Política

Sánchez y Casado apuntalan el bipartidismo

La cita del pasado jueves en Moncloa sirvió para escenificar que, al margen de las discrepancias, se reconocen mutuamente como los partidos que deben vertebrar el debate político

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Sánchez y Casado apuntalan el bipartidismo
Pedro Sánchez y Pablo Casado, antes de su reunión en Moncloa.

Pedro Sánchez y Pablo Casado, antes de su reunión en Moncloa. EFE

Resumen:

Se necesitan. Representan el salto generacional de sus viejos partidos, uno más que otro, y la única manera de garantizar su supervivencia es reconocerse como iguales.

El Gobierno dio rango de cita de Estado a la reunión del pasado jueves entre ambos. Cedieron a Casado la sala de prensa donde sólo comparecen los miembros del Ejecutivo. “Es el líder de la oposición”, argumentan fuentes gubernamentales para justificar el trato, calificado por ellos mismos de “deferente”.

La cita del jueves no fue un trámite. Moncloa era en esos momentos el epicentro político del país, con los representantes de los dos partidos destinados a vertebrar el debate de los próximos años, orillando a Podemos y Ciudadanos.

 

No va a faltar ni la confrontación ni las descalificaciones. Viviremos, sin duda, duros enfrentamientos a cuenta de Cataluña o la inmigración, pero Pedro Sánchez y Pablo Casado han llegado a un acuerdo de fondo: se necesitan. Representan el salto generacional de sus viejos partidos, uno más que otro, y la única manera de garantizar su supervivencia es reconocerse como iguales.

“Vamos a ejercer el bipartidismo”, admiten desde el cuartel general de los populares. “Pablo va a confrontar con el PSOE”, añaden dejando de lado otros actores políticos como Ciudadanos o Podemos. Y Moncloa da rango de cita de Estado a la reunión del pasado jueves entre ambos, por eso tienen el “gesto elegante” de cederle a Casado la sala de prensa donde sólo comparecen los miembros del Ejecutivo. “Es el líder de la oposición”, argumentan fuentes gubernamentales para justificar el trato, calificado por ellos mismos de “deferente”.

Moncloa tuvo la “deferencia” de cederle la sala de prensa del Gobierno

Y también por eso la cita se alargó. No se trataba de un trámite a solventar en poco más de una hora, hora y media a lo sumo, para salir después subrayando diferencias y desautorizando al contrario con tono cataclísmico. Casi tres horas de reunión, un repaso a todos los temas de actualidad, con especial insistencia en cuestiones internacionales, que a los dos preocupa mucho. Moncloa era en esos momentos el epicentro político del país, con los representantes de los dos partidos destinados a vertebrar el debate de los próximos años, orillando a esos “apéndices” que, según los casos, les son tan necesarios pero tanto les incomoda.

Si bien no ahorró en mensajes y recados sobre las cuestiones casi irreconciliables –“en el asunto de Cataluña no vamos a pasar ni una”, cuando digo que quiero fiarme es por no decir que no me fío”, “se ha acabado el periodo de gracia”, “esperemos que esté a la altura de sus responsabilidades”, “el PP no admitirá el acercamiento de presos”…- , el líder popular  tuvo una intervención casi de guante blanco ante los periodistas. El contrapunto lo dio la presidenta del PSOE, Cristina Narbona, desde Ferraz, que cumplió su papel de antagonista al destacar cómo “hemos asistido a una serie de declaraciones demagógicas e irresponsables en temas de Estado”, apenas un arañazo.

La cita no se planteó como un mero trámite, ni tenía que parecerlo

Moncloa explicó el silencio de Sánchez tras la reunión, que no rompió hasta el viernes cuando ofreció una rueda de prensa de fin de curso político, en que “hoy es el día de Pablo Casado”. Es decir, se asumió que éste copara los titulares de la prensa con su listado de exigencias y reivindicaciones, eso sí, sin revelar en ningún momento la respuesta o disponibilidad de su interlocutor. Ese fue el primer y gran acuerdo alcanzado entre ambos, el del reconocimiento mutuo para intentar pegar los trozos de un bipartidismo amenazado por nuevos actores políticos a los que sólo ese les reconoce un papel secundario.

Sánchez también cumplió su parte en el mismo escenario en que un día antes había hablado Casado ante los periodistas. Porque si bien en un momento dado dijo del líder nacional del PP que era “extremista”, se ciñó al guión de una especie de pacto de no agresión, de respeto compartido, que, en muy buena medida, pasará por acentuar sus perfiles propios y elevar el grado de enfrentamiento para ampliar sus respectivas bases electorales, tanto a su derecha como a su izquierda.

Reparto de papeles

El discurso duro correspondió en ese caso al secretario general popular, Teodoro García Egea, quien en varias entrevistas radiofónicas dio réplica a Sánchez al advertir que la lealtad del PP era con los españoles y no con el presidente del Gobierno cuyos “antecedentes” les obligaban a estar “vigilantes”. Y esos “antecedentes” aludían al pago de favores políticos a aquellos partidos que le han permitido gobernar, en definitiva, “promesas que nadie conoce”, pero sobre las que los populares sospechan, sin descartar, no obstante que puedan llegar a pactos de Estado para frenar el desafío independentista catalán, por ejemplo.

Rajoy ya intentó marginar a Rivera a favor de Sánchez

En honor a la verdad, esta estrategia no la inventaron ellos. El antecesor de Pedro Sánchez en la Moncloa, Mariano Rajoy, inició este camino de intento de recomposición de los dos grandes partidos cuando convirtió a su interlocutor socialista en el único posible. Su socio preferente de legislatura, Albert Rivera, fue evitado de forma indisimulable en los últimos meses del gallego en el Gobierno.

Es más, los resultados electorales en Cataluña del 21-D, cuando Ciudadanos consiguió el hito histórico de ser el primer partido constitucionalista en ganar en escaños y votos, terminaron por encender todas las luces de alarma entre los populares. El diálogo se cortocircuitó. Fue cuando Rajoy dejó pasar meses sin levantar el teléfono para hablar con el líder de los “naranjas”.

Ciudadanos y Podemos están desdibujadas desde la moción de censura

Que se llegue o no tarde a ese intento de volver a la situación en que ambas fuerzas, PSOE y PP, eran hegemónicas, es otra cosa. No cabe duda de que ha habido un desdibujamiento de Ciudadanos desde el triunfo de la moción de censura que llevó en volandas a Sánchez a Moncloa y no ha recuperado tras el congreso popular. A Podemos tampoco le fue bien el ascenso de Sánchez. Su protagonismo inicial fue languideciendo con RTVE como prueba de fuego, y la ausencia de su líder, Pablo Iglesias, ahonda su progresivo descenso tal y como ha arrojado el último sondeo del CIS.

Hace apenas dos meses y medio ni Sánchez ni Casado podían soñar con estar donde están ahora. Su coincidencia hace años en la comisión de Asuntos Europeos del Congreso de los Diputados les sirvió para conocerse, aunque no desarrollaran un vínculo especial. La relación del socialista con Rajoy pasó por distintas etapas, de la desconfianza mutua al enfrentamiento total para acabar en una aproximación final que saltó por los aires con la moción de censura. Hoy, sus nuevos líderes, cada uno desde su trinchera, luchan por recuperar el terreno perdido y apuntalar el bipartidismo, la hegemonía de PSOE y PP.