«Puedes dispararme con tus palabras, puedes herirme con tus ojos, puedes matarme con tu odio, y aún así, como el aire, me levanto. Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo. Me levanto». Maya Angelou (Misuri, 1928-Winston, Salem-2014) es la poeta de los derechos civiles. Pocos como ella han descrito fielmente, con su experiencia personal también, cómo es la herida abierta en América. El racismo persiste en la sociedad estadounidense 157 años después de la abolición de la esclavitud. Y en el siglo XXI es la desigualdad lo que hace sufrir a la comunidad afroamericana.

Los primeros esclavos llegaron a Estados Unidos hace 400 años. Durante 250 años millones de hombres y mujeres nacieron esclavos y murieron sin conocer la libertad. Eran afroamericanos. El Norte y el Sur de Estados Unidos están marcados por la esclavitud, antes y después de la independencia. Esclavitud y supremacía blanca van estrechamente ligados. Es decir, si había esclavos es porque los blancos se veían superiores.

Con las enmiendas XIII, XIV y XV se introducen las reformas necesarias en la Constitución de Estados Unidos, a partir de 1865, por las que se dio el paso de abolir la esclavitud y reconocer la ciudadanía y los derechos políticos a los afroamericanos. Pero ahí no acabó el calvario porque los afroamericanos eran ciudadanos de segunda o de tercera, es decir, segregados.

George Floyd. Es el nombre de quien se ha convertido sin pretenderlo en el emblema de las protestas contra el racismo que se han extendido por decenas de ciudades de Estados Unidos. Y más allá.

En la actualidad, aunque un afroamericano, de padre keniata y madre blanca, llamado Barack Hussein Obama, llegó a la Casa Blanca y fue presidente ocho años (2008-2016), la desigualdad entre la comunidad afroamericana y la blanca es enorme.

La riqueza acumulada de una familia afroamericana (unos 6.600 dólares) es la mitad de la de una blanca (unos 70.000 dólares) y el nivel de desempleo es el doble en los negros con respecto a los blancos, según la Escuela de Servicios Financieros, citada por The Washington Post. Es así desde la Segunda Guerra Mundial. En 2018, la media de ingresos de una familia negra rondaba los 41.000 dólares anuales, con un crecimiento del 3,4%; la media de una familia blanca era superior a los 71.000 dólares, con un incremento del 8,8%, según la Oficina del Censo de EEUU.

Barack Obama y su esposa, Michelle, descendiente de esclavos, alumnos los dos de la Universidad de Harvard, no representan la norma.

Está más cerca de la norma de la comunidad afroamericana el perfil de George Floyd, el afroamericano ex guardia de seguridad, cuya injusta muerte ha soliviantado a su comunidad, y también a muchos blancos, especialmente a los jóvenes.

La pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto esta desigualdad. Ha dejado sin trabajo, y sin esperanza de recuperarlo, a personas como George Floyd, afroamericano de 46 años, en el paro por esta crisis. Según su autopsia, dio positivo en Covid-19 aunque parece que era asintomático.

La comunidad afroamericana supone el 13% de la población de EEUU, aunque supera el 50% en algunas zonas del sur del país. En Luisiana, uno de las zonas más afectadas, el 70% de los fallecidos por coronavirus son afroamericanos. En la ciudad de Chicago ronda también el 70%. Tienen menos acceso al sistema sanitario, a pesar de que suelen sufrir enfermedades crónicas que les hacen más vulnerables. Además, suelen tener trabajos que no pueden hacerse en remoto, es decir, no pueden confinarse.

«No puedo respirar»

El lunes 25 de mayo George Floyd compró, como solía hacer, una caja de cigarrillos en una tienda de ultramarinos, el Cup Foods, de Mineápolis. El dueño, Mahmoud Abumayyaleh, lo conocía pero ese día no estaba en el mostrador. George pagó con un billete falso de 20 dólares. El empleado se dio cuenta y le llamó la atención. Le pidió que devolviera los cigarrillos, pero George hizo caso omiso. No sabía que había firmado su sentencia de muerte.

El empleado de Cup Foods, donde ahora se ha levantado un altar en homenaje a George Floyd, y puede verse un gran retrato del afroamericano, llamó a la policía y les indicó donde encontrarían al supuesto delincuente. Estaba en un coche a la vuelta de la esquina. Allí lo interceptaron y lo obligaron a salir del vehículo mientras lo apuntaban con un arma.

