En puridad, la sesión de ayer en el Congreso de los Diputados no era más que un trámite, otro más, destinado a cumplir el requisito exigido por la ley de autorizar al presidente a prorrogar 15 días más el estado de alarma que se implantó el pasado 14 de marzo. Y sin embargo ha servido para mucho más que eso: para comprobar la debilidad de los apoyos parlamentarios de un Gobierno que ha estado a punto de perder la votación y dejar en consecuencia al país sin un marco legal al que acogerse de manera automática en sustitución de la ley de los estados de alarma, excepción y sitio cuya aplicación estuvo hasta pocas horas antes del pleno en un tris de ser rechazada.

Al final, la propuesta del Gobierno ha salido adelante gracias a que el líder del PP, Pablo Casado, había declarado la víspera que no estaba dispuesto a respaldar esta vez a Pedro Sánchez en su pretensión de alargar dos semanas más el estado de alarma. Las razones de Casado ya han sido expuestas y comentadas y no hace falta repetirlas.

Lo que merece ser subrayado de esas declaraciones del líder del PP es que, por primera vez en todos estos meses, el presidente del Gobierno supo en ese instante que no podía seguir comportándose como si flotara plácidamente en aguas de una mayoría absoluta. En definitiva, que tenía que ponerse rápidamente a negociar porque de lo contrario estaba perdido.

De esa negociación a uña de caballo salieron ya bien entrada la noche del martes los votos favorables de un PNV cuyo portavoz, Aitor Esteban, le había advertido en el anterior pleno para la prórroga del estado de alarma: «esta es la última vez que le apoyamos». Y salieron también los votos de Ciudadanos, que son los que le han salvado la vida a Pedro Sánchez aunque Inés Arrimadas también dejó constancia en su intervención de que su apoyo a la continuidad de la aplicación de esta ley es para los próximos 15 días y para nada más. Lo mismo que le dijo más suavemente el portavoz nacionalista vasco : «Vaya usted preparando durante los próximos 15 días el futuro».

En definitiva, tanto el PNV como Ciudadanos han ofrecido su apoyo porque han obtenido de Pedro Sánchez que éste acepte algunas de sus más importantes reclamaciones. A saber: por parte del PNV, que el Gobierno empiece a tener una cierta «cintura política» para negociar «una desescalada» que se realice «entre todos», tal como había explicado el líder peneuvista Andoni Ortuzar , quien aclaró que las enmiendas que planteaba su partido buscaban la «cogobernanza, la codecisión y el respeto a las competencias de cada institución».

Y por parte de Ciudadanos, lo que ha obtenido es el compromiso del Gobierno al mantenimiento de las medidas de protección económica y social como los ERTE y ayudas a pymes y autónomos «más allá de la vigencia del estado de alarma», y también a mantener desde la Moncloa un contacto semanal con Ciudadanos para intentar «consensuar medidas» en el proceso de desescalada.

Reclamaciones que planteaba también Pablo Casado a quien sus barones han estado pidiendo que presionara al Gobierno para que aceptara compartir con las comunidades autónomas las decisiones sobre el levantamiento parcial de la reclusión general y sobre el tipo de demarcación en que se fuera a aplicar gradualmente el desconfinamiento.

¿Se puede saber por qué razón Casado se ha refugiado en la abstención, que es las más de las veces una opción cobarde y en el resto de las ocasiones el reconocimiento de una carencia de opinión solvente?

Es más, el propio Pedro Sánchez ha acogido por fin una reclamación largamente repetida por el líder del PP en el sentido de honrar a los muertos por el coronavirus. Lo dijo como si fuera cosa suya y nada tuviera que ver con los reproches recibidos en ese sentido, pero el hecho es que el presidente del Gobierno anunció ayer que en el momento en que la mayor parte del país esté ya en la fase 1 se decretará luto oficial en memoria de los fallecidos y que se les hará un homenaje público en cuanto todas las comunidades culminen la «desescalada», lo cual calcula que podría producirse a finales de junio. Es más, Sánchez remató la jugada anunciando que ya se lo había comunicado al Rey.

