Opinión EL GOLPE

Los Gasol, Ayuso y las calorías fachas

Mensaje de la Fundación Gasol. GASOL FOUNDATION

Las cosas del confinamiento: los hermanos Gasol van de Chicote contra Ayuso y todos los gordos de galletas rellenas en realidad estaban locos por salir a hacer deporte con un bombín para la bici y otro para el infarto. España se llena de repente, a la hora del lechero, de gente que corre como un guardia jubilado vestido de piloto del Dakar, que estira entre dos postes delante del sol igual que un monje shaolin, gente de barriga fosforito o gafa de sol hipertrofiada o bronceado mulato que hace windsurfing sobre el propio virus y sobre las colas de caballo de muchachas de malla rosa y ojos color muesli. Y toda esta gente, la verdad, yo no sé si está buscando la salud o sólo el selfi, por encima de la pandemia y del desodorante.

Hay una salud urgente de no morirse ahora mismo, no morirse por el bicho o no morirse de hambre, con el paro atascado en el wifi del Estado, que ahora es un wifi doméstico compartido con la aspiradora. Luego hay otra salud que es importante, sí, pero lo es menos en el fin del mundo. Esa salud de anuncio contra el colesterol y la panceta, o de tensiómetro familiar como el parchís (“tomarse la tensión en familia”, decían); esa salud de bodegón de pomelos y alpiste, de ensalada para mariposas y de judías verdes que hacen llorar a los niños; esa salud de operación bikini o del mal ejemplo del Piraña, al que no se le llegó a derretir un helado en todo aquel verano azul. Hay incluso una salud que no es salud, sino chorrada, esa salud de cagalera detox o crudismo de pies sucios y ubre costrosa. Se pueden seguir defendiendo todas, incluso la necesidad de tu media maratón con calcetines verde limón y publicidad de avioneta en la cinta del pelo. Incluso tu dieta de Gwyneth Paltrow. Sí, en mitad de una pandemia.

Hay una salud urgente de no morirse ahora mismo, no morirse por el bicho o no morirse de hambre, con el paro atascado en el wifi del Estado

Los Gasol son glorias españolas que, además, como millonarios, tienen que tener ese otro oficio de infanta con la niñez o con el planeta o con algo que haga que el españolito los perdone. Su fundación lucha contra la obesidad infantil y, claro, Ayuso pregonando pizzas con Cocacola es algo así como encontrarse frente a frente con el monstruo de las galletas. Los Gasol han ido contra el menú de Ayuso porque ya digo que están como en una cruzada de Chicote contra la pringue y la lata, pero otros han ido contra una Ayuso que es la bruja de la casita de chocolate de la derecha. Y es que también hay una salud ideológica.

La derecha ya no se conforma con el pobre niño flaco al que dar una peseta de marquesa, sino que ahora los engorda, los convierte en niños de los 70, de donuts y phoskitos y de aplaudir al Piraña, que es lo mismo que aplaudir al capitalismo. La derecha ya no está hecha de señores gordos con gran cadena de ancla para el reloj de bolsillo, ni de señoras con gran culo de miriñaque y rodete, sino de gente de gimnasio y culito de hula hoop que ahora lo que quiere es engordar al pobre desde pequeño para luego hundirlo en un sofá crujiente de doritos e indolencia. Así se controla el mundo, con la clase obrera gorda y con rebaba, gente como rellena de bordes de pizza, y que nunca podrá defender sus derechos estando así, gordos y quietos como tentetiesos.

Los conspiranoicos, en cambio, creen que Ayuso, aunque tenga ojos de brujita, sólo se encontró con un Madrid que temblaba con el virus y que no podía ni usar peroles. O sea, que su menú es de masa gorda porque es de emergencia. Pero son cuentos, está claro que la derecha ya no quiere matar de hambre a la gente, sino engordarla para hacer compango de pobre. Es muy grave lo de la pizza y la cocacola, aunque para los niños sea como una Navidad. Es más grave que ver al personal de las UCI con mascarillas hechas de coladores. Más grave que tener a tantos esperando en el garaje de la salud, con media cadera pendiente o la próstata palpitante.

Los Gasol tienen una causa contra la obesidad, uno por costumbre y otro por redención. Pau siempre fue flaco, aún parece imposible aquel mate que le hizo en la cara a Kevin Garnett siendo rookie, y que fue como la venganza del español tirillas contra la América de Popeye. Marc es diferente. Él mismo cuenta que hay una hamburguesería en Memphis que se fue poniendo grande y luminosa sólo del dinero que él se dejaba. La NBA nunca fue de verdurita. Barkley y Shaquille anunciaban hamburguesas vocacionales, y los Dream Teams las devoran haciendo cosas de globetrotter. Incluso el simpático Matt Bonner tenía un blog sólo sobre bocadillos. Pero los Gasol son de otra pasta. España es de otra pasta, sólo hay que ver la franja horaria del deporte amateur, con brioso temblor de barrigas y pulsómetros como tamagotchis.

Los Gasol han reñido a Ayuso y ésta, claro, ha negado que quiera comer niños pobres, gorditos de manteca barata. Sólo ha replicado con la emergencia y con que los menús no son todo pringue (aunque sí bastante plástico, diría yo). En realidad, España no entiende de salud ni atiende a ella. La gente lo mismo se arriesga a tragarse el virus por tornear los gemelos que se pone a mirar las calorías en el fin del mundo, sobre todo las calorías fachas. Serán los mismos genios del progreso que han descubierto que la pandemia no se combate exigiendo recursos y planificación, sino con lealtad, reverencias, nudismo de balcón y mucha dieta mediterránea.

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