Opinión

EL GOLPE

El vídeo del PSOE: boda roja o boda de Lolita

El vídeo del PSOE: boda roja o boda de Lolita
Pedro Sánchez, junto a Susana Díaz, en un acto electoral en Granada. | EFE
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Todo en el vídeo del Comité Federal del PSOE, desvelado por The Objective, parece antiguo excepto Sánchez. Susana Díaz, la tonadillera del chavismo andaluz (de Chaves), llorosa y atragantada de dignidad, parecía Lola Flores en la boda de Lolita. Borrell, con autoridad blanda o sin autoridad, parecía el maestro con coderas de un viejo socialismo sin convicción. Hasta la urnita de los votos, fugaz y macabra como un ataúd detrás de una cortina, parecía el entierro con armón y lirios que provocaba lágrimas a los devotos, como si fuera María de las Mercedes. Sánchez es el único que parece el de siempre, el de ahora. Sánchez, frío, quieto, inhumano, es esa presencia atemporal, espectral, como la foto final de Jack Torrance en El resplandor, cuya continuidad sobrenatural nos espeluzna aún más que sus actos en sí mismos. En realidad el vídeo, un gran hallazgo periodístico de Ketty Garat, de los de antes, con garganta profunda y zafarrancho de control de daños en los gabinetes, no nos ha descubierto nada de Sánchez que no supiéramos ya, ni siquiera su persistencia y coherencia mefistofélicas. Sí ha despejado las dudas, en cambio, sobre las tragaderas del PSOE.

Todos han callado y consentido, los viejos socialistas de pana mojada, las dignas damas de corazoncito encogido y estampita sudada, los santurrones de sepulcro, los críticos de levitón, los agradecidos del sanchismo, los damnificados del sanchismo y hasta los purgados del sanchismo. No me refiero ya a aquel día, sino luego, cuando por fin fue presidente del Gobierno alguien capaz de hacer lo que todos ellos le vieron intentar hacer en la primera oportunidad que tuvo para hacerlo. Y más tarde, claro, cuando empezó a hacerlo todo igual, pero no ya con una urnita en un cuarto oscuro y deformado, como un cuarto del doctor Caligari, sino con todo el Estado. Susana Díaz, a la que vemos en el vídeo levantando su tarjetón como un escapulario de señora con escapulario y cordoncillo de fraile, salió mucho en las televisiones después de la noticia, entre día de feria y día de feria y entre el olvido y la piedad. No veía ella muy útil ni muy consolador comentar nada del asunto ahora, así que se quedaba haciendo pucheros y aguantando la respiración o el decoro en un primerísimo plano deformado por la lente del móvil y la desmesura del papelón, un poco expresionista también. La verdad es que en el fondo tiene razón Susana, porque lo útil no es comentarlo ahora, sino haberlo hecho hace bastante.

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La sorpresa del españolito ante esta nueva boda de Lolita, o boda de sangre, o “boda roja” que dijo Ferreras, no es la sorpresa del PSOE. El PSOE conocía al verdadero Sánchez, ese Sánchez viajero del tiempo o de las pesadillas, desde el primer momento. García Page, sentencioso e inevitable como el señor cura de los pueblos con un solo cura, también salió enseguida con pose pesada y oblicua, como con flato o despertar de cura, para decir que aquel había sido “el peor día de su vida”, reconocer que lo que presenció fue un “intento de pucherazo cutre” y anunciarnos que tiene la intención de contar más “detalles” sobre aquel día. Esto es lo que no entiende uno, porque contar más detalles de algo sin duda importante e inmoral que sabía hace mucho, pero justo ahora que otros lo empiezan a revelar, indica que no es por ímpetu moral sino porque lo han pillado tanto o más que a Sánchez. En este caso, lo han pillado guardando lealtades inmerecidas, silencios cómplices y paciencia infinita o interesada de cura camastrón y plateresco. 

Susana Díaz, que ya ha pasado a mejor vida, o sea ha pasado de la ambición a la tranquilidad, con su escaño en el Senado y su familia de fotomatón (se refugiaba ella mucho en la familia para las entrevistas), ya ha olvidado, o perdonado, o empatado. En la tele, enorme por su silencio y por el óvalo compungido de su cara, mantenidos ambos más allá de lo deseable y lo televisivo, Susana decía que no quería volver a aquello, como si sólo se tratara de sus sentimientos, de su corazoncito de plata acribillada, como el de las dolorosas sevillanas, y no de la supervivencia de su partido y de su país. Page, el crítico más feroz y más inofensivo, que parece que habla desde las montañas, amenazando con Dios y con nubarrones, como si no fuera uno de los socialistas más poderosos sino un ermitaño con escudilla; Page, decía, era capaz de mostrarse indignado y moralizante retrospectiva e inútilmente. Pero consentir que el PSOE quedara en manos de Mefistófeles, o de una presencia casi igual de inquietante, y sobre todo consentir que quedara la propia España, es difícil de explicar desde cualquier tipo de lealtad. Más esta gente que tanto sermonea con las lealtades verdaderas y sagradas del socialismo y hasta de la patria, poniendo sus estampitas o sus peroles por testigos.

Hemos visto en el vídeo lo que ya habían vivido las grandes duquesas del socialismo andaluz de las moscas, los socialistas ojivales de nido de cigüeña, los viejos maestros ya amaestrados (Borrell), los demás que hacían allí de campanilleros o de meritorios, y en general el PSOE orgánico o sólo de gradita, que quizá no vio aquel día algo tan extraño, escandaloso o extraordinario. Eso sería una explicación, o sea que todos asumen que en el partido se juega sucio o con pillería, lo que pasa es que unas veces ganan los tuyos y otras no, y en ese caso uno se aguanta, se espera o se va a la montaña a darle al cuenco tibetano, o al Senado y a las tertulias a hacer de santa destronada, de dolorosa desconchada como una tacita, pero no urde una revolución, menos todavía contra el averno.

Todo parecía antiguo, sobre todo esa pugna de gestos, como de fotonovela o cine mudo, de una Susana Díaz que ya no existe, que se pierde en las tertulias como en la feria y que parece un espectro de sanatorio, entre la melancolía y la herida siempre manante. Todo era antiguo menos Sánchez, eterno o teletransportado. Hemos visto lo que hemos visto, el pucherazo con frialdad, con esa máscara o escafandra que es la de Sánchez, y los lloros que se guardan en un cofre de conchas. El verdadero escándalo, el verdadero escalofrío, es que los que tenían que haber hecho algo ya entonces siguen sin hacer nada, y encima avientan suspiros o sopapos.

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