Al resistirse a entrar al coche policial, los agentes lo redujeron, lo tumbaron en el suelo y uno de los agentes, Derek Chaubi, tuvo su rodilla ocho minutos y 46 segundos hincada en el cuello de George. «No quiero morir. No puedo respirar». Todo quedó grabado y fue divulgado por las redes sociales. El testimonio gráfico es espeluznante.

El agente Derek Chaubi y sus tres compañeros, cuando se difundió el video, fueron apartados de su empleo. Las protestas empezaron en Mineápolis. Los manifestantes pedían justicia. Algunos se burlaban de la ley y se dedicaban al saqueo. La ira fue aumentando y las manifestaciones se extendieron por todo el país, hasta llegar a las puertas de la Casa Blanca.

El video deja poco lugar a las dudas sobre el comportamiento de los agentes, sobre todo, de Derek Chaubi. Al conocerse la autopsia, que reconoce que la presión que ejerció Chaubi sobre el cuello de Floyd influyó en que muriera una hora después de que lo trasladaran al hospital.

Primero el fiscal pidió que le condenaran por homicidio en tercer grado pero luego corrigió la demanda y solicitó homicidio en segundo grado, es decir, pueden condenarlo a cadena perpetua. Los otros tres agentes afrontan penas por instigación y complicidad.

Los afroamericanos son objeto de la brutalidad policial en una proporción mucho mayor a otras comunidades. El número de muertos afroamericanos en actos violentos por la policía por cada millón de habitantes es de 30; en el caso de los blancos, 12; y 22, hispanos. En Minnesota, el Estado donde se encuentra Mineápolis, donde murió Floyd, hay un 5% de afroamericanos. En esta comunidad se registra el 20% de las muertes provocadas por la policía.

Derecho a la protesta pacífica

Las autoridades de decenas de ciudades de Estados Unidos tuvieron que declarar el toque de queda, entre ellas Nueva York, que no aplicaba una medida de restricción de movimientos similar desde 1943, también por sucesos relacionados con el racismo. Los gobernadores y alcaldes trataban de reconocer el derecho a la protesta pacífica a la par que denunciaban a los saqueadores.

Un capitán de policía jubilado afroamericano, David Dorn, de 77 años fue una de las víctimas de estos atracos incontrolados en San Luis, Misuri. «¿Matáis a un negro para denunciar que ‘ellos’ han matado a un negro?», decía un cartel cerca del lugar donde cayó agonizante el ex capitán de policía.

La alcaldesa de Atlanta, la afroamericana Keisha Lance Bottoms, lanzaba un llamamiento a los manifestantes, después de que en la ciudad se dieran disturbios violentos. «Esto es el caos. Si queréis cambiar América, id y registraos para votar».

El presidente Trump aprovechó la violencia de los más exaltados para arremeter contra la izquierda radical y amenazar con declarar grupo terrorista a los llamados Antifa (antifascistas), un grupo sin organización ni líderes que defiende la violencia para agitar el sistema. Sin embargo, al salir de la Casa Blanca y reprimir con gases lacrimógenos a los manifestantes pacíficos para poder acercarse a la iglesia de St John a hacerse una foto con una Biblia dejó claro que no distingue entre quienes protestan pacíficamente y los saqueadores.

El director de la CIA, Christopher Wray, salió en defensa del derecho a criticar en las calles al gobierno de turno. Y The New York Times publicó el 3 de junio un editorial histórico titulado «Protestar es patriótico».

Año electoral y pandémico

El estallido de protestas contra la violencia racial se da en pleno año electoral, cuando el presidente Trump se juega su reelección. Los estadounidenses elegirán al inquilino de la Casa Blanca a partir de 2021 el próximo 3 de noviembre.

Y este volcán entra en erupción, a su vez, cuando el coronavirus se ha cobrado la vida de más de 110.000 personas en Estados Unidos, más que en todas las guerras en las que ha estado inmerso el país desde 1953 (Vietnam, Corea, Afganistán e Irak). Quienes han acudido a las protestas han pasado por alto las medidas de distanciamiento social.

