Pocas cosas han quedado claras por parte de Pedro Sánchez en el transcurso de su entrevista con Ana Pastor, de La Sexta, pero una de ellas es que sigue sosteniendo que no plagió ni poco ni mucho su tesis doctoral, que le parece que el tribunal ante el que la defendió era perfectamente legal, objetivo y capacitado para desempeñar su función y, eso sí, que su honorabilidad personal, no política, ha sido mancillada.

Algo ha cambiado, si embargo, en su tono respecto a los medios de comunicación que han denunciado irregularidades en el contenido de su tesis y la falta de idoneidad del tribunal examinador: sigue acusándolos de publicar noticas falsas –él dijo fake news–  pero ya no habla de acciones penales, como sí había amenazado en el burofax que envió a Abc, El Mundo y okdiario y se limitó a anunciar la presentación de una demanda en defensa  de su honor. Pero hizo una afirmación de grueso calibre que permite valorar la magnitud que él ha otorgado a este episodio: dijo que lo sucedido «enturbia la democracia», lo cual es una evidente exageración que permite pensar que esto tendrá efectos en la vida política del país.

El presidente del Gobierno mantuvo en la entrevista una actitud defensiva que se plasmaba en una sonrisa forzada que le dejaba el rostro casi desencajado

Por lo demás, el presidente del Gobierno mantuvo a lo largo de toda la entrevista una actitud defensiva que se plasmaba en una sonrisa forzada que le dejaba el rostro casi desencajado. Nada hay más denunciador que una sonrisa falsa y ésa fue la que exhibió durante toda la conversación mientras intentaba zafarse de las preguntas y puntualizaciones de la entrevistadora e intentaba escapar una y otra vez por la puerta de atrás en todas y cada una de las cuestiones incómodas, que fueron casi todas, que se pusieron de manifiesto. Especialmente llamativa fue su finta sobre el plagio y la consecuente dimisión de su ministra de Sanidad, Carmen Montón, de la que dijo que él la había respaldado en su gestión de Gobierno. Y se quedó tan ancho sin que fuera posible que nos aclarara si en su conversación con ella habían abordado o no el asunto del plagio.

Y así con todo lo demás. Las bombas -que él insistía en denominar con el más piadoso nombre de proyectiles- que el Gobierno finalmente sí entregará a Arabia Saudí le metieron en un jardín del que intentó salir arguyendo que el contrato era responsabilidad del anterior gobierno y dejando en el aire la inverosímil sugerencia de que el Ejecutivo que él dirige nunca habría cerrado acuerdos de ese tipo y no lo volverá a hacer en el futuro.

No tiene inconveniente en decir que las vacas vuelan si eso es lo que le conviene a su discurso en un determinado momento

El no apoyo inicial al juez Pablo Llarena fue desmentido con toda tranquilidad por un Pedro Sánchez que demostró una vez más que no tiene inconveniente en decir que las vacas vuelan si eso es lo que le conviene a su discurso en un determinado momento.  Pero, eso sí, preguntado por si suscribe las palabras de sus ministros Borrell y Batet en el sentido de que habrían preferido ambos que los independentistas presos, se quiso esconder tras la capa de presidente, lo cual le impedía expresar públicamente su opinión, que dijo claramente que sí tenía, con lo cual dejó claro que estaba de acuerdo con ellos, cosa que no hace sino poner palos en las ruedas de un Tribunal Supremo que está enfrentándose en rigurosa soledad a la defensa del Estado de derecho que es España.

Del desafío catalán y de las provocaciones de los dirigentes independentistas, en concreto de las palabras del presidente de la Generalitat Quim Torra, también se zafó con una tranquilidad y un aplomo que produce asombro y que demuestra que Pedro Sánchez es un virtuoso en ponerse de perfil para que pase la bola y no le golpee a él personalmente.

Él no es responsable de ningún error, no ha habido rectificación alguna de su Gobierno y se están dando pasos de gigante que los demás no vemos

De los presupuestos no dijo nada concreto salvo recordar que su partido tiene 84 diputados y eso no le permite avanzar las medidas que van a adoptarse en materia fiscal. De su compromiso inicial de convocar elecciones «cuanto antes» no se describió como responsable sino como víctima en la medida en que esa promesa la hizo para ver si Ciudadanos se avenía a votar a favor de la moción de censura, cosa que no sucedió y, por lo tanto, ahora que tiene nuevos socios y que éstos no quieren elecciones, él se pliega a sus deseos y, qué le vamos a hacer, intentará alargar la legislatura el máximo posible, que no sabe tampoco cuánto es. Es decir, que él no es responsable de ninguno de los errores cometidos, que no ha habido rectificación alguna de su Gobierno y que se están dando pasos de gigante -que los demás no vemos con tanta nitidez- en la regeneración, la recuperación laboral y los derechos y libertades.

Y por lo que se refiere a las consecuencias políticas que puede tener para el país el profundo malestar y la suprema irritación que le ha producido la intervención parlamentaria de Albert Rivera poniendo el foco sobre su tesis doctoral no publicada -aunque él insistió durante la entrevista en la falsedad de que era pública desde el momento en que la leyó- lo que hay que prever es un distanciamiento radical y rencoroso hacia la formación naranja. Ese distanciamiento irritado, añadido a la distancia política e ideológica con el partido de Pablo Casado, al que el PSOE va a acosar por tierra, mar y aire a propósito de su máster y su dudosa culminación, permite pensar que en el problema en el que se necesitaría con total intensidad la unidad de los partidos constitucionalistas que es el problema de los independentistas de Cataluña, la tal unidad puede darse ya por definitivamente perdida.

Y eso nos lleva a la intensificación del escenario que ya tenemos hoy delante: una aproximación creciente a los partidos secesionistas de los que depende el Gobierno Sánchez para subsistir y, en consecuencia, una estrategia política que bordeará más de una vez y más de dos el precipicio si es que no acabamos todos cayendo en él . Pero de eso no habló ayer Pedro Sánchez en su entrevista con Ana Pastor. También aquí se escurrió mientras hacía un esfuerzo titánico para dar a los espectadores la impresión de que sonreía. Y en eso sí que fracasó estrepitosamente.