Santi Vila (Granollers, Barcelona, 1973) se ha convertido, a su pesar, en el enfant terrible del soberanismo catalán. Es el único ex conseller del gobierno de Carles Puigdemont al que la Caixa de Solidaritat orquestada por ANC y Ómnium le niega cualquier ayuda, pese a que él sigue proclamando su buena relación personal con el ex presidente de la Generalitat. No le perdonan que saltara en el último minuto del Govern que proclamó la independencia unilateral, ni que apueste abiertamente por la reconciliación y la reforma de España, visto el fracaso del proyecto independentista.

Pero sigue conservando buenos e importantes amigos en el entorno ex convergente, ese del que le expulsó la actual dirección del PDeCat. Lo demostró esta semana en la presentación de su nuevo libro «Vencer y convencer«, una apelación a Unamuno que compartió en el estrado con el ex conseller Andreu Mas Colell, seguidos desde el público por hombres de la Convergencia «de toda la vida» como Felip Puig, Germà Gordó, Lluís Recoder, Joana Ortega, Antoni Fernández Teixido, Carles Campuzano o Marta Pascal.

Pregunta.- ¿Sigue siendo independentista?

Respuesta.- Este es un libro comprometido con que España es viable. En la fatídica legislatura de 2017 me definí a mí mismo como un independentista instrumental. Si España no quiere plantear una agenda de reformas, no quiere volver a batallar el consenso constitucional y el encaje de Cataluña en el conjunto de España, es legítimo la aspiración de muchos catalanes de intentar marcharse. Hay un hecho objetivo: desde 2010 no hubo ninguna propuesta para intentar encauzar el problema catalán.

P.- ¿Y ahora que el independentismo ha fracasado en el intento y ha cambiado el Gobierno?

R.- La idea independentista es legítima. La respeto, pero creo que vista la experiencia, compensa más esforzarnos en la reconciliación y en volver a actualizar el pacto constitucional. Creo que juntos nos puede ir mejor. En todo caso, en aquella legislatura se decía: España no quiere ser reformada, es un camino intransitable, ¡será que el camino de la independencia es más fácil! Es evidente que el consenso constitucional se ha roto, pero también es evidente que ahora el Gobierno de España es consciente de ello y ve que existe un problema político que se tiene que afrontar. Lo celebro, vale la pena darnos una oportunidad.

Respeto el independentismo, pero vista la experiencia, compensa más actualizar el pacto constitucional»

P.- ¿El catalanismo sigue teniendo sentido? ¿Puede ser fiable un partido catalanista para quien no es independentista, vistos los resultados?

R.- Creo que sí. La idea de la nación catalana es una idea reconocida constitucionalmente e históricamente. Pero es mentira que España sea solo un Estado, como dicen los nacionalistas catalanes. En el libro reivindico que España es una nación, seguramente una nación de naciones, porque en mi propuesta la nacionalidad es una cuestión personal, privada. Lo que nos vincula es el patriotismo constitucional, unas obligaciones cívicas, unos deberes y unos derechos. Esto es lo que nos vincula al conjunto de los españoles. Si después hablamos de cómo siente cada cual la identidad, yo me puedo sentir profundamente catalán y profundamente español, y otro se sentirá solo español, o solo catalán. ¿Qué nos une? La lealtad a la Constitución.

P.- Esta propuesta obvia la voluntad del nacionalismo catalán de que ese reconocimiento como nación tenga consecuencias políticas. Por ejemplo, la relación bilateral con el Estado en exclusiva para los catalanes.

R.- En un proceso de reforma y actualización constitucional quizá llegaremos a la conclusión de que el modelo federal debería ser un estado compuesto para combinar descentralización administrativa y articulación plurinacional. Una de las claves puede ser centrarnos no en las regiones, sino en las ciudades. Y hay un hecho objetivo. En España sólo hay dos ciudades que juegan en primera división, Barcelona y Madrid, que se benefician de las grandes instituciones del Estado… ¿y si repartimos un poco? Barcelona y Madrid intentan competir en el mundo, pero una tiene mucha ayuda y la otra no. Es razonable que muchos catalanes piensen que, ya que no tenemos un Estado que nos apoye, que quizá debemos construirlo.

P.- Este sentimiento de cierta marginación lo puede tener también un vecino de Valencia o de Bilbao, ¿por qué no intentar articular una posición común para contrarrestar el ‘Gran Madrid’ que se lo lleva todo?

R.- Es una buena pregunta. Tenemos que superar el modelo heredado de la tradición francesa que tiene por capital una gran megápolis desde donde se irradia progreso y reciben productos. Tendríamos que hacer una España multipolar, y es evidente que el arco mediterráneo está llamado a ser el motor de este proyecto político y convivencial.

P.- Para este proyecto es imprescindible una reforma constitucional.

R.- Sin duda. El consenso se ha roto. Algunos creen que esto no tiene arreglo, yo creo que sí lo tiene, pero tenemos que ser valientes y comprometernos con las reformas fiscales, de actualización constitucional… La Constitución recoge Madrid como capital, ¿por qué no decir que Barcelona es co-capital?

La reforma constitucional es imprescindible, pero no cambiaría la monarquía, es una discusión con una enorme desproporción entre el esfuerzo y el rendimiento»

P.- ¿Incorporaría a la reforma constitucional el modelo de Estado? ¿Sometería a voto la monarquía?