«Estos estallidos y los incidentes derivados de actos racistas por parte de la policía son una constante desde los años 90, cuando mataron en Los Angeles a Rodney King, un taxista afroamericano al que agredieron brutalmente los agentes que lo perseguían. Es un fenómeno recurrente: un ciudadano negro muere por un acto violento que no ha provocado», explica José Antonio Gurpegui, investigador del Instituto Franklin, de la Universidad de Alcalá de Henares.

Hay muchos nombres de afroamericanos ligados a la violencia policial: Eric Garner, estrangulado por un agente mientras lo arrestaba, el 17 de julio en 2014 en Nueva York, o bien Trayvon Martin, un joven de 17 años, que murió tiroteado por un agente de seguridad en febrero de 2012.

El supremacismo estaba desorganizado… Desde que llega Trump al poder se ha generado una red más articulada y extensa. Logra una pátina de legitimidad con Trump en el poder», dice Salvador Martí i Puig

A ello se suma ese supremacismo que viene de los tiempos de la esclavitud y que de alguna manera seguía latente. Según Salvador Martí i Puig, investigador asociado en el CIDOB y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Gerona, «ese supremacismo era un fenómeno que existía pero no estaba articulado. Desde que ha llegado Trump al poder se ha generado una red más organizada y extensa. Logra una pátina de legitimidad con Trump en el poder. A su vez, el movimiento de los derechos civiles se articula en torno a Black Lives Matter (surge en 2013 tras la muerte de Trayvvon Martin): son jóvenes politizados en torno al género y la raza. El choque está servido».

Curiosamente, la alcaldesa de Washington DC, Muriel Bowser, ha rebautizado la calle 16, que conduce a la Casa Blanca como Black Lives Matter, y la calzada se ha pintado con letras gigantes en amarillo. Es la misma calle que Trump ordenó despejar con gases lacrimógenos para acercarse a la llamada iglesia de los presidentes y allí posar con una Biblia.

Según José Antonio Gurpegui, «como ocurrió en el caso de Rodney King, las imágenes han influido en la gran repercusión social que ha tenido la muerte brutal de George Floyd. La virulencia de las protestas se explica por tres factores: en el plano político por el descontento con el presidente Trump; en el ámbito psicológico, por la tensión acumulada por el confinamiento y las consecuencias del coronavirus; y en tercer lugar, por el aspecto económico, el paro ha alcanzado cifras desconocidas desde los años 80 en Estados Unidos».

Como ocurrió con Rodney King, las imágenes han influido en la gran repercusión social que ha tenido la muerte brutal de George Floyd», afirma José Antonio Gurpegui

Trump, en cuanto el paro ha bajado ligeramente, hasta el 13,3% en mayo, con la creación de 2,5 millones de empleos, ha salido al paso a dar por zanjada la crisis del coronavirus y la crisis de seguridad ligada al asesinato de George Floyd. Incluso ha asegurado que Floyd estaría contento de este éxito de recuperación del empleo, en una pirueta digna del malabarista que es el actual inquilino de la Casa Blanca.

Durante más de diez días las protestas en las calles han congregado a cientos de miles de personas en unas 50 ciudades de Estados Unidos: desde Nueva York o Washington a Los Angeles o Miami. Trump quiso desplegar al Ejército para contener los disturbios, pero tanto el actual jefe del Pentágono, Mark Esper, como su antecesor, James Mattis, expresaron su rechazo a esta medida. Mattis acusó a Trump de ser un líder infantil.

Los ecos de 1968

Trump quería presentarse como un presidente de la ley y el orden, emulando a Richard Nixon en 1968. Las protestas actuales son las mayores desde entonces, cuando mataron al líder de los derechos civiles Martin Luther King.

En 1968, Nixon hizo una campaña basada en la ley y el orden, pero era oposición. Gobernaban los demócratas. Ahora Trump está en el poder y parte de lo que ocurre es culpa suya», afirma Andrés Ortega

«En 1968, Nixon hizo una campaña basada en la ley y el orden, pero era oposición. Gobernaban los demócratas. Ahora Trump está en el poder y parte de lo que ocurre es culpa suya. Sin embargo, estos fenómenos si duran demasiado pueden incluso favorecerle electoralmente. A corto plazo su apoyo está bajando», afirma Andrés Ortega, investigador principal en el Real Instituto Elcano.

