Nunca había oído la palabra "anfictiónico" a pesar de que tengo estudios superiores. Como siempre que caigo en el pozo del vacío lingüístico, abro la app del diccionario de la Real Academia para salir de él y ahí descubrí que se refiere a la anfictionía, es decir, a una antigua confederación de ciudades griegas. Cotilleando un poco veo que era, sobre todo, una liga para tratar asuntos religiosos y que montaron una especie de cruzada o yihad contra otras tribus o ciudades griegas. Uno de sus cometidos era administrar el templo de Apolo en Delfos, organizar los juegos Píticos —similares a las Olimpiadas, que también son de la época—, a la vez que, algo importante para gente de islas y penínsulas, velar porque no se bloquease la navegación y evitar guerras.
Si se están preguntando a qué viene este repentino interés por la Grecia clásica, les diré que se debe a que el gobierno de Panamá está conmemorando el Bicentenario del Congreso Anfictiónico. Y como imagino que esta explicación puede confundirles por insuficiente, les pongo en contexto. En 1826, en el istmo de Panamá —aún parte de Colombia—, Simón Bolívar convocó un Congreso que buscaba articular una liga entre los nuevos Estados de América. Su objetivo era, sobre todo, velar por la defensa común, arbitrar en los conflictos y compartir una voz frente al mundo. Recogía así varios elementos propios de la liga helénica, aunque carecía de la parte sagrada y deportiva (algo que solventó el paso del tiempo, cuando Bolívar fue convertido en una especie de Apolo a cuyo culto se consagraron sumos sacerdotes como Hugo Chávez o Diosdado Cabello). La propuesta del Libertador no era solo diplomática, sino una apuesta por evitar que la fragmentación pusiese en peligro las independencias recién logradas, pues, como buen militar, sabía que en la guerra el tamaño importa.
Llegados a este punto caí en la cuenta de que el Congreso Anfictiónico no es otra cosa más que el evento al que toda la vida hemos llamado el "Congreso de Panamá". Me crié y eduqué en el Ecuador de los años 70 y 80, una época en la que el sistema de integración conocido como "Pacto Andino" aún levantaba entusiasmo y, por ello, ese Congreso y la "Carta de Jamaica" eran una especie de rollos del Mar Muerto que guardaban el legado de Bolívar y su prédica integradora.
No hay que olvidar que, además, en América Latina la idea de la integración es una constante desde su fundación, atribuyéndosele una especie de súperpoder. Tanto es así que se suele señalar la falta de integración como uno de los grandes problemas de la región, lo que puede ser acertado en el caso del desarrollo del mercado regional o de las infraestructuras interestatales, pero que no puede servir como un recurso de las élites para encubrir o justificar su mala gestión.
Ahora bien, aunque tenía las cosas más claras, seguía sin saber qué se les había perdido a los griegos en Panamá. Quería entender por qué nunca había oído la dichosa palabra, aunque me han dado mucha turra con Bolívar desde la infancia —en la escuela teníamos una Sociedad Bolivariana Infantil— hasta esta mi provecta edad. ¿Cómo es posible que no me hubiese enterado de que el Congreso se llamaba "anfictiónico"
Busqué entonces la convocatoria al Congreso redactada por el propio Bolívar desde Lima el 7 de diciembre de 1824 y comprobé que aquí no bautiza al Congreso con el helénico nombre, aunque en el cierre, antes de encomendarse a Dios, incluye una referencia erudita: "¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?". Una comparación que ya había utilizado en la Carta de Jamaica. Es muy posible que el nombre esté recogido en algún otro sitio, pero no lo sé. Lo que me imagino es que algún señor culto —en esa época a esos eventos solo iban señores— ató cabos y concluyó que la mención a Corinto se debía a que en dicho lugar se celebraban las reuniones de la liga anfictiónica y, de ahí, se adoptó el apelativo.
Además del nombre, también me sorprendió que en la presentación del bicentenario se lo calificase como "un hito que se convirtió en la primera expresión formal de un sistema multilateral en América". Digo que me sorprendió porque, como he comentado, siempre se vinculó el Congreso con los deseos integracionistas de Bolívar y, por ello, esta faceta como precursor del multilateralismo me resultaba nueva; es más, él mismo hacía alusión, como inspiradoras, a las ideas de Francisco de Miranda, quien veía a la región como un gran país súpercontinental e independiente llamado Colombeia o Colombia en honor al descubridor. De hecho, aunque la asistencia de países invitados y las conclusiones no fueron las esperadas, sí que se firmó en 1826 un "Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua" que en su artículo 1 dice: "Las Repúblicas de Colombia, Centro América, Perú y Estados Unidos Mexicanos se ligan y confederan mutuamente, en paz y guerra, y contraen, para ello, un pacto perpetuo de amistad firme e inviolable y de unión íntima y estrecha con cada una de las dichas partes".
La perpetuidad no duró ni cinco años y la unión, liga y confederación se rompió en la casa del promotor, cuando la República de Colombia —la llamada Gran Colombia para diferenciarla del actual país— desapareció en 1830 con la formación de Venezuela y Ecuador. La Gran Colombia no se quebró en una batalla, sino en una suma de desencuentros. Era un país demasiado grande para unas élites que nunca dejaron de pensarse pequeñas: Caracas, Quito y Bogotá tiraban cada una para su lado, con economías, intereses y distancias que no se resolvían desde un escritorio central, como era el deseo de su presidente. En ese escenario, Simón Bolívar empezó a perder algo más importante que el poder: la autoridad. Intentó sostener la unidad concentrando mando, pero cada decreto lo alejaba más. Mientras José Antonio Páez en Venezuela y Juan José Flores en Quito consolidaban salidas propias, Bolívar quedaba como un líder de guerra en tiempos que exigían otra cosa. Al final, no fue que se separaron: es que ya no estaban juntos.
La América es ingobernable para nosotros...El que sirve una revolución ara en el mar"
Aunque la historiografía ecuatoriana considera a Flores un traidor que acabó con el sueño de Bolívar, resulta interesante que en la carta del 9 de noviembre de 1830 que El Libertador le envía poco antes de morir, sin poder partir al exilio en Europa, además de darle muestras de amistad, respeto y cariño, señale: "V. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. 1º. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América". Cada vez que leo este texto me quedo con una extraña sensación y empatizo con la frustración y el dolor de Bolívar; al mismo tiempo, se me cruza por la cabeza la idea de que algo de adivino tenía.
Los últimos días de la Patria Grande al norte del sur de América y los del propio Bolívar hasta su muerte en Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830, a los 47 años, los cuenta muy bien Gabriel García Márquez en El general en su laberinto. Recuerdo que me impresionó leer en las primeras páginas que el protagonista tenía estreñimiento. Una tontería en medio de la explicación del calamitoso estado de salud del Libertador con la que arranca el libro. Imagino que esa escatológica referencia se me quedó en la cabeza porque mostraba que el héroe era humano y le pasaban cosas humanas: a él y a sus sueños.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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