La guerra en Siria sigue su curso imparable. Más muertos, anónimos, invisibles, silenciosos, más desplazados con una vida rota por maleta, y más huérfanos y desamparados. EEUU, junto a Francia y Reino Unido, se dan por satisfechos con sus “ataques precisos” sobre el arsenal químico del régimen de Bashar Assad, que sigue su rutina como un día cualquiera. Rusia e Irán vociferan contra los aliados y les llaman “criminales”. Turquía bendice los bombardeos mientras guiña el ojo a Moscú. Todos ganan, menos las verdaderas víctimas, los sirios. La muerte en Siria sigue igual.

Siete años de guerra han dejado unos 400.000 muertos, 100.000 desaparecidos, de ellos un tercio civiles y 25.000 niños víctimas del fuego cruzado. Hay más de siete millones de desplazados internos y cinco millones de refugiados. Son datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, pero la ONU dejó de cuantificar hace años así que pueden ser mayores. De los que han salido del país, el 90% está en países vecinos, como Turquía, Jordania y Líbano. Muchos de ellos no volverán. La Siria de Assad y Putin no es su país.

Un día cualquiera, este viernes por ejemplo, murieron 18 personas, tres en Homs, otra en Hama por una mina y una en la provincia de Daraa, siete soldados del régimen. También hubo una ejecución pública de una víctima del Daesh en Tasil, en Yarmouk al oeste de Daraa, Le acusaban de “colaborar con facciones enemigas”. También cayeron cinco yihadistas del Daesh en diversos bombardeos. Es el parte de un país en guerra, según el Observatorio. Una guerra tan real como olvidada la mayor parte del tiempo.

A las familias de las víctimas les cuesta incluso obtener un certificado de defunción. El Foro de las Familias, principalmente organizado por mujeres, se ocupa de esta tarea. Ni a velar sus muertos tienen derecho. Así es lo que queda de vida en Siria. Hasta los más curtidos en batallas varias, reconocen que “lo que allí se vive está fuera de cualquier límite”.

Del ataque químico de Duma del pasado 7 de abril hemos sabido por imágenes y denuncias de la ONG cascos blancos. Al menos murieron 45 personas y otras 500 resultaron heridas. La Organización Mundial de la Salud certificó que este número de hospitalizados padecían síntomas que se asocian a los efectos del gas cloro. Los que se salvaron tuvieron que salir de Duma, tanto los rebeldes que luchaban contra el régimen como los civiles. Decenas de miles de personas de las que perdimos la pista. Como tantos otros cientos de miles.

“Misión cumplida”. Han sido las palabras del presidente de EEUU, Donald Trump, tras el bombardeo de tres objetivos, con los que en teoría queda fulminado el arsenal químico del régimen de Bashar Assad. ¿Cuál era la misión? En sus primeros tuits Trump hablaba sin pudor del “animal” de Assad, a quien culpaba de cometer atrocidades mayúsculas por sobrepasar la línea roja, el uso de arma químicas. Assad ha cometido atrocidades innumerables. Con armas químicas, el ataque más mortífero fue el de agosto de 2013 en Guta, donde murieron unas 1.500 personas.

En la reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU del sábado, convocada por Rusia, la embajadora de EEUU, NIkki Haley, advirtió a Assad que “si volvía a atacar con armas químicas”, EEUU “está armado y listo para volver a actuar”. Assad y sus aliados han ido recuperando posiciones en Siria en nombre de la lucha contra el enemigo del yihadismo terrorista y lo han hecho con bombas de barril, misiles, y una estrategia de tierra quemada en la que ni los hospitales son territorio protegido. Médicos por los Derechos Humanos ha documentado 492 ataques a 330 instalaciones hospitalarias a finales de 2017.

¿Misión cumplida para quién? Para la mayoría de los actores desplegados en el tablero de Siria salvo para los que deberían ser los dueños del territorio, sus ciudadanos. ¿Cuál era la misión? Si el objetivo era mostrar músculo, se ha intentado. Si era restablecer la legalidad internacional, o acabar con las atrocidades en Siria, las declaraciones de Trump y los aplausos de Francia y Reino Unido suenan a burla.

Rusia pretendía que en esa reunión del Consejo de Seguridad de la ONU se condenara  “la agresión a un Estado soberano, Siria” por parte de EEUU, Francia y Reino Unido. La propuesta fue rechazada y la sesión solo sirvió para que cada parte escenificara una vez más su guerra y su incontinencia verbal. Fue Rusia quien habló de legalidad internacional, lo que parece irónico. En Siria se ha confirmado cómo la ONU ha perdido su razón de ser. Ni siquiera ofrece garantías para proteger a los civiles en un conflicto cada vez más sangriento y más endiablado.

“Este ataque no cambia nada. Es un paripé. EEUU, sobre todo, y Reino Unido y Francia, han querido decir: ‘No somos convidados de piedra’. Las armas químicas les sirven para demostrar que siguen en el tablero. Bombardean enclaves muy precisos, se retiran y ya está. Rusia no ha anunciado represalias porque de hecho le habían advertido qué iban a hacer. Cada potencia quiere demostrar su músculo geoestratégico de cara a cómo los ve el mundo, su población… pero a nadie le importan los civiles sirios”, explica Leila Nachawati Rego, profesora de Comunicación y especialista en Oriente Medio.

