Una de las cosas que está haciendo mal el Gobierno en su atropellada lucha contra la crisis del coronavirus es crear falsas expectativas. Nos hemos la semana pasada buscando el pico como si ese concepto, un tanto difuso, supusiera el fin del sufrimiento. Pero, mientras aparecía el pico, las cifras de contagiados y las de muertos seguían subiendo. El doctor Simón ya no sabe lo que hacer para convencernos de que vamos bien. En lugar de esperar unos días a que las medidas de confinamiento comenzaran a dar resultados, como hemos visto ya en los datos conocidos este fin de semana, tanto el ministro Salvador Illa como sus asesores han alimentado precipitadamente las esperanzas de que se estaba ganando la batalla contra el virus.

Que la guerra será larga lo demuestra la decisión del Gobierno de prorrogar del estado de alarma durante otros quince días (sin descartar su prolongación) y que recomiende ahora el uso masivo de mascarillas (después de haber dicho que no servían para nada). Eso quiere decir que, a pesar de que el confinamiento esté dando resultados, será necesario mantener el sacrificio de los ciudadanos ya que todavía el sistema sanitario está colapsado, sobre todo en las UCI. Aunque hayamos alcanzado el pico, el punto de inflexión a partir del cual el número de contagios es inferior al número de altas, y, por tanto, también el de muertos comience a bajar, aún nos queda mucho para dar por derrotado al COVID-19.

Crear expectativas que no se cumplen tiene dos inconveniente: genera frustración en una población que ya está bastante castigada y, además, crea desconfianza en la información que nos da el Gobierno. Y, ojo, porque la credibilidad es el activo principal de un Gobierno.

Algo parecido está sucediendo con las consecuencias económicas que inevitablemente acarreará el parón que supone el confinamiento prolongado. Ya no es sólo el presidente el que habla de recuperación en forma de V (es decir, que la economía se recuperará rápidamente después de que desaparezca la alarma sanitaria), sino ministros, en principio sensatos, como José Luis Escrivá, que el pasado jueves, en una esperpéntica rueda de prensa junto a la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en la que ambos comentaron los desastrosos datos del paro de marzo, dijo con rotundidad que «la recuperación será rápida e intensa».

El Gobierno insiste en que la recuperación será rápida e intensa, pero los expertos creen que no se producirá hasta 2021

Yo creo que lo hacen para darnos ánimos, porque no puede ser que un economista de su nivel diga eso y se quede tan pancho.

El pasado viernes el banco Credit Suisse hizo público su informe sobre los efectos del coronavirus en la zona euro. Su previsión es que el conjunto de la zona euro registre para este año una caída del PIB del 5,3%. España podría estar en la zona alta de esa caída, lo que podría suponer un 10%, una cifra que se baraja ya en los servicios de estudios de algunas de las instituciones más prestigiosas. Credit Suisse estima que el déficit este año en España alcanzará el 8,6% sobre el PIB, y la deuda se elevará por encima del 105% sobre el PIB (ahora estamos en el 95%).

Bueno, me pueden decir, Credit Suisse y otros se pueden equivocar. Claro, no son infalibles. Pero, ¿por qué es más probable que acierte su servicio de estudios a que lo haga el Gobierno? Algunas reflexiones nos ayudan a ver que la recuperación no será en forma de V, sino, por desgracia, en forma de U.

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1º ¿Que es lo que ha ocurrido con los datos del paro de marzo? De los 834.000 empleos destruidos (en los que no se incluyen los 620.000 trabajadores acogidos a ERTE) 613.000 tenían contratos temporales. Eso quiere decir que mientras las empresas no recuperen sus niveles anteriores de facturación no volverán a contratar a esos trabajadores temporales despedidos bien porque han concluído sus contratos o bien porque han sido despedidos a pesar de la prohibición de Gobierno (lo que supone que en vez de 20 días por año se les paga 33 días).

2º Muchas empresas nos se han acogido a los ERTE (que, si son por fuerza mayor, liberan a las empresas del pago de cuotas a la seguridad social) porque obligan a mantener el empleo durante al menos seis meses. Pocas empresas están en disposición de saber cómo les irá dentro de seis meses. Por tanto, lo que muchas están haciendo -no hay más que preguntarles a los despachos especializados- es esperar a que pase la alarma para ajustarse. Es el paso del ERTE al ERE. En el mes de mayo veremos como el número de trabajadores afectados por la regulaciones de empleo no temporales supera al de los que se han acogido a la primera fórmula.

