Fernando Valladares estrena el próximo 20 en Madrid Zumo de remolacha, una obra de teatro inspirada en la acción de protesta que protagonizó en 2022 junto a otros científicos en el Congreso de los Diputados. La pieza, producida por Cor de Terra y dirigida por Isabel Martí, traslada al escenario la urgencia climática desde un enfoque teatral que combina divulgación científica, reflexión y denuncia.
Tras girar por salas por ciudades más pequeñas la producción se enfrenta al reto de competir con el monstruo de la oferta cultural madrileña. “Es un gran desafío porque somos como una gota en mitad del océano y a ver cómo logramos llamar la atención”, reflexiona Valladares.
Pregunta: ¿Qué puede esperar el espectador de esta obra de teatro?
Respuesta: Se va a encontrar con una obra divertida, chocante y provocadora, en la que se verá reflejado en muchas de las contradicciones en las que cae una sociedad que dice estar muy preocupada por el cambio climático, pero que luego, en el día a día, actúa de forma incoherente o incluso mira hacia otro lado, permitiendo de alguna manera la presencia de discursos negacionistas.
La obra es entretenida y muy dinámica. Yo pensaba que habría momentos más explícitos para la reflexión, pero en realidad te va llevando de una idea a otra, de una escena a otra, haciéndote tomar conciencia, por un lado, del lío en el que estamos metidos con el cambio climático y, por otro, de un problema aún mayor: la negativa a afrontarlo de frente, la tendencia a minimizarlo y a silenciar a quienes ponen sobre la mesa verdades incómodas.
P: Bueno, de ahí viene el tema del zumo de remolacha..
R: Claro, el zumo de remolacha fue ese material orgánico y biodegradable que buscaba recordar a la sangre, y que utilizamos en una especie de performance en la que los científicos arrojábamos “sangre” como señal de protesta, denunciando que la humanidad, el planeta, la biosfera y los seres vivos estamos sangrando por la inacción climática.
En 2022 realizamos esa performance en el Congreso de los Diputados y, cuatro años después, llevamos a cabo otra intervención, esta vez de una forma más convencional, como es el teatro, pero con una obra que no lo es en absoluto, en la que un científico, por primera vez en la historia, se sube a las tablas en el marco de una producción profesional. Esto no había ocurrido nunca.
Los científicos ya no sabemos qué más hacer para que abramos los ojos y demos a este problema la prioridad que merece: nos va la vida en ello, nuestro bienestar e incluso nuestra supervivencia. La ciencia lleva 30 años explicando lo que está ocurriendo, pero tanto la ciudadanía como los responsables políticos han tenido otras prioridades, y la emergencia climática sigue sin abordarse con la gravedad que la evidencia científica señala. Llegados a este punto, los científicos ya no sabemos qué más hacer.

P: De esa primera performance colea un tema judicial.
R: En su momento fuimos detenidos todos los que participamos en ese acto: más de cuarenta personas. Posteriormente, la lista se redujo a catorce, aquellos que aparecían con mayor claridad en las imágenes en primer plano. Yo estuve bastante tiempo sujetando una pancarta y atendiendo a los medios desde las propias escalinatas del Congreso, así que supongo que por eso a mí y a otros treinta nos dejaron fuera en esa segunda fase. Aun así, permanecimos detenidos durante seis horas.
Existe la sensación de que se ha querido dar un escarmiento, algo que resulta sorprendente porque nuestra actitud ha sido siempre muy pacífica. De hecho, en la obra de teatro una de las escenas más contundentes aborda precisamente eso: la firmeza de nuestra protesta, pero también su carácter no violento. Nos jugamos mucho.
Incluso algunos de los policías que nos detuvieron -no todos, pero sí algunos- nos dieron las gracias.
P: Desde el 2022, solo en estos últimos años, se han seguido sucediendo los avisos de la ciencia.
R: Ahora mismo hay dos o tres procesos especialmente preocupantes. Uno de ellos es la circulación del Atlántico Norte: existe ya un amplio consenso y la mayoría de los modelos apuntan a un posible debilitamiento severo o incluso a su detención. Esto provocaría un cambio más localizado en Europa central y en latitudes medias que, paradójicamente, en un planeta que se calienta, podría traducirse en condiciones mucho más frías, incluso cercanas a una glaciación, al quedar estas regiones desconectadas del calor procedente del ecuador y de los trópicos, mientras el planeta en su conjunto seguiría calentándose.
Este es uno de los fenómenos que más preocupan, pero no el único. También están los eventos de El Niño, cuya intensidad y frecuencia se ha visto que están amplificadas por el cambio climático. De hecho, este año se espera un episodio muy significativo, cuyas consecuencias más graves probablemente se noten en 2027. Todo apunta a que será uno de los eventos de El Niño más intensos registrados en tiempos históricos.
Para hacerse una idea, hace un par de siglos tuvo lugar un evento de El Niño en el que, en algunas regiones, la temperatura aumentó hasta 2,7 grados, provocando millones de muertes, en un contexto con mucha menor población y condiciones tecnológicas muy distintas. El episodio hacia el que nos dirigimos podría superar los 3 grados de anomalía térmica, lo que lo convierte en un fenómeno excepcional.
Esto implicará, previsiblemente, colapsos en las cadenas tróficas marinas, con impactos directos en la pesca, además de episodios de calor extremo durante varios meses, intensificados por el propio cambio climático. En definitiva, hay varios procesos complejos en marcha, a gran escala, y todos ellos son motivo de gran preocupación.
P: La velocidad del cambio es destacable ¿verdad?
R:Sí, pero la principal novedad es que lo estamos causando nosotros. Después de eso, lo más relevante es la velocidad a la que está ocurriendo. Ha habido niveles de CO₂ similares en la historia de la Tierra, pero los cambios se producían a lo largo de siglos o milenios; ahora hablamos de décadas. Esa rapidez supera la capacidad de adaptación tanto de los sistemas naturales como de la sociedad.
Además, el negacionismo -o, más bien, el oportunismo- complica la comunicación: es mucho más fácil negar que explicar. En la obra lo abordamos con humor, hablando de la “asimetría de la estupidez”: decir una tontería es muy fácil, pero desmontarla requiere mucho más esfuerzo.
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