«Empezamos mal», como dijo Manuel Marchena, presidente de la Sala del Tribunal Supremo a uno de los testigos de la parte independentista en el juicio a los dirigentes secesionistas. Y empezamos mal porque se le está viendo el plumero al presidente del Gobierno antes aún de que hayan empezado esos encuentros cara a cara con los que por lo visto quiere empezar a trazar ese acuerdo para reconstruir el país.

Es una imperdonable falta de educación, por colocarla en la categoría más suave, que Pedro Sánchez haya comunicado a los españoles que quiere convocar a todos a un acuerdo para sacar al país del desastre que se avecina y no se haya tomado la molestia, exigible en cualquier caso, de habérselo comunicado a cada uno de sus futuros interlocutores. Cuando cualquiera de nosotros invita a comer a algún amigo, le llama por teléfono y no manda al mayordomo para que haga esa gestión que debe ser obligadamente personal. Eso lo saben hasta los tontos.

Sánchez no lo ha hecho, pero no es que se le haya olvidado o porque no haya tenido tiempo, es que no ha querido hacerlo. O dicho de otra manera, es que ha querido hacerlo así. De este modo deja claro quién manda aquí y se coloca en una actitud deliberadamente humillante para quien él sabe que no puede de ninguna manera mandarle a paseo y no acudir a pesar de que no ha sido convocado y de que se ha enterado por la tele de que le esperan el jueves, aunque sea por internet, en casa del anfitrión.

Este clima de hostilidad, agresión, desprecio, ninguneo y en última instancia de humillación es deliberado. Está medido y preparado cuidadosamente

Cualquiera diría que con éste y con otros gestos que ahora mismo apuntaré, lo que de verdad pretende el presidente es maltratar tanto al líder del principal partido de la oposición que éste acabe por romper la baraja. No nos caerá esa breva, pensarán seguramente quienes han diseñado esa estrategia de ninguneo, porque entonces ya tenemos hecha la campaña de la culpa: «La culpa la tiene el señor Casado, o mejor, la tiene la derecha, a la que no le importa el sufrimiento de los españoles sino únicamente la defensa de sus propios y oscuros intereses».

No hay otra explicación verosímil al espectáculo al que estamos asistiendo desde el último pleno del Congreso -pleno con cuatro gatos en el hemiciclo pero con los votos de la mayoría de diputados- cuando, inmediatamente después de que el presidente dijera que tendía la mano a todos los partidos para buscar juntos la mejor salida posible al desastre sanitario que padecemos y a la catástrofe económica y social que tenemos ya en puertas, se produjera la salida en tromba de innumerables portavoces socialistas atacando ferozmente al PP y a su líder. La ofensiva, por insultante, actuación de Adriana Lastra desde la tribuna pareció la señal que esperaban dirigentes y militantes del PSOE para lanzar fuego a discreción contra el principal interlocutor para esos acuerdos supuestamente buscados.

Y que no se diga que están siendo reacciones espontáneas y fuera de control de la dirigencia socialista. Primero porque es sabido que la señora Lastra no emite sonido alguno si no es con la aprobación previa de su líder. Y en segundo lugar porque la militancia de este partido es ahora más disciplinada y más obediente que nunca en su historia a las órdenes o incluso meras indicaciones de sus superiores. Y si hubiera habido el menor interés en crear un clima propicio para una primera aproximación Sánchez-Casado, las instrucciones de contención habrían recorrido las filas al partido hasta llegar al último afiliado.

Por lo tanto, este clima de hostilidad, agresión, desprecio, ninguneo y en última instancia de humillación es deliberado. Está medido y preparado cuidadosamente. Porque, de no ser así, no se habría producido la insólita e inaceptable escena de una portavoz del Gobierno anunciando al país que el presidente va a recibir al líder de la oposición el jueves cuando el aludido no ha sido citado, ni siquiera informado de que le van a citar. Eso no es presentable.

Pero hay otra cosa: el señor Casado va a escuchar al señor Sánchez que, de momento y que sepamos, no tiene un plan de actuación para cuando pase la tormenta y se pueda medir el alcance de la catástrofe y probablemente no tiene tampoco un diagnóstico fiable de lo que nos espera. Eso sí, y es tranquilizador, le acaba de encargar a la ministra de Economía, Nadia Calviño, que prepare un plan de actuación sobre el que se pueda abrir una negociación razonable con la oposición comprometida con el futuro de España y también con los empresarios y sindicatos ademas de con las organizaciones sociales.