3º Es una falacia pensar que la gente se va a lanzar a consumir nada más terminar los estados de alarma. La recuperación del consumo será lenta y llevará mucho tiempo igualar los niveles anteriores a la crisis, entre otras cosas porque el paro aumentará fuertemente y el nivel de renta caerá de manera significativa. La mayoría de lo trabajadores afectados por ERTE no cobran el mismo salario que cobraban antes del Expediente de Regulación Temporal. Por no hablar de los que viven en la economía sumergida y que cobran sus ingresos en B.

El paro y el déficit aumentarán de forma significativa. El PIB podría caer un 10%. El empleo precario y la dependencia del turismo convierten a España en un país muy vulnerable

4º La economía española es cíclica y dependen en un porcentaje muy importante (un 14%) del turismo. Creer que las cifras de turistas del verano -la primavera ya está perdida- igualarán a las del año pasado es vivir fuera de la realidad. Del turismo dependen las agencias de viajes, los hoteles, los restaurantes, los bares y hasta las empresas de alquiler de automóviles, etc. En esos sectores hay mucho empleo precario. Así que estamos abocados a muchos meses con el desempleo disparado. La alcaldesa de Roma Virginia Raggi, ha dicho esta semana que el turismo en su ciudad no se recuperará hasta 2021. Ese sería un cálculo sensato para las cifras de España.

5º Aunque la pandemia se haya logrado domesticar en España, ¿ocurrirá lo mismo en otros países? Lo más probable es que durante meses se mantengan controles en la entrada de extranjeros y se imponga la obligación de cuarentenas, algo incompatible con el turismo.

Por tanto, siendo muy optimistas, la recuperación no se producirá hasta el año 2021. Y eso si las cosas se hacen bien. Es de esperar que los paquetes de ayuda aprobados (tanto por el Gobierno español, como por el BCE y la Comisión, que ha decidido que el MEDE ayude a pagar el coste de desempleo) den resultado en unos meses. Seguro que tendrán efecto en la actividad y el consumo, pero eso tardaremos meses en notarlo.

El Gobierno tiene dos opciones: sucumbir ante los cantos de sirena de Pablo Iglesias y sus medidas anti empresas; o bien pactar con el centro derecha un presupuesto que sustente unos nuevos Pactos de la Moncloa

El Gobierno, que no ha demostrado una gran pericia en la gestión de crisis, tendrá dos opciones sobre la mesa para afrontar una situación enormemente compleja:

a) Echarse en brazos de las tesis de Pablo Iglesias, que aprovechará la situación para defender su programa de máximos, como aumentar de forma significativa la presión fiscal (a los ricos, por supuesto) y, si se tercia, llevar a cabo alguna incluso alguna nacionalización de empresas estratégicas.

Si Pedro Sánchez se deja seducir por los cantos de sirena del populismo de izquierdas, puede convertir a España en la Grecia de 2012. No olvidemos que Iglesias acudió en 2015 a Atenas a apoyar a Alexis Tsipras por su valentía al enfrentarse a la Troika (los odiados hombres de negro). Como todos recordarán, aquello terminó en tragedia y el ideólogo y ministro de Economía del gobierno griego Varoufakis, ha acabado convertido en un icono de las fracasadas las políticas ultaizquierdistas.

b) Pactar con la oposición de centro derecha (Pablo Casado e Inés Arrimadas) un presupuesto austero y sensato que ponga las bases para salir cuanto antes de la crisis, para lo que es necesario ayudar a las empresas a mantenerse a flote, salvando los elementos sustanciales de una reforma laboral que hace ocho años nos ayudó a salir de la crisis. Para que ese programa fuera eficaz debería conformarse previamente un Gobierno de concentración. Cosa que no está en la hoja de ruta de Sánchez.

¿Sería entonces posible la firma de unos nuevos Pactos de la Moncloa, como propone ahora el presidente del Gobierno?

Aunque Nadia Calviño, en entrevista publicada el domingo por El País, afirma que «el diálogo es una de las marcas de identidad de nuestro Gobierno», Sánchez estuvo doce días sin hablar con Casado antes de llamarle por teléfono el sábado para informarle de que se iba a prorrogar el estado de alarma. Así que no parece que, hasta ahora, haya mucha predisposición al consenso por parte del Gobierno. Menos cuando necesita los votos, claro.

Como dijo ayer Victoria Prego en su artículo, la opción de unos nuevos Pactos de la Moncloa, a día de hoy, es como creer en milagros.