Las primarias del PP concluyen con la votación que congregará este jueves 5 de julio a unos 66.000 afiliados del partido. El proceso se ha llevado a cabo con más pena que gloria. No se ha celebrado ningún debate entre los candidatos, los mensajes transmitidos han sido repetitivos y poco diferenciados… Casi podría decirse que los aspirantes a ocupar la planta noble de Génova han optado premeditadamente por un perfil bajo, tal vez con el fin de no alimentar el miedo interno a la división del partido.

Sin embargo, y a pesar de no ser un proceso genuino (podría darse la circunstancia de que el más votado por los militantes no logre el aval de la mayoría de los compromisarios al Congreso), la apelación a las bases para elegir al líder de la organización ha supuesto un indudable revulsivo democrático. Los dirigentes populares han sido reacios a las primarias argumentando el peligro de quiebra interna que suponían. Pero, una vez que el proceso se ha puesto en marcha, la vuelta atrás será imposible. Lo más probable es que en un futuro no muy lejano sean los militantes quienes elijan directamente a su presidente.

Una vez que Alberto Núñez Feijóo rechazó participar en la carrera de la sucesión parecía que la lucha por el poder iba a quedar reducida a la pugna entre la ex vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. Un auténtico y posiblemente autodestructivo choque de trenes. Sin embargo, la sorpresa salto cuando Pablo Casado decidió dar un paso al frente y disputar el liderazgo a las dos poderosas candidatas.

Casado tiene sobre sus espaldas la posible imputación por su máster logrado de forma presuntamente irregular en la Universidad Rey Juan Carlos y la revisión académica de su licenciatura en derecho por el centro Cardenal Cisneros (adscrito a la Universidad Complutense). Él está convencido de que ninguno de esos asuntos tiene recorrido y, de hecho, la decisión que ha adoptado supone un alto grado de confianza en su honorabilidad. Si, hasta ahora, su trayectoria ha sido sometida a un lógico escrutinio público, si logra alcanzar la presidencia del PP las exigencias éticas sobre su comportamiento presente y pasado se van a multiplicar. Ese es el riesgo que asumen los que apuesten por Casado.

Sin embargo, el joven diputado por Ávila (cumplió 37 años el pasado 1 de febrero) representa la única posibilidad, entre los candidatos que se han presentado, para que en el PP se produzca un cambio real. Ni Cospedal, ni Sáenz de Santamaría suponen una ruptura con la etapa de Mariano Rajoy. Es verdad que Casado fue ascendido a la dirección del PP por el ex presidente del gobierno y que, por tanto, su elección no implicaría un punto y final a una era marcada por la corrupción, pero es el que tiene menos ataduras con ese pasado reciente y el que, por tanto, tiene más margen de maniobra para construir el PP del futuro.

Tiene menos ataduras con el pasado que Cospedal y Santamaría y garantiza mejor que ninguna de ellas la integración y la unidad del PP después del Congreso.

Casado sabía que no contaba con los aparatos locales y regionales del partido, ni con la fuerza que da el estar rodeado de un equipo de ex ministros, y, pese a todo, decidió lanzarse a la aventura. Un político, al margen de ideales, tiene que ser valiente y Casado ha tenido el arrojo de postularse, sabiendo que tenía muy pocas posibilidades de éxito.

Ha acertado con la idea fuerza de su campaña (“Si yo gano, nadie pierde”) porque su candidatura es la que tiene mayores posibilidades de integración en un Congreso en el que es muy probable que ninguno de los dos finalistas consigan una mayoría aplastante. Casado puede contar con Cospedal y Santamaría, así como con sus potentes equipos. Cosa que ninguna de las dos candidatas puede hacer entre sí. Sus apelaciones a la unidad tienen poca credibilidad en unos militantes que están al tanto de sus continuos e indisimulados encontronazos.

El responsable de comunicación del PP, al contrario que Cospedal y Santamaría, ha marcado con nitidez el terreno ideológico donde quiere situar al partido. Es, probablemente, el más conservador de los tres, pero el afiliado al PP es mucho más conservador que el votante y, por tanto, se reconoce mucho mejor con un ideario que apela a valores tradicionales como la familia, la unidad de España, la bajada de impuestos, el adelgazamiento del estado, la libertad del individuo, etc.

Se ha dicho de Casado que es el candidato de Aznar, como si su cercanía con el ex presidente del gobierno fuera un lastre demasiado pesado para que el PP pueda recuperar al votante de centro que necesita para volver a ganar las elecciones. Es verdad que el candidato proviene de FAES y en su trayectoria ha contado con el apoyo del presidente de honor del PP. Pero en su decisión de pelear por el liderazgo del partido Aznar no ha tenido nada que ver. El ex presidente está en otra cosa: pretende la reunificación de la derecha, una coalición o fusión de PP y Ciudadanos que estaría pilotada por Albert Rivera.

El ganador de las primarias (y esperemos que también del Congreso extraordinario) tiene una difícil tarea por delante y muy poco tiempo para demostrar que es el más idóneo para ganar las próximas elecciones generales. Primero tiene que cohesionar al partido y luego ponerlo a punto para lograr un buen resultado en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2019. Si el PP fracasa, el liderazgo del recién elegido presidente del partido se pondrá en cuestión y esa será la oportunidad para que Núñez Feijóo se reincorpore a la carrera. A la inversa, si el ganador de las primarias logra mejorar los resultados del PP en 2015, se habrá consolidado y el presidente gallego tendrá que enterrar para siempre sus aspiraciones.

La suerte está echada. Casado no es perfecto. Es demasiado conservador y un punto inexperto. Sin embargo, es la mejor opción de cambio en el PP.