R.- Yo no lo haría. Lo que quiero es un buen gobierno, me es absolutamente indiferente que tengamos una forma monárquica o republicana. Nos liaríamos en una discusión que tiene una desproporción enorme entre el esfuerzo y el rendimiento. Lo que necesitamos es un buen gobierno, una democracia de calidad con unas buenas instituciones. Lo relevante no es la forma de Estado, monarquía o república, sino la calidad de su democracia.

P.- En su libro asegura que lo escribe para extraer lecciones de futuro de la crisis catalana. ¿Cuáles son esas lecciones, más allá de la reforma constitucional?

R.- En primer lugar, que la vía unilateral no es la vía para alcanzar la independencia. Y en segundo lugar, que los catalanes no somos tan diferentes como nos creemos. Una de las propuestas interpretativas del libro es que el malestar que hemos vivido tiene que ver con el malestar que se ha vivido en occidente con la crisis económica de 2006-2007, cuando explotan las seguridades que habíamos heredado del siglo XX y los hombres y mujeres de mediana edad ven que sus hijos, pese a su gran formación, no tendrán las oportunidades que tuvieron ellos. Esto genera una angustia que hace que los Estados Unidos voten a Trump, que Gran Bretaña quiera salir de la Unión Europea, que Francia vote a Le Pen. Y en Cataluña, donde tenemos nuestra propia idiosincrasia, decimos de nuevo que la culpa es de Madrid.

P.- Más allá de la crisis económica ¿hay una parte de aburrimiento o frivolidad en esta revolución de las sonrisas catalanas?

R.-Solo puedo remitir a la cita de Fernando Savater con la empieza el libro. A veces los humanos nos cansamos de vivir bien, una sociedad acomodada se complica la vida.

P.- ¿El independentismo tiene un trasfondo supremacista?

R.- Lo que hizo potente el procés es que no lo tenía. Se sustituyó la palabra nacionalismo por soberanismo para combatir el supremacismo. Es lo que lo hizo tan grande y tan fuerte el proceso independentista. Yo nunca me he sentido nacionalista pero me sentía cómodo llamándome soberanista, porque eso significaba que discutíamos por el reparto del poder. Y era legítimo que una persona de la periferia dijera ‘quizá me irá mejor si me gobierno yo mismo’. Las derivas que esto ha tenido, para bien o para mal, son visibles, prefiero no entrar en ellas.

Nunca me he sentido nacionalista pero me sentía cómodo llamándome soberanista, porque eso significaba que discutíamos por el reparto del poder

P.- ¿Artur Mas puede volver a liderar JxCat o el espacio de la antigua convergencia y reconducirlo?

R.- Si quisiera volver a política tendría que ser tenido muy en cuenta. Tengo una relación personal muy buena con él. El único error político que le reprocho es haberse echado a un lado y dejar una legislatura en manos de la CUP, no debería haberlo hecho nunca. Si decidiera volver a la política, tendríamos que ver con qué programa lo hace, pero es de las personas más solventes en el espacio político soberanista.

P.- ¿Sería capaz de embridar JxCat y a todos sus independientes?

R.- Pocos como él están en condiciones de hacerlo. No sé si lo conseguiría, pero es de los que lo pueden intentar porque tiene autoridad moral sobre muchos.

P.- Era amigo personal de Carles Puigdemont, ¿aún lo es?

R.- Sí, lo sigo siendo.

P.- ¿Coincide con Marta Pascal en que políticamente no se puede contradecir a Puigdemont?

R.- No. Puigdemont y yo pensamos políticamente muy diferente y en cambio mantenemos una relación amical. Él cree que España es como Turquía y yo no estoy de acuerdo. Quizá Cataluña es como Lituania pero España no es como la Unión Soviética. Él sabe que yo en este libro me comprometo con la reconciliación, con que España funcione.

Puigdemont cree que España es como Turquía y yo no, pero mantenemos la relación de amistad»

P.- Puede mantener esa relación con él, pero ya ha sido excluido de su espacio político.

R.- Sí. En defensa de Puigdemont debo decir que estas ideas ya se las expresaba en los mismos términos en la legislatura del procés, en público y en privado. La hemeroteca demuestra que yo era una voz díscola y él siempre me lo permitió y toleró.

P.- ¿Puigdemont ha de seguir liderando JxCat o es un peso que impide evolucionar?

R.- Es urgente que vayamos a elecciones. Han aflorado en Cataluña dos estrategias que buscan conseguir una negociación. Una cree que la única manera de sentar a España a negociar es por la vía de la confrontación, la movilización y la desobediencia, y la otra que hay que mostrar un rostro más amable y reconciliador. Tenemos que ir a elecciones y decirle a la gente que escoja. Yo prefiero claramente la segunda opción.

P.- Defiende la creación de un nuevo partido catalanista. ¿Debe buscar el antiguo espacio de Convergencia, o el que ha dejado Cs?

R.- Tiene que buscar el centro. En el centrismo cabe el centro derecha y el centro izquierda, y la cuestión identitaria no debe ser la cuestión vertebradora de este espacio, ha de ser la cuestión ideológica, el eje derecha-izquierda.

P.- Describe en el libro el momento en el que Xavier Trias y David Bonvehí le piden que abandone el PDeCat, ¿Cómo lo vivió?

R.- Con mucha pena. Era mi cultura política, mi espacio, donde había hecho toda mi carrera. Quería a Convergencia, aunque es cierto que eso ya era un proyecto agotado que iba mutando hacia otras cosas. Seguramente si no me hubieran invitado a salir me habría ido yo por mi propio pie. Lo cierto es que para ahorrarme más dolor optaron por advertirme de que en el congreso de ese verano no me podrían defender ante el linchamiento que podía sufrir, y me pidieron que me diera de baja.