Es la primera vez que Rebeca Waserszstajn visita Jedwabne, la tierra donde nacieron su padre Szmul y sus abuelos. Jedwabne también es el nombre del lugar donde su progenitor fue testigo de la masacre que sufrió la comunidad judía de la localidad, situada a 180 kilómetros de Varsovia. La cometieron los propios vecinos polacos de Jedwabne, algo que durante años se quiso ocultar en Polonia. Aún hoy políticos como Grzegorz Braun, que obtuvo un 6,3% en las pasadas presidenciales, aseguran que no fueron polacos sino nazis los ejecutores. Pero Szmul lo vio todo cuando tenía 17 años. Ahora se cumplen 85 años de la matanza.

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"El recuerdo de la masacre de Jedwabne atormentó a mi padre toda su vida", afirma en español Rebeca Waserszstajn. Nació en Cuba hace 65 años. Szmul se instaló primero en Cuba y luego en Costa Rica cuando salió de Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Antes testificó ante la Comisión de Historia Judía en abril de 1945.

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Rebeca y Abraham, hija y nieto de Szmul Wasersztajn, único superviviente de la masacre de Jedwabne.
Rebeca y Abraham, hija y nieto de Szmul Wasersztajn, único superviviente de la masacre de Jedwabne. | A.A.

Gritos y olor a carne quemada

"Mi padre se despertaba gritando en mitad de la noche. Yo era una niña, la menor de cuatro hermanos. Le preguntaba a mi padre qué le pasaba. Durante mucho tiempo no era abierto a contarnos la razón de esas pesadillas. Creo que no quería que las generaciones siguientes viviéramos de nuevo ese horror y quedáramos marcados. Mi madre también era una superviviente. Procedía de Drohiczyn [actualmente en Ucrania]. Papá no se abrió hasta que yo tenía 12 años. Entonces me contó que revivía cómo le golpearon con palos y cómo mataban ante sus ojos al rabino de Jedwabne", relata Rebeca, junto a su hijo Abraham, que lleva en sus manos el libro La denuncia, sobre las vivencias de Szmul, su padre y abuelo.

"Lo que más se repetía en sus pesadillas era la imagen de lo que escuchó y sintió cuando se escondió en el cementerio judío, cerca del granero en el que quemaron a los judíos de Jedwabne. Era el grito desgarrador de quienes ardían vivos, de quienes morían. Durante muchas horas. Y entonces, de repente, silencio. Y ese olor tan particular y penetrante a cuerpos humanos calcinados. Y él no podía hacer nada al respecto. Tuvo que esperar escondido detrás de una de las massebá para sobrevivir. Hasta el final de su vida no logró liberarse de ese recuerdo", cuenta Rebeca. Confiesa que siempre le sorprendió que su padre conservara la fe después de todo lo que vivió. "Hablaba polaco y yiddish, pero rezaba en hebreo".

Jedwabne, su tierra polaca

Szmul daba mucha importancia a la tierra. Consideraba Polonia, Jedwabne, como su lugar en el mundo. Había nacido allí y había aprendido de su padre el apego a la tierra. Eran agricultores, aunque también se dedicaron al comercio. Había nacido allí junto con sus dos hermanos; ese era su lugar. Incluso quiso volver.

Muchos años después de la guerra, Szmul regresó una vez a Jedwabne con parte de la familia. Entonces grabaron una película sobre ello. "Allí se le ve con mucha energía. Caminaba por el pueblecito y, con gran emoción, señalaba dónde estaba cada cosa. Se notaba que, por un momento, había vuelto a encontrar su lugar, su tierra. Recordaba cómo solía ir con su padre para comprar algo en tal sitio, y observaba los cambios", comenta Abraham.

Cómo fue el Jueves Negro en Jedwabne

En ese pueblo de menos de 3.000 habitantes Szmul había perdido a toda su familia. De los 1.700 judíos que vivían en Jedwabne solo sobrevivieron siete. Como muchos otros judíos de Jedwabne, su madre estaba en el granero cuando le prendieron fuego sus propios vecinos. En Neighbors, el historiador Jan T. Gross recopila lo que sucedió aquel nefasto 10 de julio de 1941, el llamado Jueves Negro. Llegaron ocho miembros de la Gestapo a hablar con las autoridades de Jedwabne, que dijeron que se iban a ocupar ellos mismos de eliminar a los judíos del pueblo.

"Los alemanes les propusieron dejar con vida a una persona de cada profesión importante para que la economía local siguiera funcionando pero los vecinos polacos les dijeron que acabarían con todos los judíos", apunta Abraham. No solo eran polacos de Jedwabne, también se unieron otros de las localidades vecinas.

Entre los dos hacen memoria sobre los horrores de los que fue testigo Szmul, quien vio cómo los que antes eran sus amigos se convertían en sus perseguidores. Jedwabne era un pueblecito en el que todo se mezclaba. Durante casi dos años, entre septiembre de 1939 y junio de 1941, estuvo bajo ocupación soviética. En julio, había pasado poco tiempo desde la Operación Barbarroja así que el control nazi era muy laxo.

