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El ex líder soviético Mijail Gorbachov junto al actual presidente ruso, Vladimir Putin. E:I:

Internacional, Política

Putin, la antítesis de Gorbachov

El actual presidente ruso considera al último líder soviético responsable del colapso de la URSS

Villano en Occidente y héroe en Rusia. Está en las antípodas de Gorbachov, el actual presidente Vladimir Putin es el último eslabón del Homo Sovieticus.

El alma rusa tiene un envés con el rostro de Gorbachov y un revés con la cara de Putin, a quien muchos de sus compatriotas admiran por ser un líder fuerte, que inspira temor en sus adversarios. Y en sus correligionarios.

Putin mantiene que el colapso de la URSS es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX y cree que podría haberse evitado. De hecho, ha confesado que le habría gustado contribuir a que no sucediera. Hace responsable a Gorbachov y por esa razón ha hecho lo posible por destruir su legado.

Los criminales más grandes de nuestra historia fueron esos peleles que tiraron el poder al suelo, Nicolás II y Mijaíl Gorbachov”, dice Putin

“Los criminales más grandes de nuestra historia fueron esos peleles que tiraron el poder al suelo, Nicolás II y Mijaíl Gorbachov, que permitieron que quienes lo recogieran fueran una pandilla de histéricos y de locos”, sostiene Putin, según cita Simon Sebag-Montefiore en su libro Los Románov (1613-1918).

Así lo cree William Taubman, autor de Gorbachov, quien señalaba en su gira de promoción a los medios españoles cómo el último líder soviético se había convertido “en el chivo expiatorio de Putin, a quien echa la culpa por el pasado”.

De la humillación a la gloria

Ese pasado de humillación en el que la URSS se desmoronó y perdió su espacio de influencia en Europa Oriental, a la par que la crisis económica hacía estragos dentro de sus fronteras.

Para un agente de la KGB como era Putin en los 80 poner fin a la doctrina Brezhnev y dejar que Europa Oriental siguiera su propio camino era incomprensible. Cuando cayó el Muro de Berlín, Putin trabajaba en el KGB en Dresde, situada en la extinta República Democrática Alemana.

Con esa mente disciplinada y fría de espía, vivió el fin de la URSS. Desde que llegó al poder en 2000 su empeño es que Rusia recupere su papel en el mundo, un mundo que concibe en términos de guerra fría, al contrario que Gorbachov que contribuyó a poner fin al enfrentamiento entre bloques.

Para Putin, Gorbachov confió demasiado en Occidente y eso condujo por ejemplo a que se hiciera posible la ampliación de la OTAN hacia el Este, una de las espinas clavadas en el oso ruso.

Putin se ve como el líder que ha de corregir esa cadena de errores y que ha de situar de nuevo a Rusia como potencia que el mundo ha de respetar.  Esa fortaleza es lo que ha cautivado a muchos rusos, que se sintieron humillados al caer la URSS y al ver cómo se ampliaba la OTAN le siguen apoyando en las urnas. Ganó abrumadoramente en las presidenciales de marzo de 2018. Será presidente hasta 2024.

Todo bajo su control

Aunque sigue manteniendo un gran apoyo, impide que la oposición le plante cara. Persigue a todo disidente que puede ser peligroso, como Alexander Navalny, y se ha impuesto ante los oligarcas con el encarcelamiento para dar ejemplo del millonario propietario de Yukos, Mijail Jodorkovski.

Económicamente el país cojea, pero Putin ha sabido compensar ese déficit con una gran habilidad geoestratégica. El acercamiento a China ha fortalecido el papel de Moscú. En un mundo multipolar, con EEUU más aislado con un Trump que prefiere ir por libre, tener afinidades con Pekín es una buena baza.

En Siria, Putin ha logrado desplazar de la partida de ajedrez a Estados Unidos. Rusia, que apoya al presidente sirio, Bashar Assad, se ha mantenido firme y ahora se sienta en la mesa con Irán y Turquía a decidir el futuro de un país destrozado por ocho años de guerra.

Con Trump tiene sus más y sus menos, pero en las distancias cortas el presidente de EEUU parece seducido por el oso ruso. La cumbre que mantuvieron en Helsinki fue un triunfo para Putin, que dominó la escena entra bambalinas.

También sabe cómo usar sus recursos, como el gas, para trabar lazos sólidos con Alemania (gasoducto Gulf Stream 2) que hacen depender a la gran potencia europea de los recursos rusos.

