El Mundial de 2026 se sitúa como una oportunidad para México demostrar su capacidad de organizar eventos mundiales con seguridad y garantías. De la misma manera que en clave americana, sirve como excusa para que Canadá y México tejan una alianza estratégica después de los desplantes de Donald Trump. Y es que, para Estados Unidos, el tercer organizador del Mundial, la situación se ha vuelto hostil después del veto del árbitro somalí Omar Artan, los registros a diferentes federaciones nacionales y las amenazas con vetar la participación de Irán.
Anteriormente, en 2018 la Copa del Mundo de fútbol sirvió a Rusia para aparentar normalidad. En 2022 Qatar la usó para proyectarse como un país aliado de Occidente después del apoyo a facciones islamistas en Siria e Irak.
En esta ocasión, Canadá y México están actuando como un solo bloque respecto a la coordinación de todos los evento. También coinciden a la hora de abordar los asuntos polémcos. EEUU vetó a la federación de Irán, pero México los acoge sin problema. Sobre el veto a Omar Artán, Canadá ya se ha ofrecido para que arbitre los partidos allí.
A pesar de ser una Copa del Mundo organizada a tres, parece ser que realmente son dos y otro que se ha sumado. Estados Unidos parece que está más centrado en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 2028. Los mexicanos están siendo unos grandes anfitriones, y Canadá está acogiendo todas las federaciones nacionales con esmero. No pasa lo mismo en EEUU: vetos, registros, federaciones incómodas, etcétera...
Pero esto trasciende a los organizadores, y también afecta a los participantes. La inclusión de selecciones como Irak, Irán, Senegal, Egipto, Uzbekistán, Turquía o Curazao en el Mundial 2026 desborda lo deportivo para convertirse en un acto de afirmación colectiva. En un torneo ampliado a 48 equipos, donde el mapa futbolístico se ensancha hacia África, Asia y el Caribe, estas naciones encarnan algo que ninguna potencia tradicional puede ofrecer: la emoción de existir, por una vez, en el centro de la atención mundial.
El caso más elocuente es el de Curazao, que con apenas 156.000 habitantes se convierte en la nación más pequeña en clasificarse para un Mundial en toda la historia. Que un territorio diminuto del Caribe comparta cancha con Alemania o Costa de Marfil demuestra que el fútbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes globales donde el tamaño no condena de antemano. Algo parecido sucede con Uzbekistán, debutante absoluto: su clasificación significa que Asia Central finalmente tiene su momento en el escenario mundial. Así se da voz futbolística a toda una región históricamente periférica en el imaginario deportivo.
En otros casos, el orgullo nace del reencuentro. Irak regresa a la cita planetaria por primera vez desde 1986, y lo hace además en medio de dificultades logísticas y políticas para viajar, lo que convierte la presencia de su selección en un símbolo de continuidad nacional frente a la adversidad. Turquía vuelve tras más de dos décadas de ausencia. Recupera así el recuerdo de su histórico tercer puesto en 2002. Egipto, con la generación de Salah, prolonga una tradición que conecta al país con el fútbol africano más reconocible. Senegal e Irán, ya habituales, consolidan un prestigio que la aleja del papel de meros comparsas.
En contextos de fragilidad institucional, conflicto o invisibilidad, el equipo nacional funciona como una representación condensada de la comunidad"
Para estos pueblos, vestir la camiseta nacional ante el mundo opera como ritual de pertenencia. La bandera, el himno y los colores adquieren una densidad emocional difícil de igualar por otras instituciones. En contextos de fragilidad institucional, conflicto o invisibilidad internacional, el equipo nacional funciona como una representación condensada de la comunidad: durante noventa minutos, la nación entera se reconoce en once jugadores. El Mundial, en este sentido, no premia solo la excelencia técnica, sino que distribuye dignidad simbólica.
La presencia de estos países recuerda que el orgullo nacional no es patrimonio exclusivo de las grandes potencias, sino una experiencia compartida que se renueva cada cuatro años allí donde una afición puede, al fin, decir "nosotros también estamos". Frente a quienes ven en la expansión una mera operación comercial, su participación recuerda la dimensión más noble del fútbol: la de ofrecer a comunidades pequeñas, golpeadas o periféricas un espacio de igualdad y dignidad compartida.
En conclusión, el Mundial deviene así un espacio de igualdad simbólica donde naciones marcadas por el conflicto, la fragilidad institucional o la invisibilidad internacional encuentran, siquiera transitoriamente, una sede de dignidad colectiva. Y es precisamente ahí, en esa capacidad de hacer existir a un pueblo ante la mirada del mundo, donde reside el orgullo nacional que estas participaciones suscitan. No en la victoria, sino en el acto mismo de estar y de ser reconocidos.
Guillem Pursals es doctor en Derecho (UAB), máster en Seguridad (UNED) y politólogo (UPF), especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado.
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