando él, que venía del comunismo, estuvo en el gobierno de Macri, un liberal.

Es lo que vemos en las redes sociales, si bien son un instrumento que amplifica el fenómeno, no la causa. O estás conmigo o eres un traidor a la causa que defiendo, y por ende, mi enemigo.

Así dice Sigal: «Quienes piensan así parten de la base de que es un mérito no cambiar de ideas. Es una concepción religiosa de la política. Es profundamente reaccionario. Integré un gobierno democrático, un gobierno elegido por la ciudadanía, un gobierno que respetó la institucionalidad de la Argentina, gobierno integrado por dos fuerzas (además del partido de Macri) que procedían del partido democrático más antiguo de Argentina, la Unión Cívica Radical. ¿Quién nos puede dar lecciones de los que es ser democrático?»

Quienes escarban en la grieta no están para dar lecciones. No. Son los que más temen una democracia bien armada. Aquí, y al otro lado del Atlántico.