El curso político ha quedado abierto con la comparecencia, ayer por la mañana, de Pedro Sánchez ante los micrófonos de la SER y en cierto modo también con la reaparición de Pablo Iglesias en la vida pública después de dos meses de justificada ausencia. Dio mucho más de sí la conversación del presidente del Gobierno con Pepa Bueno porque pudimos calibrar la extrema cautela con la que se quiere mover -mientras pueda- en el campo minado que el independentismo le ha puesto por delante con la intención de que cada paso que Sánchez dé muestras de querer avanzar, se encuentre con la constatación de que ahí, precisamente ahí donde va a intentar poner el pie, hay una bomba dispuesta a estallarle en la cara.

Pero Sánchez no está dispuesto a darse por enterado y continúa su corta, tímida y dubitativa marcha sin aparentemente inmutarse. Ayer, por ejemplo, evitó lanzar  la menor advertencia a un Quim Torra que precisamente hoy nos va a ilustrar con sus propósitos no de gobierno, porque de eso en Cataluña ya ni se habla, sino de agitación y, como él mismo dice, de ataque al Estado. Pero Sánchez sigue hablando de diálogo, de lo positivas que van a ser la reuniones de las distintas comisiones bilaterales Gobierno-Generalitat y, atención, de la celebración de un referéndum para votar un nuevo Estatuto.

Una idea que tiene padre, Miquel Iceta, pero que carece de padrinos e incluso de invitados al bautizo. Un nuevo Estatuto catalán que Sánchez propone sin precisar absolutamente nada más acerca de su contenido, de las modificaciones que sufriría respecto del actual ni, algo imprescindible en estos asuntos, con cuántos votos contarían él y su partido para sacar la iniciativa adelante. Pero ahí lo dejó, como un caramelo con la esperanza de que una promesa de referéndum, cualquier referéndum, servirá para aplacar al independentismo más radical que representan al alimón el fugado Puigdemont y su recadero Torra.

No han tardado ni 24 horas los independentistas en replicar a Sánchez para recordarle lo que ya sabemos todos y que está en el origen del conflicto generado entre esa parte de catalanes y la ley: que el referéndum que ellos exigen es el de autodeterminación y no un sucedáneo. Así que difícilmente va a encontrar el presidente por ahí el clima de distensión que se esfuerza constantemente por crear mientras su interlocutor sigue hablando con cada vez mayor desparpajo, lo que convierte sus intervenciones en algo muy parecido a un conjunto de espantajos agitados ante el público para enardecimiento de sus fieles y bochorno de todos los demás.

Hoy sabremos algo más de las intenciones del presidente racista de la Generalitat pero ya nos ha obsequiado con unos cuantos avances grotescos como su intención de abrir las cárceles para liberar a los políticos presos o su propósito de paralizar Cataluña convocando una huelga general cuando se conozca la sentencia -presumiblemente condenatoria- del Tribunal Supremo sobre los políticos que están hoy en prisión preventiva, huelga que tendría el propósito, no se lo pierdan, de paralizar la vida económica de Cataluña. Ése es el deseo y el propósito del presidente de todos los catalanes y, a tenor de eso, todo lo demás.

Ante las amenazas propias de un hombre enloquecido pero de ninguna manera de un gobernante en sus cabales, Sánchez responde con reiteradas llamadas al diálogo

Bien, pues a estas amenazas inadmisibles y que son propias de un hombre enloquecido pero de ninguna manera de un gobernante en sus cabales, el presidente del Gobierno responde con reiteradas llamadas al diálogo y con ese caramelo de referéndum estatutario que ya le han devuelto tirándoselo a la cara con desdén. El problema inocultable de Sánchez  es que necesita imperiosamente los votos de los 16 diputados independentistas en el Congreso y no se va a atrever, pase lo que pase, a contrariarles con unas declaraciones que estuvieran si no a la altura, pero que por lo menos dejaran a Torra y a los suyos en su sitio.  Eso no sucederá porque no se lo puede permitir. Mientras tanto, los ciudadanos españoles de Cataluña y del resto del país tienen que tragarse las bravatas del racista y de su jefe el huido mientras no escuchan de la boca de Pedro Sánchez más que llamadas a la concordia, algo de lo que huyen los crecidos independentistas como de la peste. Éste es uno de los precios, pero no el único, de tener que gobernar con una minoría imposible de 85 diputados.

Y aquí entra Pablo Iglesias, el otro interlocutor principal del presidente del Gobierno, que con sus 71 escaños está en condiciones inmejorables de hacer presión para que sus exigencias sean atendidas. En su conversación ayer noche en Tele 5 con Pedro Piqueras, el líder de Podemos ya explicó que, si Sánchez aceptaba las exigencias económicas planteadas por su partido, él estaba dispuesto a “cogobernar” con el PSOE. La palabra elegida tiene mucho interés. El jefe de la formación morada no habló de contribuir a la gobernabilidad de España ni a la estabilidad de esta media legislatura. No, no, eligió un término que le es muy querido y que le permite a él hacerse a la idea e intentar exhibir ante el público que Podemos está de hecho en el Gobierno, es decir, que ha alcanzado el  poder. Lo que él llamó hace pocos meses “gobierno parlamentario” es exactamente esto: que Sánchez le ceda por pura necesidad un pedazo del pastel gubernamental por el hecho de tener que aceptar determinadas exigencias, de momento económicas, del partido morado. Según avance esta media legislatura el pedazo podría ir creciendo y expandiéndose a otras áreas, como la de los medios de comunicación, que le son muy queridas a Iglesias. Pero lo que pretende ya lo ha dicho con claridad: cogobernar. De ahí a que acabe reclamando ocupar la vicepresidencia, o por lo menos “una” vicepresidencia, no hay muchos pasos.

Y así comienza el curso político desde el punto de vista de las perspectivas gubernamentales: atados políticamente en Cataluña por el hilo de unos votos, los de los independentistas catalanes en el Congreso, sin los cuales no habrá iniciativa del Gobierno que pueda salir adelante, y atados igualmente al yugo de Podemos por las mismas dramáticas razones. Lo que es una incógnita es cuanto tiempo le permitirán unos y otros a Pedro Sánchez seguir avanzando paso a paso en la cuerda floja a la que se ha encaramado y que sujetan ellos, uno a cada extremo del cable.

La respuesta es sencilla: todo el tiempo que a ellos le permita aprovecharse para sacar el máximo beneficio político de su rehén parlamentario. La incógnita, o no tanto, es en qué estado quedará España cuando esa extracción se haya consumado.