Debilitar a la Unión Europea favorece sus intereses y, por ello, se asocia al Kremlin con toda campaña que dinamite la cohesión de los Veintiocho, camino de Veintisiete, desde el Brexit al auge de los partidos de ultraderecha euroescépticos como el Frente Nacional francés. El apoyo europeo a Ucrania dolió en Rusia como una daga en el corazón.

Lo que Gorbachov ayudó a unir Putin trata de dinamitar con el objetivo de fortalecer los intereses de Rusia. Mientras Gorbachov creía que la glasnost, la transparencia informativa, fortalecería a su pueblo, Putin se aferra al control informativo.

Apenas quedan medios independientes en Rusia, y curiosamente Gorbachov sigue siendo socio minoritario de uno de ellos, el periódico Novaya Gazeta. Putin ha tejido una red de medios afines y utiliza el control de la información a través de un ejército de trols en su guerra híbrida contra todo aquello que hace peligrar su poder, que ha sabido identificar con la patria rusa.

Destinados a la cima

Los dos son de origen humilde, aunque Gorbachov proviene de una familia campesina, y Putin nació en 1952 en Leningrado (hoy San Petersburgo). Estudiaron Derecho. Gorbachov también cursó ingeniería agrícola. Es muy culto y un gran conversador. Putin es hombre de acción.

Gorbachov vivió en su infancia la Gran Guerra Patria y eso le marcó. Vio a los alemanes ocupando la zona donde vivía en el Cáucaso, creyó que su padre había muerto y a él le escondió su abuelo para que no le mataran. Al final de la guerra la pobreza era atroz y la única salvación para alguien como él estaba en los libros.

En un encuentro con el canciller Kohl, del que se hace eco Francisco Herranz en su libro Gorbachov: Luces y sombras de un camarada (libros.com), Gorbachov decía sobre la guerra: “Usted sabe, la guerra es la guerra. Para nosotros, para nuestra gente, fue una guerra dura y terrible, e incluso creo que los alemanes fueron completamente destrozados. Nuestros dos pueblos, y otros pueblos como los polacos, experimentaron una tragedia… Eso no se puede olvidar”.

Esa vivencia de muerte y desolación quedó grabada a fuego en Mijaíl Serguéyevich Gorbachov, quien fuera distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 1990. El comité Nobel destacaba su contribución a que el diálogo entre Este y Oeste sustituyera al enfrentamiento. Su misión vital pasaba por evitar a su pueblo volver a sufrir esa experiencia de la guerra.

Sin embargo, Vladimir Vladimorovich Putin nació después de la Segunda Guerra Mundial y se educó en la Guerra Fría con la mentalidad de un funcionario del servicio secreto.

Vive con la idea del enemigo tan interiorizada que difícilmente mantiene relaciones de confianza mutua. Con pocos líderes se ha entendido. Quizá con el ex canciller alemán Gerhard Schröder, tan pragmático como el líder ruso.

Sus padres también tenían grandes expectativas sobre él. “Mi hijo es como un zar”, dijo en su lecho de muerte el padre de Putin. El presidente ruso se ve así como rey de reyes, como quien tiene la misión vital de recuperar un imperio perdido.  Sus biógrafos aseguran que valora la lealtad por encima de todo y que no perdona la traición.

Gorbachov, sobre todo en esta última etapa de su vida, ha sido muy generoso con el actual líder ruso. En declaraciones a Ria Novosti, decía en diciembre de 2017: “Rusia tiene muchos problemas, y la situación internacional es muy complicada. De aquí el deseo natural de la población de protegerse y no precipitarse en la toma de decisiones. Putin es, de hecho, un líder que merecidamente goza del apoyo popular, y hay que tener en cuenta esto”.

“Los dos son muy inteligentes y han sabido mover muy bien a la gente a su alrededor. Gorbachov adora la música, iba al ballet con Raisa, y es un apasionado del teatro, habría sido un gran actor. A Putin, más soviético, le gusta el deporte y representa la fuerza y la astucia”, señala el autor de Luces y sombras de un camarada.

Gorbachov y Putin encarnan el alma rusa. Un alma que se emociona con Tchaikovski y que destila odio cuando se siente humillada. Un alma capaz de lo más sublime y lo más abyecto. Un alma, que como Gorbachov y Putin, aún es un enigma como una jugada de ajedrez eterna en el tablero mundial.

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