El primer sorprendido del abrupto final de su mandato fue el propio Mariano Rajoy. Entre los escenarios posibles, ni el presidente, ni su equipo, habían considerado la posibilidad de que la publicación de la sentencia sobre Gürtel pudiera desembocar en una moción de censura y, mucho menos, que ésta pudiera salir adelante.

A mediados del mes de mayo, lo que preocupaba en el equipo de Moncloa y al Grupo Parlamentario del PP era sacar adelante los presupuestos generales del Estado para 2018. Pero, tras ceder sustanciosas concesiones, el PNV dio luz verde y en el pleno del Congreso celebrado el 23 de mayo el gobierno logró 177 votos a favor de las cuentas públicas.

En el gobierno se pensaba, erróneamente, que el pacto de presupuestos le garantizaba una cómoda mayoría parlamentaria para el resto de la legislatura. Justo un día después de esa jornada de alegría, el jueves 24 de mayo, se hizo pública la sentencia de Gürtel. Podemos salió inmediatamente a la palestra retando al PSOE a presentar una moción de censura que, naturalmente, Pablo Iglesias respaldaría. En una reunión reducida de miembros de la Ejecutiva del PSOE celebrada esa misma mañana Pedro Sánchez dudaba si hacerlo o no. Temía que se precipitaran unas elecciones generales que sólo beneficiarían a Ciudadanos. Sin embargo, y animado por su núcleo duro, con Margarita Robles a la cabeza, el PSOE decidió unas horas más tarde presentar la moción de censura a la que le retaba Podemos. En realidad, en la cúpula socialista había pocas esperanzas de triunfo, pero se pensaba que el debate, en el que Sánchez se enfrentaría directamente al presidente del gobierno, benefiaría en cualquier caso al líder socialista.

Ni el presidente, ni su equipo, habían considerado la posibilidad de que la sentencia de Gürtel pudiera desembocar en una moción de censura y que saliera adelante

Rajoy, por su parte, estaba tan seguro del fracaso de la iniciativa, que instó a Ana Pastor, presidenta del Congreso, a fijar las sesiones para la moción lo antes posible: el 31 de mayo y el 1 de junio. Quería quitarse de encima cuanto antes ese engorroso asunto. El presidente asumió personalmente la negociación con los grupos. La clave para la moción estaba en la posición que iban a adoptar los independentistas.

En un primer momento, se pensó que ni el PDeCAT ni ERC la apoyarían, siguiendo las instrucciones de Carles Puigdemont, que, según dijo desde Alemania, no tenía ningún interés en derribar a Rajoy para poner en su lugar a Pedro Sánchez, que había apoyado la aplicación del 155. Pero ERC, que venía desde hacía tiempo distanciándose de las posiciones del huido, se desmarcó del ex president y mostró su apoyo a Sánchez y eso dio la oportunidad para que los moderados del PDeCAT, mayoritarios en el Congreso, se sumaran también a la iniciativa. El cambio de ERC se justificó por la promesa del PSOE de abrir un nuevo escenario de diálogo en Cataluña si Sánchez llegaba a la Moncloa.

Los nacionalistas vascos habían hecho saber al gobierno que si los independentistas catalanes rechazaban la moción ellos harían lo mismo. Pero, el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, con el que hablaba casi a diario el presidente del gobierno, le tranquilizó respecto a la posición del PNV, sin cuyos votos la moción no saldría adelante.

Con lo que no contaba Rajoy y probablemente tampoco Ortuzar era que la cuestión de la moción iba a desatar una batalla interna en su partido, con los nacionalistas guipuzcoanos y navarros haciendo piña a favor de la moción. Finalmente, Urkullu inclinó la balanza del lado de los que querían echar a Rajoy, lo que a la postre iba a significar su súbita muerte política.

Con lo que no contaba Rajoy y probablemente tampoco Ortuzar era que la cuestión de la moción iba a desatar una batalla interna en el PNV

El presidente del gobierno tenía pensado aplazar la cuestión sucesoria hasta 2020, unos meses antes de agotar la legislatura. Aunque mucha gente piensa que su candidato era Alberto Núñez Feijóo, en realidad, el presidente no lo tenía nada claro. Era un asunto que le generaba desazón, «un lío», como suele decir. Su indefinición sobre este tema ponía nerviosas a las dos personas que indisimuladamente optaban a sucederle:  Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. En los últimos meses tuvo gestos de simpatía y proximidad -algo extraño en él- hacia el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, lo que despertó las especulaciones de su entorno.

Pero su plan, sustentado sobre la hipótesis de una legislatura de cuatro años, se vino abajo. Su atrincheramiento en el restaurante Arahy durante ocho horas, mientras que en el Congreso se seguía debatiendo la moción de censura, fue todo un símbolo de su derrumbe psicológico. En esos momentos, él fue consciente, más que ninguno de sus ministros, de que su tiempo había concluido, de que ese era el triste final de la era Rajoy.

Durante esa inolvidable tarde, el presidente rechazó la propuesta de Sáenz de Santamaría, de que presentara su dimisión antes de la votación, lo que hubiera abortado la moción. La candidata a sucederle, naturalmente, sería ella misma. Con ese movimiento se hubiera evitado la ascensión de Sánchez al poder y el PP hubiera tenido un margen de un par de meses para negociar los apoyos para la candidata.

