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Vox: el orgullo de sentirse español por los cuatro costados

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Vox: el orgullo de sentirse español por los cuatro costados
Santiago Abascal y Morante de la Puebla, en un tractor por una finca salmantina.,

Santiago Abascal y Morante de la Puebla, en un tractor por una finca salmantina. MARIO VICIOSA

Resumen:

“Españoles hijos de puta”, gritaban ayer los abertzales radicales a los congregados para escuchar a Santiago Abascal en Bilbao. La Ertzaintza tuvo que emplearse a fondo para evitar el cuerpo a cuerpo entre agredidos y agresores. Horas antes algo parecido había sucedido en San Sebastián.

El líder de Vox pisa territorio comanche, las “provincias traidoras”, como las calificó Franco, ese territorio que él conoce tan bien, para hablar de España, de su idea de España, que allí a algunos les suena a provocación.

Santi -como le llama Ortega Lara- sabe que el valor de su mensaje reside en no tener miedo a los “enemigos de España”. Mucha gente, fuera y dentro del País Vasco, le votará sólo por eso, por enfrentarse a los chicos de la kale borroka, por decir que, si llega al poder, ilegalizará a los partidos independentistas.

No busquen en Abascal un discurso elaborado, una ideología, un programa de mil puntos. La clave de su éxito reside en la sencillez de su propuesta, cosas que entiende todo el mundo, como el amor a la patria.

Si uno quiere entender lo que es Vox no tiene más que repasar el extraordinario reportaje de Carmen Torres, Fernando Bermejo, Mario Viciosa y Nacho Encabo que hoy se publica en El Independiente. El torero Morante de la Puebla ha puesto el escenario, una finca de Salamanca, el campo, donde cerdos y toros bravos ven llegar el tractor conducido por el líder de Vox como si fuera un animal mitológico.

El campo. El mundo rural. Las tradiciones. Esa España, que Antonio Machado decía “de Frascuelo y de María”, eterna, que se niega a morir ante la dictadura de lo políticamente correcto.

No busquen en Abascal un discurso elaborado, una ideología; la clave de su éxito reside en la sencillez de su propuesta

El maestro, que en la plaza se transforma en algo sublime, resume su apoyo a Vox en que es el partido que defiende las tradiciones. No sabemos si han sido los consejos de Steve Bannon (que no vendrá a España como anunció), o los de algún otro trujimán o spin doctor, o si, simplemente, ha sido porque Abascal ha escuchado a aquellos a los que ya nadie escuchaba, por carcas, o porque eran de pueblo, pero, la realidad es que ha conseguido que millones de españoles (2,5 millones según la última encuesta del CIS) le vean como “una esperanza”.

Hace años el PP les acogía en su seno, pero como a un hijo con una falta, porque la derecha siempre ha sido un punto clasista y no se ha privado de mirar por encima del hombro incluso a su prole. Ahora han decidido abandonar el partido al que votaban casi porque no tenían otra alternativa, para abrazarse a una idea, para ir a un mitin con una bandera de España y escuchar a Manolo Escobar sin avergonzarse.

Si nos ponemos finos, Abascal ha sabido alimentar el thymós (Fukuyama hubiera disfrutado con esta campaña) de los españoles que se sienten orgullosos de serlo. Santi lo intuye y por eso no para de hablar de su rebeldía contra lo políticamente correcto, valores que ha impuesto la izquierda y que la derecha ha asumido con complejo de culpa.

Lo que no sabemos, como tampoco lo supo Pablo Iglesias, es qué va hacer Abascal con ese caudal de votos, de apoyo popular. No se puede tomar el control de Cataluña, como no se puede recuperar el imperio de Carlos V. Uno puede querer mucho a España pero no significa tener que amenazar a los que no la sienten, o no la sienten como nosotros. Abascal ha tenido el valor de poner en la agenda cuestiones que antes ni se planteaban, ha recuperado el protagonismo de un mundo rural menospreciado, en el que la caza y los toros no son un pecado, sino que forman parte de su cultura, tanto como la Semana Santa.

Pero ha creado unas expectativas que él sabe que no puede cumplir. La política, queridos amigos, se hace en el Congreso, con aburridas leyes, en plenos a veces soporíferos, cambiando las cosas poco a poco, hablando, dialogando, convenciendo. ¡Hasta la Reconquista acabó en Granada con un pacto!