El líder de Podemos, Pablo Iglesias. EFE

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Pablo Iglesias: el viaje a la moderación tras la debacle en Andalucía

Política

Pablo Iglesias: el viaje a la moderación tras la debacle en Andalucía

De ‘asaltar los cielos’ y llamar a la ‘alerta antifascista’ a renegar de apoyos pasados al chavismo venezolano y protagonizar una de las más sonoras disculpas de la legislatura. Pablo Iglesias emprende estos días su particular viaje hacia la moderación, y lo hace tras la debacle de las elecciones andaluzas, donde 300.000 votantes dejaron de confiar en la marca morada, con unos resultados que son sólo la primera confirmación de lo que llevan meses pronosticando las encuestas. El de Iglesias es un intento a contrarreloj por sacudirse el lastre político acumulado en los últimos dos años, en los que Podemos se ha situado en el extremo de la izquierda tradicional y dando la espalda al posible electorado socialista.

En la noche electoral del 2D, Iglesias compareció desde Madrid. Con rostro sombrío y sin gesto alguno de autocrítica, el secretario general de Podemos se limitó a proclamar la “alerta antifascista” ante el auge de Vox y a agitar la movilización en las calles en un llamamiento que tomó forma día siguiente con concentraciones, algunas de ellas violentas, en las principales provincias andaluzas. La estrategia de confrontación con Vox dio alas al partido de Santiago Abascal, que aprovechó el foco mediático regalado por Iglesias y no dudó en responsabilizar a Iglesias de “toda la violencia” que se produjera contra su partido.

El error era evidente y así lo reconoció Iglesias a los suyos esa misma noche, tal como adelantó El Independiente. La referencia directa a la cuarta fuerza del arco parlamentario andaluz supuso entrar en un cuerpo a cuerpo entre dos fuerzas aparentemente opuestas, abriendo la puerta a las similitudes entre dos fuerzas radicales y antitéticas, además de multiplicar el protagonismo del partido de Abascal. Las críticas tampoco tardaron en llegar desde las filas moradas, donde se llamaba a Iglesias a “volver a entender que no va de izquierda y derecha, de fascistas y antifascistas, sino de la oligarquía y el pueblo”, tal como señalaba un diputado del partido en las redes.

El debate no es nuevo en Podemos. En Vistalegre 2 Iglesias se enfrentó a las tesis de Iñigo Errejón, que abogaba por huir de etiquetas, evitar los lugares comunes de la izquierda y tratar de seducir al votante apelando al aspecto social y a los elementos comunes –la llamada ‘transversalidad’-. El proyecto del líder de Podemos pedía por el contrario radicalizar las posturas y renegar de posibles pactos con el PSOE, al que consideraba un elemento más del “régimen del 78” al que Podemos nació para impugnar.

Una vez reafirmado en el poder y tras laminar a errejonistas y anticapitalistas, Iglesias comenzó un tímido viraje político con la elección de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE en mayo de 2017. La estrategia fijada entonces consistió en “atacar” al Partido Socialista ganándole en su propio campo: en los debates sociales y en los temas transversales. “Unidos Podemos puede aprovechar este escenario para seguir capitalizando la ola de indignación ciudadana que existe en torno a lo que representa la corrupción y al uso y abuso de las instituciones por parte del PP”, señaló el partido en un documento interno titulado Éramos pocos y llegó Sánchez al que tuvo acceso El Independiente.

Pero la declaración de intenciones de entonces no llegó a materializarse. Conforme Iglesias iba estrechando su poder sobre el partido, ganaron peso en el partido personalidades como Irene Montero, Juanma del Olmo o Rafael Mayoral; figuras todas ellas provenientes de fuerzas como el Partido Comunista o de Izquierda Unida, que mantienen en su ADN los clásicos talismanes de la izquierda, desde la lucha de clases hasta el republicanismo, el cariz anticlerical y el animalismo. Unas guerras políticas que dividen a la población y que suponen la renuncia a una parte importante del electorado. A esto se sumó su fallida estrategia catalana, donde el descalabro electoral de la marca de Podemos llegó después de unas fuertes tensiones internas, en las que algunos dirigentes como Carolina Bescansa cuestionaban el discurso connivente con las fuerzas independentistas y reclamaba “hablar a los españoles”.

Frenar la sangría electoral

La deriva de Podemos hacia la radicalidad se ha dejado sentir en las encuestas, que mes tras mes han ido anunciando la caída del partido de Iglesias. Una caída sostenida en el tiempo desde abril de 2016, cuando el célebre Informe Bescansa sobre el CIS, ofrecido en exclusiva por este medio, alertaba de que perdían “uno de cada tres” votantes. Los últimos sondeos publicados en distintos medios de comunicación avanzan que Podemos podría perder hasta un 40% de su representación en los próximos comicios. Tampoco en los bastiones territoriales hay mejor perspectiva: el centralismo de Iglesias y las tensiones que ha generado han llevado a multitud de divisiones internas en sus federaciones, que no se ven libres del mal pronóstico electoral. Un caso paradigmático es Navarra, donde este mismo viernes se publicaba una encuesta oficial del Gobierno que avanza un importante retroceso, por el que Podemos pasaría de 7 a 3 diputados en la cámara foral.