De la primavera de 2011 al invierno eterno

La guerra en Siria comenzó en marzo de 2011 como una revuelta contra el dictador Bashar Assad. Era la primavera siria, que se ha convertido en un invierno interminable. Siete años después, quedan pocos de aquellos primeros opositores y de aquel espíritu. Reina la desesperanza.

Nachawati Rego, que se ha críado entre Damasco y Santiago de Compostela, relata cómo la población siria, cuenta cómo los que empezaron la lucha y querían un cambio, “o están muertos, o detenidos, o en el exilio, un exilio del que difícilmente podrán volver”. El régimen ha confiscado sus casas, que han sido entregadas a población leal, o bien a iraníes o rusos, los nuevos dueños, junto con los turcos del país.

“También hay mucha gente en zonas controladas por Damasco que va al día. Quieren que no les caiga un misil. Sobrevivir. Padecen mucho estrés y están traumatizados. Saben que no van a tener libertad ni justicia pero lo han asumido. Ya están dispuestos a aguantar lo que sea con tal de sobrevivir y de que se acabe su pesadilla diaria”, añade Nachawati.

La atomizada oposición no está contenta con la actuación de EEUU y sus aliados. “Quizá Bashar Assad no se atreva con armas químicas ahora, pero seguirá usando otras armas”, señaló a Reuters el líder opositor Nasr al Hariri. Los combatientes sobre el terreno temen una venganza de las tropas de Assad con mayor presión en el noroeste, que tras reconquistar Guta oriental tiene como objetivo recuperar Idlib.

Mientras la oposición en el exilio, o lo que queda de ella, criticaba los bombardeos por no obedecer a una estrategia, hubo quienes se manifestaron a favor del régimen en Damasco y otras ciudades bajo control de los leales a Bashar Assad. El presidente sirio se mostró más determinado que nunca en su objetivo de “acabar con el terrorismo”. Assad se presenta como la única alternativa posible al terrorismo. Casi logró convencer a Occidente de su mensaje cuando el Daesh consolidaba su califato.

Los medios oficiales difundieron esas muestras de patriotismo con el mismo orgullo que desde el Kremlin se presumía de cómo los sirios habían podido derribar gran parte del centenar de misiles aliados. El Pentágono lo negaba. Para la próxima vez ya ha dicho Moscú que van a dejar que los sirios usen baterías rusas S-300. Los enclaves bombardeados habían sido previamente evacuados. Gran parte de la aviación siria buscó resguardo en la base rusa de Hmeymen.

El presidente ruso, Vladimir Putin, reaccionó con más moderación de lo esperado a la incursión de EEUU y sus aliados. “La Historia pondrá a cada uno en su sitio”, señaló. El zar del siglo XXI cree que su sitio está en Siria, desde donde puede colocar bases estratégicas en el Mediterráneo, o negociar con Turquía y con Irán. Israel, que ve el enemigo a sus puertas, sabe también que de momento Siria, y Rusia, tienen como línea roja su territorio. Pero Irán gana terreno día a día y Hizbulá también.

El anuncio de salida inminente de EEUU, que Donald Trump aireó a finales de marzo, daba a entender que Washington se desentendía de Siria. Sus aliados kurdos temieron quedar huérfanos. Incluso Trump insinuó que se quedaría si Arabia Saudí les ayudaba a financiar el despliegue. Hay unos 2.000 efectivos oficialmente pero también muchos irregulares, como rusos o iraníes. Luego EEUU se retractó y este bombardeo sirve también como llamada de atención. Aún quieren estar en el reparto.

Aunque Bashar Assad parezca el ganador, es un títere en manos de Rusia. Su país ha sido secuestrado”, dice Leila Nachawati Rego

“Aunque Bashar Assad parezca el ganador, es un títere en manos de Putin. Su país ha sido secuestrado por Rusia, Irán y Turquía, principalmente. EEUU ahora no quiere quedarse fuera. El país se va a repartir, ya se está haciendo incluso con contratos de reconstrucción, en zonas de influencia de estas potencias. Se reforzará el sectarismo y la división entre suníes, chiíes, alauíes… será mayor”, pronostica Nachawati.

El ideal de esta experta de origen sirio sería que hubiera un proceso de reconciliación, se aplicara la justicia transicional y la rendición de cuentas del régimen y de otros grupos. “Los que han cometido crímenes contra la humanidad no pueden liderar el país”, concluye, sin mucha esperanza.

Una y otra vez lo que sucede en Siria recuerda esas imágenes de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Miraron a otro lado los alemanes que vivían cerca de Buchenwald. Reprochamos a las potencias que dejaran que Hitler ampliara su poder hasta ser incontenible. Ahora nos miramos en el espejo de Siria y la imagen que nos devuelve es monstruosa.

Laila M. Rey, periodista de origen sirio, lo explica con precisión. “En Siria no sólo han perdido los sirios. En Siria hemos perdido todos como humanidad. Ha sido y es el escenario donde se retrata un mundo que retrocede en valores. Como ocurre en Yemen, en Palestina, en tantos sitios. Somos esa generación que tiene acceso a nuevas tecnologías que favorecen la comunicación, que son la ventana al mundo. Hemos sido testigos directos de las masacres que llegaban desde allí y que se colaban en el muro de nuestras redes sociales. No podemos decir que no sabíamos y aún así no hicimos nada. Y las próximas generaciones no lo entenderán”.

Es la banalidad del mal 2.0. Hannah Arendt se habría quedado sin palabras.