En la madrugada del miércoles el Congreso de Estados Unidos aprobó el mayor paquete de medidas económicas de su historia: 2 billones de dólares en ayudas a ciudadanos y empresas.

Como las grandes cifras a veces se nos escapan, una comparación nos ayuda a ver la dimensión del plan que se ha puesto en marcha con el consenso de republicanos y demócratas: en la crisis financiera de 2008 el gobierno de George Bush aprobó un plan de 700.000 millones. Es decir, un tercio del que ahora se pone en marcha.

Aunque en Estados Unidos el número de afectados por el virus es de 55.000 y el de fallecidos supera ligeramente los 800, la administración norteamericana espera que las consecuencias económicas supongan un parón pronunciado en el crecimiento, que el banco de inversión Morgan Stanley estima en una caída del PIB del 30% en el segundo trimestre de este año.

Una parte importante del paquete de ayudas (500.000 millones) va destinado directamente a las familias. Una familia de cuatro miembros, por ejemplo, recibirá un cheque de 3.000 dólares. Los parados recibirán un complemento a su subsidio de 600 dólares. Las pequeñas y medianas empresas tendrán líneas de créditos por 376.000 millones. Las ciudades y estados también tendrán ayudas de 500.000 millones.

Mientras una Europa autocomplaciente se burla de Trump, la Casa Blanca, como sucedió en la crisis financiera hace doce años, ha reaccionado antes y de forma mucho más contundente que sus colegas europeos.

Sorprende la miopía de algunos países, que creen que esta es una crisis como la de 2008. No. Si no se ayuda al tejido productivo, la recesión se llevará por delante muchos dogmas

Al retraso en la adopción de medidas sanitarias (con España como ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas), ahora se suma la inacción en el terreno de la economía. El martes, el Eurogrupo no se puso de acuerdo porque Holanda (mamporrero de Alemania) quiere condicionar el uso del dinero del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), 410.000 millones de euros, a las «reformas estructurales»; o sea, a recortes.

Ya no estamos sólo hablando de la falta de solidaridad de los países del norte con Italia o España, que son los que más están sufriendo la crisis -de momento-, sino de una miopía sobre la forma de abordar el problema de dimensiones estratosféricas.

Subestimar lo que está ocurriendo es el peor de errores. Nadie se atreve de momento a hacer un pronóstico sobre el impacto en la economía europea del frenazo que ha provocado el coronavirus, pero va a ser devastador si no se adoptan medidas para amortiguar el golpe en familias y empresas.

Es decir, la caída del crecimiento o el tamaño de la recesión no sólo va a depender del tiempo que se tarde en controlar la extensión del virus, sino de los amortiguadores públicos que se utilicen para evitar el desastre que va a suponer la caída de la producción y del consumo en el segundo trimestre de este año.

Las crisis nunca son iguales, aunque se parecen. Sin embargo, esta es completamente diferente a todas.

El pasado fin de semana el presidente Sánchez apeló a un Plan Marshall, pero no es eso exactamente lo que necesita España y Europa. Tras la Segunda Guerra Mundial ese plan sirvió para movilizar una cantidad enorme de dinero en inversiones públicas para la reconstrucción de un continente arrasado.

Ahora no necesitamos de forma perentoria más infraestucturas, más escuelas o incluso más hospitales. Lo que necesitamos en un plan de rescate para familias y empresas. La Unión Europea, si no quiere naufragar como proyecto político, debería encabezar esas políticas. Los estados tienen que poner a disposición de ciudadanos y empresas los fondos que sean necesarios para compensar la parálisis económica. Si la actividad no se resiente demasiado el Estado recuperará vía impuestos, y los bancos vía intereses, el dinero empleado en esta hercúlea tarea.

Me temo, sin embargo, que la cicatería de los países centrales de Europa, retrase una solución que se impondrá tarde o temprano.