Podemos se enfrenta al abismo. A seis meses de las autonómicas, municipales y europeas, el partido de Iglesias se arriesga a perder representación institucional tras el desgaste de su estrategia catalana y el desencanto de su electorado. La dramática perspectiva electoral que auguraban los sondeos desde hace meses se ha confirmado en Andalucía, y Pablo Iglesias se ha visto obligado a reaccionar para reubicarse en el escenario político. El líder del partido ha intensificado en las últimas dos semanas un viaje a la moderación que inició tímidamente antes de verano.

La moción de censura del pasado junio abrió la puerta al partido a demostrar por primera vez su utilidad parlamentaria después de dos años baldíos en los que Pablo Iglesias no consiguió aprobar ni una iniciativa de calado en el Congreso de los Diputados. Los Presupuestos firmados con Pedro Sánchez en octubre supusieron un balón de oxígeno para la formación, y su líder no esperó ni 24 horas a la firma del acuerdo para echar las campanas al vuelo y presumir abiertamente de su capacidad de influencia sobre el Gobierno.

Tardaron semanas en las filas moradas en asumir el error de cálculo inicial. Después de los primeros desplantes del Gobierno y los incumplimientos que denunciaban esta misma semana, Podemos terminó por resignarse y asumir que la ensoñación de los Presupuestos no era tanto un proyecto firme del Gobierno, poco dispuesto a negociar el apoyo necesario de los partidos independentistas, sino un gesto de Sánchez para capitalizar algunas medidas estrella. El proyecto de Presupuestos es el gran argumento al que se aferra Podemos para dibujarse como un partido útil y capaz de cambiar las cosas. Y, aunque las cuentas están abocadas al fracaso, la formación se esfuerza en mantener viva la llama del único acuerdo trascendental que han conseguido desde su llegada a las instituciones.

Autocrítica y vuelta a la ‘patria’

El aviso de las elecciones en Andalucía ha sido contundente, y la reacción de Pablo Iglesias se ha dejado notar. Más allá de su rectificación a nivel interno, Iglesias ha copado titulares por sus gestos de autocrítica y por su renuncia a episodios de su pasado, tanto en la ferviente defensa del Gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, como a los «insultos machistas imperdonables» que reconoció haber dedicado a la periodista Mariló Montero. El líder de Podemos quiere traslucir cierta humildad tras el fiasco del 2D; ha dulcificado el tono y vuelto a una de las referencias primigenias en Podemos: el concepto de “patria”.

Alejado de cualquier mensaje radical -como aquel que versaba de la «cal viva»- y correcto en las formas, Iglesias se ha alejado estas semanas del político que asalta la tribuna en cada una de sus intervenciones. Esta semana, en cambio, durante la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso, el dirigente respondió a todas y cada una de las fuerzas parlamentarias desde el estrado, un papel que suele interpretar el presidente de Gobierno y que le valió más de una broma por parte de sus rivales políticos.

Más allá de las formas, el fondo del discurso también ha virado. Iglesias rehúye estos días de la retórica de bloques y aboga por los conceptos transversales con los que nació el partido en 2014. En sus intervenciones ha rescatado la ‘patria’ como un elemento de unión de toda la sociedad, en lugar del ‘antifascismo que hace unas semanas enarbolaba a capa y espada. El dirigente opta ahora por centrarse en el aspecto social. En los últimos días cargaba a través de Twitter contra la «guerra de banderas» y abogaba por «trabajar en las necesidades de los ciudadanos de todas partes». También reproducía a través de las redes una reflexión reveladora respecto al nuevo rumbo del partido: «Quizá la izquierda necesita dejar de lado la épica para enamorarse de lo efectivo. Aceptar que no se acerca uno a la urna para cambiar el mundo, sino para que no le cierren el ambulatorio del barrio», citaba Iglesias.

La estrategia de Podemos también ha cambiado con el viraje de Iglesias y este mismo viernes el partido llamaba a las movilizaciones de los pensionistas. El objetivo era acabar con la «precariedad», otro de los mantras de la transversalidad que recorrió Podemos en sus inicios. En este caso, la llamada no es casual: en lugar de llamar a movilizaciones contra un frente ideológico como en Andalucía, los de Iglesias abogan por concentraciones más amplias. ¿El objetivo? Recoger la indignación social de todas las clases sociales que en 2016 le dieron cinco millones de votos y evitar un posible descalabro que en Andalucía ya es certeza.