Pero, ay amigo, eso no le gusta y no le ofrece ninguna seguridad al señor Iglesias, que no sólo quiere estar presente en todos los ámbitos de decisión sino que pretende que su visión de las cosas tenga su sitio y su peso en esos primeros encuentros. Y como el presidente no le ha pedido nada, él ha encargado a «los suyos» que elaboren un esquema en el que quede claro su proyecto para esa España «republicana» que defendió ayer y que pretende imponer al conjunto de la población. Y no sólo eso, «los suyos» anuncian que estará presente en esas conversaciones a las que de momento no se sabía que estuviera convocado.

Esa decisión de Pablo Iglesias de aparecer en un sitio al que no había sido invitado, como un polizón que se instala de malos modos en el puente de mando y, sobre todo, de hacerlo saber de antemano para que todos se enteren, demuestra que los temores de Sánchez, aquellos expresados cuando todavía no se habían convocado las segundas elecciones de noviembre, se están demostrando con mucho fundamento: efectivamente, aquí no hay un solo Gobierno, como se empeñan en repetirnos una y otra vez para ver si acabamos no dando crédito a lo que ven nuestros ojos. Aquí hay dos gobiernos, uno metido dentro del otro y uno de ellos capitaneado por un señor decidido a hacer la guerra por su cuenta.

Nadie dentro del Ejecutivo ha alzado la voz para poner al señor Iglesias en su sitio y para exigirle que mientras se siente en el Consejo de ministros tendrá que respetar la Constitución que prometió defender y por lo tanto al Rey

Pablo Iglesias entiende su presencia en el Gobierno no como un servicio sino como una inversión y, en última instancia, como una oportunidad. La inversión es de carácter electoral porque su cargo de vicepresidente le proporciona un altavoz de extraordinaria potencia para lanzar sus proclamas a los posibles votantes futuros. Ya lo hemos comprobado en ocasiones anteriores. Y ése es también el sentido del lamentabilísimo tuit hecho público ayer aprovechando el aniversario del advenimiento de la II República, un régimen que nació lleno de promesas y esperanzas democratizadoras y que acabó con continuos desórdenes, persecuciones a las derechas de la época, violencia y atrocidades sin cuento y que culminó con el asesinato del líder de la oposición conservadora. Una República que acabó siendo amargamente denostada por todos aquellos intelectuales que habían alentado y aplaudido su instauración.

Pero el público de Iglesias, destinatario del mensaje enviado ayer, responderá seguramente enardecido ante este pronunciamiento que agrede al jefe del Estado de esta España constitucional e insulta a la Fuerzas Armadas que, en opinión del señor vicepresidente, no parecen formar parte de lo que él llama «el pueblo». El problema es que semejantes disparates no han sido emitidos por un particular sino por un miembro del Gobierno de España sin que nadie dentro del Ejecutivo haya alzado la voz para poner al señor Iglesias en su sitio y para exigirle que mientras se siente en el Consejo de ministros tendrá que respetar la Constitución que prometió defender y por lo tanto al Rey, que es el representante y la encarnación de este Estado democrático.

Pero nadie le rechista porque todos saben que la supervivencia del Gobierno está en sus manos y que al PSOE le interesa tanto como a Podemos seguir manteniendo esta alianza porque de otro modo unos y otros se van al garete. Por eso, porque sabe que sin él Pedro Sánchez no es nada, se permite no sólo hacer público ese ataque de brocha gorda a la democracia liberal que disfrutamos, al Rey y a las Fuerzas Armadas, sino también anunciar su presencia en unos contactos aún no iniciados y poner sobre la mesa unos documentos que nadie le ha pedido. No importa, él sabe que tiene las llaves de la caja y que su socio le va a apoyar en todo por la cuenta que le tiene.

Decía que para Iglesias formar parte del Gobierno no es un servicio sino una inversión y también una oportunidad. La oportunidad es la de cargarse, como se ha visto en sus palabras de ayer, las instituciones nacidas de lo que los suyos llaman con intención despectiva «el régimen del 78» para instaurar, es decir para imponer, su propio modelo autoritario y populista pensando que el hecho de ocupar una vicepresidencia le otorga el poder efectivo que no le dieron las urnas, que no le dio ese «pueblo» cuyos intereses él pretende encarnar sin ningún título que le avale.

Los dos movimientos del señor Iglesias que se han hecho públicos el lunes y el martes acreditan su peligroso talante político y su matonismo institucional.

En estas condiciones, las conversaciones anunciadas no pueden llegar a ninguna parte.