Opinión

¡Tecnoentusiastas del mundo, uníos!

El presidente argentino, Javier Milei, centro, en su audiencia al empresario Peter Thiel, tercero a la izquierda, en el Palacio Presidencial de Buenos Aires.
El presidente argentino, Javier Milei, centro, en su audiencia al empresario Peter Thiel, tercero a la izquierda, en el Palacio Presidencial de Buenos Aires. | Efe

El congreso paraguayo, reunido el 30 de mayo de 1816, cesó al Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia como "dictador supremo" del país para, inmediatamente, nombrarlo "dictador perpetuo" con la salvedad de que se trataba de una designación limitada a él en "calidad de ser sin ejemplar", por lo que nadie podría sucederle con las mismas atribuciones. Esto resultaba lógico, pues el país acababa de librarse de un rey y no tenía sentido reemplazarlo por otro sin corona. El Congreso precauteló sus funciones estableciendo que se reuniría únicamente cuando el dictador supremo lo considerase necesario. Por demás está decir que, hasta su muerte en 1840, no vio esa necesidad.

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El Dr. Francia es lo más parecido al despotismo ilustrado que hemos tenido en América Latina y fue un tecnoentusiasta para su época. Según sus hagiógrafos, fortaleció la economía a la vez que fomentó la educación. De lo que no cabe duda es de que intentó crear un Estado y una administración sólidos a la vez que se enfrentaba a la Iglesia católica y sus privilegios. Parte fundamental de su proyecto fue aislar a Paraguay creando un régimen autárquico. Para muchos, esa fue la clave de los logros de su proyecto y la base de la desconfianza de sus países vecinos, que terminó en ese ventajoso cargamontón que fue la guerra de la Triple Alianza.

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No sé si Peter Thiel sabía la historia del Dr. Francia cuando visitó Asunción y fue recibido por el presidente paraguayo, Santiago Peña. Thiel es uno de los cofundadores de Palantir, una empresa tecnológica que, entre otras cosas, se dedica a la defensa. Aunque la visita se presentó como la de un inversor, no dejó de buscarse cierta afinidad ideológica entre el gobierno y el visitante y, para alejar toda duda, el jefe de Gabinete del presidente zanjó el debate diciendo: "No hacemos juicio de valor hacia lo que un empresario haga en sus tiempos libres" (sic). La polémica se debe a que Thiel y su entorno promueven ideas que han sido calificadas como tecnocesaristas o tecnofascistas. Por mi parte, luego de leer el Manifiesto Palantir y lo que señaló durante la visita que hizo al presidente Javier Milei en Argentina, estoy seguro de que le encantaría ser el Dr. Francia de la República Tecnológica que promulga su socio Alexander C. Karp.

Cada vez hay más debates sobre los efectos de la inteligencia artificial y otras tecnologías en la política, aunque la controversia viene desde los orígenes de la red. Recuerdo los pronósticos que avisaban de la llegada de la democracia directa gracias a los teléfonos inteligentes y las aplicaciones, olvidándonos de que son simplemente herramientas. Por eso, sin dejar de reconocer las maravillas de las que son capaces las máquinas, sigo percibiendo bastante novelería respecto a sus supuestos efectos sobre la política y otros procesos sociales cuando, como lleva pasando desde el Ágora griega, lo importante es quién formula la pregunta y cuál es el mecanismo por el que se establece el ganador.

Un buen ejemplo que viene al caso es el de la fundación de Podemos. Como no sé estadística, soy de los politólogos que hacen trabajo de campo y, por ello, estuve en la plaza de toros de Vista Alegre: uno de los momentos en que, por primera vez, se usaba este tipo de tecnologías para facilitar la participación y el voto. El recinto estaba lleno; muchos asistentes venían desde lejos trayendo las propuestas discutidas en los círculos. Además del deseo de que las cosas cambiasen, los participantes se reconoció en el tecnooptimismo pues, comprobaron durante el 15M la capacidad movilizadora que tenían las redes sociales. Ahora bien, en el mismo momento en que se explicó el procedimiento de votación, me quedó claro que ganaría el Círculo de la Complutense. Pablo Echenique, el candidato que se enfrentó a Pablo Iglesias en las elecciones a secretario general y que después terminó a sus órdenes, denunció el sistema, llegando incluso a plantear que el sorteo era la forma de asegurar una democracia interna que, evidentemente, no la producía por sí solo un software.