"Comenzaron sacando a las mujeres de las casas. Así pasó con mi abuela. Unos días antes dos mujeres del pueblo se habían ahogado con sus bebés en el estanque para huir de la persecución. Ahora iban casa por casa en busca de los judíos. Yo le pregunté cómo reconocían las viviendas de los judíos. Me dijo que unas veces porque tenían la mezuzá en la puerta. Pero también los sabían por los testimonios de los vecinos que los delataban", señala Rebeca.

Tras llevarse a las mujeres, hubo mucho pánico y confusión. Szmul aprovechó la convulsión reinante para tratar de huir con su hermano menor. Hubo quienes quisieron delatarlos pero les pidieron clemencia. Tuvieron que separarse para buscar refugio cada uno por su cuenta.

Después fueron a buscar a los hombres. Los perseguían con palos y a muchos los mataron a golpes. Primero los concentraron en la plaza, donde los humillaron. Y luego los llevaron al granero. Allí los quemaron vivos. Szmul se había escondido en el cementerio, y hasta allí llegaban los gritos de pánico y luego el olor de los cuerpos quemados. En la memoria de Szmul se quedaría ese sonido y ese hedor para siempre. Solo sobrevivieron siete judíos de Jedwabne y alrededores.

Salvados por los Wyrzykowscy

Cuando la gente ya se había dispersado, Szmul salió del cementerio judío y se dirigió al pueblo de Janczewko, situado a cuatro kilómetros de distancia. Allí tenían su granja Aleksander y Antonina Wyrzykowscy. Les conocía por haber trabajado para ellos en ocasiones. Les pidió ayuda. ¿Por qué se fio de ellos? "En esas terribles circunstancias, hay quienes asesinan sin ningún tipo de reparo porque ven que gozan de impunidad. Pero también hay quienes dicen: 'No puedo dejarme llevar, tengo que seguir siendo humano'", apunta Rebeca. Es lo que hicieron Antonina y Aleksander.

Szmul recurrió a los Wyrzykwscy junto a los otros supervivientes de la zona. Aleksander veía imposible que no los encontraran en su granja. Había delatores por todas partes y los alemanes también vigilaban la zona. Szmul dijo a Aleksander que se quedarían si encontraban la manera de esconderse de forma que ni él mismo los pudiera encontrar aún sabiendo que estaban ahí. Encontraron la forma de cavar una zanja debajo del establo, donde los animales comían y defecaban. La cubrieron con paja y estiércol. Dejaron una trampilla para respirar. Lo hicieron cuando Aleksander salió a la ciudad. A su vuelta, logró saber cuál era el escondite así que se quedaron.

Estuvieron bajo tierra la mayor parte del tiempo hasta que acabó la guerra. Una vez al día, Antonina llevaba a rastras hasta el granero una olla de hierro que le llegaba hasta la rodilla, llena de patatas, y las dejaba cerca del abrevadero. Las cocinaba, añadiendo col, remolacha o un poco de carne si había. Por la noche llevaba pan y, a veces, la misma olla con agua para bañarse o lavar la ropa. Los judíos se salvaron.

Pero al finalizar la guerra los vecinos sospecharon de los Wyrzykwscy. Incluso pegaron a Antonina y les hicieron la vida imposible por "servir" a los judíos. Decidieron poner tierra de por medio y se trasladaron a Varsovia. Años después, ya viuda, Antonia se instalaría en Estados Unidos, con una de sus hijas. Antes de la muerte de Szmul, hace 25 años, le visitó en San José de Costa Rica, invitada por la familia Waserszstajn.

El perdón y los negacionistas

La declaración de Wasersztein en 1945 fue clave para documentar la masacre de Jedwabne y condujo a la condena de 12 vecinos polacos en 1949. Su testimonio también constituyó el núcleo de Neighbors, la obra de Gross que desató un intenso debate nacional. Lo sucedido en Jedwabne rompía con la narrativa centrada en el papel de víctima de los polacos. Para muchos polacos era imposible de creer y por ello lo negaron categóricamente. Aún hoy Braun y los suyos rechazan que los polacos fueran los perpetradores. Han fabricado una historia alternativa.

En el 60 aniversario de la masacre, el presidente polaco, Aleksander Kwasniewski, pidió perdón a la comunidad judía por lo que había pasado en Jedwabne. "No necesito que me pidan perdón. Tenemos una historia compartida y una obligación moral compartida. Hemos de aprender de la historia para construir un futuro mejor", afirma Abraham.

A Rebeca y Abraham les duele que haya quienes quieran distorsionar la historia. "Al visitar el sitio donde mi abuelo se escondió sentimos algo muy especial. Allí se salvó gracias a una gente bondadosa. En Jedwabne también había mucha emoción", señala el joven. "Una mujer llamada María, dos años más joven que yo, me contaba que su padre le había contado lo que pasó ese jueves negro. Nos hemos abrazado", relata emocionada Rebeca.

"Queremos que el relato de mi abuelo permanezca. No puede distorsionarse la historia. Solo así aprenderemos. Mi abuelo solía decir: 'Nadie me callará, tampoco mañana, porque aunque mañana no esté, mi voz trascenderá, convertida en letra impresa. El hombre es mortal pero su voz es inmortal'. Por las generaciones futuras ahora hablamos nosotros por él", concluye Abraham.