Aunque mucha gente piensa que su candidato era Alberto Núñez Feijóo, en realidad, el presidente no lo tenía nada claro

Pero Rajoy no lo hizo por dos razones. Primero, por el miedo a la guerra civil con la que amenazaba María Dolores de Cospedal y, en segundo lugar, porque Ciudadanos condicionaba su apoyo a la investidura de un nuevo candidato del PP a que se convocaran elecciones en otoño. Eso hubiera supuesto un éxito político de primera magnitud para Albert Rivera y hubiera situado al PP ante un panorama tenebroso: las encuestas daban a Ciudadanos como primer o segundo partido en intención de voto.

Así que Rajoy afrontó su derrota, con lo que, al menos, garantizaba a su partido mantener los 137 escaños en el Congreso y la mayoría absoluta en el Senado. La sucesión quedaba abierta.

En la tarde de su encierro en el Arahy Rajoy decidió abandonar la política activa. El lunes 4 de junio presentó su dimisión como presidente del PP ante el máximo órgano de dirección del partido, y para evitar un prolongado vacío de poder, propuso la celebración de un congreso extraordinario para el 20 y 21 de julio. Recuperó su plaza de registrador y se marchó a Santa Pola.

A pesar de que había un amplio consenso entre los dirigentes del partido de que Núñez Feijóo sería el llamado a suceder al hombre que había dirigido los destinos del partido desde el verano de 2003, los hechos demostraron que, en ese crucial asunto, Rajoy no hizo lo que se esperaba de él. El propio presidente de la Xunta le comentó en una conversación mantenida una semana después de su renuncia a Victoria Prego que Rajoy no le había pedido nada y que la dirección del partido había dado por hecho que él iba a dar el paso sin ni siquiera consultárselo. Probablemente, Rajoy no quería ser acusado de recurrir al dedazo, como hizo Aznar con él, para designar a su sucesor.

Lo que siempre se ha querido evitar, un debate político de fondo, ahora está sobre la mesa y el riesgo de división y ruptura es elevado

El fin de la era Rajoy deja a su partido en situación insólita, con un candidato, Pablo Casado, con el que nadie contaba, con opciones de ganar y un debate interno que cuestiona todo su mandato y algunas de las decisiones políticas más importantes adoptadas en los últimos años, como la operación diálogo en Cataluña.

Lo que siempre se ha querido evitar, un debate político de fondo, ahora está sobre la mesa y el riesgo de división y ruptura es elevado.

Pero ese imprevisto y trágico final nunca se hubiera producido si no se hubiera dado una coalición contra natura. Por primera vez ha salido adelante en España una moción de censura y ello ha sido posible porque Pedro Sánchez ha hecho una enmienda a la totalidad a sus propias convicciones. “No voy a permitir que la gobernabilidad del país descanse en partidos independentistas”. Eso fue lo que Pedro Sánchez le dijo a Pablo Iglesias en el debate de investidura el 2 de marzo de 2016.

Dos años después, Sánchez gobierna gracias al apoyo de ERC, PDeCAT y Bildu. El fin de la era Rajoy no sólo deja a su partido ante una dramática tesitura, sino que ha dado lugar a un gobierno muy débil (sustentado por un grupo que cuenta sólo con 85 escaños) y que tiene que hacer concesiones a cada paso que da. Lo que hemos visto con la renovación del consejo de RTVE es una prueba fehaciente de ello. El presidente ha dado a Podemos un extraordinario poder para el control de los medios públicos.

Además, hay otras dos circunstancias que van a marcar el futuro inmediato de España.

1º El cambio de política respecto a Cataluña

La decisión de un tribunal regional de Alemania de aceptar la entrega de Carles Puigdemont sólo por un delito de malversación y no de rebelión, entrando, por tanto, en el fondo de la causa que se instruye en España, no es sólo una afrenta para el Tribunal Supremo, sino que pone en cuestión la misma esencia de la Euroorden. La decisión del tribunal alemán, a pesar de que el juez Llarena rechace la entrega, ha sido bien recibida por el gobierno porque le da mucho margen para negociar con unos independentistas crecidos tras el varapalo judicial.

Habrá una negociación política en la que seguramente el gobierno no aceptará el derecho de autodeterminación, pero en la que se planteará la puesta en marcha de un nuevo Estatuto, en línea con el recortado por la sentencia del TC de 2010 y que irá en paralelo a la negociación de la Constitución. En dos años -los que quedan hasta las próximas elecciones- se van a producir cambios que podrían ser irreversibles en la configuración del estado de las autonomías tal y como fue diseñado durante la Transición y quedó plasmado en la Constitución del 78.

2º Revisión de la política económica

Las políticas de gasto que este gobierno quiere poner en marcha son incompatibles con el cumplimiento de los objetivos de déficit público, como ya ha puesto de relieve la ministra de Economía al revisar al alza las metas para este año y para el próximo. Habrá subida de impuestos y más gasto público y el déficit tendrá que ser financiado con más deuda, en un momento ya muy peligroso. Un cambio del escenario internacional, ya atisbado por algunas instituciones, podría llevar a un menor crecimiento del previsto en este ejercicio y en el próximo. Así mismo, no es descartable que, una vez que el BCE retire los estímulos, veamos un repunte de los tipos de interés. El gobierno hará una política económica expansiva que le permita ganar las elecciones dentro de dos años. Pero esas políticas pueden llevarnos a una segunda versión de la era Zapatero.

Queda una semana para la celebración del Congreso Extraordinario del PP. La situación política reclama que el principal partido de la oposición cierre cuanto antes esta etapa de incertidumbre.  La mayoría de los militantes y votantes esperan que el fin de la ‘era Rajoy’ no signifique el fin del PP.