Lo de Vista Alegre fue una buena vacuna contra el tecnooptimismo ingenuo. Ya entonces quedó claro que una herramienta no democratiza nada por sí sola. Cambia formatos, acelera procesos, amplía escalas, pero no elimina las viejas disputas por el poder; simplemente les da nuevos escenarios. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) acaba de publicar un informe sobre democracia y desarrollo donde se señala de manera acertada que el problema no es la tecnología en sí, sino cómo está transformando el espacio donde se configura la opinión pública.

Durante décadas discutíamos a través de intermediarios reconocibles —medios, periodistas, editores— con nombres, intereses y responsabilidades identificables. Hoy, buena parte de esa conversación transcurre en plataformas gobernadas por algoritmos que premian velocidad, visibilidad y reacción emocional antes que verdad o deliberación. En América Latina el asunto es todavía más delicado porque esta transformación cae sobre democracias fatigadas, caracterizadas por baja confianza institucional, polarización, desigualdad, medios debilitados y Estados que bastante tienen con atender los problemas del siglo XX como para, además, correr detrás de los del XXI.

La inteligencia artificial no ha inventado nada de esto; simplemente lo acelera. Permite fabricar contenidos falsos a escala industrial, segmentar audiencias con precisión quirúrgica y explotar emociones como el miedo o la indignación, que siempre han sido excelentes combustibles políticos. Pero el problema de fondo es otro: cuando desaparece un terreno compartido de hechos, la democracia deja de ser una discusión entre adversarios y se convierte en una disputa entre personas que habitan realidades incompatibles. Y ahí no hace falta alterar una sola urna para erosionar un sistema, basta con convencer a suficientes ciudadanos de que nada merece confianza.

El tecnooptimismo tiene algo de religión secular: promete eficiencia, progreso y hasta redención democrática"

En definitiva, a quienes han caído en la tentación de creer que la tecnología por sí sola traerá la solución a nuestros problemas, conviene recordarles que seguimos hablando de herramientas, no de milagros. El tecnooptimismo tiene algo de religión secular: promete eficiencia, progreso y hasta redención democrática, aunque la experiencia suela ser bastante más prosaica.

No hace falta ir muy lejos para encontrar ejemplos de tanto tecnoentusiasmo. En mi propia universidad, aprovechando el V Centenario de la Escuela de Salamanca, el rector y su equipo parecen empeñados en convertir el viejo estudio en una especie de politécnica, alejándolo de un origen profundamente vinculado a las humanidades que, dicho sea de paso, siguen concentrando el mayor número de estudiantes. Tanto es así que ahora se nos anuncia un campus de la Universidad de Salamanca en una universidad china de ingeniería.

Lo sorprendente no es solo que nosotros, que no destacamos precisamente por nuestras patentes ni por una industria tecnológica puntera, queramos enseñar a los chinos los secretos de la Matrix, sino que durante ese viaje el rector haya presentado ese campus virtual como un paso adelante de la Escuela de Salamanca. No quiero imaginar qué pensaría Francisco de Vitoria viendo que su legado sirve para celebrar alianzas con un país gobernado por una dictadura que viola los derechos humanos e irrespeta el orden internacional.

Y como en todo buen ejercicio de fe tecnológica, también hay liturgia local. A pesar de que el rector haya sufrido en carne propia los errores algorítmicos —en concreto, y según su versión, con la contabilidad de sus citas en Google—, ha embarcado a la Universidad, junto al Ayuntamiento y la Junta de Castilla y León, en la construcción de un ecosistema tecnológico para atraer inversiones denominado Salamanca Tech Summit. Con este fin han contado con invitados de la talla de Jorge Marrón, el responsable de los experimentos de El Hormiguero; o de María José Rubio, escritora especializada en biografías de reinas, para que hable sobre hispanismo en el marco de un programa para reflexionar sobre el español como lengua tecnológica. No obstante, el verdadero corazón del proyecto en su conjunto no parecen ser las charlas, sino el Edificio Tecnológico-Empresarial I-Futuro. Porque, como es bien sabido desde los tiempos del Dr. Francia, no hay modernización y generación de riqueza que pueda prescindir del ladrillo y sus misterios.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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