¿Se puede saber por qué razón entonces el señor Casado se ha refugiado ayer en la abstención, que es las más de las veces una opción cobarde y en el resto de las ocasiones el reconocimiento de una carencia de opinión solvente sobre el asunto del que se trate? Esa actitud es del todo impropia de un partido fuerte, cohesionado y con las cosas claras, sobre todo porque estamos ante una cuestión de la máxima relevancia para la vida de los españoles frente a la cual el principal partido de la oposición no puede optar por un inútil e improductivo No Sabe, No Contesta.

Si estaba en radical desacuerdo con prolongar 15 días más la aplicación del estado de alarma, haber votado No a pecho descubierto. Pero si le parece que los pactos a que ha llegado el Gobierno con el PNV y con Ciudadanos satisfacen, como así ha sido, buena parte de sus exigencias, aunque no sean todas, lo que tenía que haber hecho es tener el valor de votar Sí. Una opción mucho mejor que la de ponerse de canto para que pase la bola y no le toque a él, que es lo peor y más inútil que puede hacer un partido político ante una situación tan dramática como la presente.

Porque, lo dijo claramente Inés Arrimadas, no se trataba ayer de respaldar al presidente del Gobierno, de lo que se trataba era simplemente de prolongar dos semanas más la aplicación de una ley que era imprescindible en los primeros y más angustiosos momentos del feroz asalto del virus pero que ahora podría ser sustituida recurriendo a la legislación ordinaria, que permite tomar casi todas las medidas que se requieren en las actuales circunstancias.

Las verdaderas y más dramáticas batallas, todas ellas frente a adversarios de muy distinta índole y todas ellas a vida o muerte, las va a tener que seguir librando el Gobierno fuera del palacio de la Carrera de San Jerónimo

Total, que ayer nadie, salvo quizá, y como siempre, el PNV, salió exultante ni victorioso de este combate parlamentario. Pedro Sánchez salvó los muebles en el tiempo de descuento y por última vez, según le advirtieron sus aliados circunstanciales, y se encontró además con una rotunda negativa de quien, sin embargo, le resulta imprescindible para garantizarse su mantenimiento en la presidencia y el cumplimiento de la legislatura: Gabriel Rufián, de ERC.

Rufián le reprochó lo mismo que casi todos los portavoces: que durante toda esta crisis no les haya hecho ni caso, que no haya compartido ni consultado con ellos ni una sola de las decisiones de las que se han ido enterando por la televisión. Pero como él no es precisamente un mago de la sutileza, le lanzó además a Sánchez el siguiente reproche acompañado de una clara amenaza: «¿Por qué el gobierno no se quema las cejas negociando? Si tan progresistas y tan dialogantes son, que se note. Sin diálogo no hay legislatura”. Esto tiene un interés especial porque no es la primera ni la segunda ni la tercera vez que el portavoz de ERC le advierte a Sánchez que su presidencia está en las manos del partido catalán y que se está cansando de tanto ninguneo.

Por lo tanto, el Gobierno sacó ayer con los votos de PNV, Ciudadanos y algunos componentes del Grupo Mixto el apoyo a la prórroga por 15 días más del estado de alarma, pero no salió indemne de la votación sino más debilitado que nunca. Ayer quedó en evidencia su extrema y peligrosa fragilidad en términos de apoyos parlamentarios a pesar de que este gabinete de coalición lleve apenas cuatro meses al frente del país.

Sin embargo, ésta no ha sido más que una escaramuza. Las verdaderas y más dramáticas batallas, todas ellas frente a adversarios de muy distinta índole -sanitaria, económica, laboral, social, incluso moral- y todas ellas a vida o muerte, las va a tener que seguir librando el Gobierno fuera del palacio de la Carrera de San Jerónimo.