Si bien lo sucedido en Mineápolis es excepcional, en gran parte porque hemos visto en un video con todo detalle cómo fueron esos eternos ochos minutos y 46 segundos en los que George Floyd repite sin cesar: «No puedo respirar». Hay evocaciones a 1968 también por el díficil momento al que se enfrentaron los demócratas en su Convención.

«La Convención de Chicago acabó con una violenta respuesta policial contra los jóvenes que se oponían al candidato nominado por no defender el fin del conflicto con Vietnam. en ese sentido, con Joe Biden como único candidato demócrata activo, la tarea de elegir al aspirante a la vicepresidencia será decisiva: Biden dijo que quería una mujer. Quizá esta es la oportunidad de escoger a alguien que comprenda el sufrimiento de muchos de los manifestantes y que los lidere en los cambios que se buscan», afirma la periodista y doctora en Ciencias Políticas Isabel García-Ajofrín, autora del libro Soñar a destiempo.

Hay varias mujeres afroamericanas que figuran entre las posibles opciones de aspirantes a la vicepresidencia como Stacey Abrams, que a punto estuvo de ser gobernadora de Georgia. A sus 46 años representa el avance de los demócratas en el Sur, o Val Demings, de 62 años, quien fuera jefa de policía en Orlando, Florida. Una opción impactante sería Michelle Obama, la ex primera dama, aunque ella ha repetido por activa y por pasiva que para ella no es una opción.

La sorpresa de 2020

Es difícil saber aún qué pasará en noviembre. Suele hablarse de la «sorpresa de octubre», un acontecimiento imprevisto justo antes de la votación que puede incidir en el resultado. En este caso, 2020 está siendo un año sorprendente. La gestión de la pandemia del coronavirus está sirviendo de termómetro para evaluar a los gobiernos en todo el mundo. También a Trump lo ha sometido a una prueba de estrés.

Trump empezó el año con la economía viento en popa, lo que le hacía ser ultrafavorito. La pandemia ha teñido el horizonte de incertidumbre. «No tengo claro que sea reelegido. Desde antes de la pandemia, tengo dudas. Puede serlo. Pero ahora se sabe quién es realmente Donald Trump. También lo sabe él. Lo que está claro es que mantiene a sus electores fieles», afirma José Antonio Gurpegui.

Si bien sus electores siguen siendo fieles a Trump, su nivel de popularidad en términos generales se ha resentido. De hecho, el jueves mantuvo una reunión con sus principales asesores para estudiar la estrategia que habría que seguir, dado que quien será su rival, el demócrata Joe Biden, está en cabeza en los sondeos. Según RealClearPolitics, Biden tiene ahora siete puntos de ventaja sobre Trump.

Trump puede estar galvanizando el voto afroamericano hacia Biden y minando sus posibilidades con los republicanos moderados o demócratas insatisfechos con Biden. Se está esforzando en convencerlos de que él es peor», dice Ricardo Amado

«Lo más grave para el presidente es que muchos encuestados consideran que reaccionó tarde, no se lo tomó en serio y no ha sido honesto en la gestión de la crisis. Es decir, un importante número del electorado piensa que la crisis es aún más grave debido a Trump. En este contexto Trump ha optado por pelear más que nunca. Ha peleado con los gobernadores, con Twitter, con los medios, con Obama, con China, con la OMS, con Nancy Pelosi, y en ese contexto de incremento acelerado de la polarización se da la lamentable muerte de George Floyd, y la respuesta de Trump fue polarizar aún más», explica Ricardo Amado, consultor político y profesor en la Universidad George Washington.

«La idea de Trump de poner etiquetas a la movilización y llegar a insinuar que todos los manifestantes eran extremistas de izquierdas no ha sentado bien a quienes defienden que tienen derecho a manifestarse ante una injusticia. Y dio el jaque mate cuando tuiteó que habría que disparar contra todos los que quieren dañar el orden público («primero vienen los disturbios, luego los disparos»)», añade Amado.

«El contraste, en la visión de Trump, es entre ley y orden o anarquía. Mi lectura es que ha terminado siendo un contraste entre división (Trump) y unidad (Biden), más por deméritos de Trump que por méritos de Biden. Trump puede estar galvanizando el voto afroamericano hacia Biden, y minando sus posibilidades con los republicanos moderados, o demócratas indecisos o insatisfechos con Biden. Trump se está esforzando por convencerlos de que él es peor», concluye este consultor político.

Diversidad como signo de identidad

García-Ajofrín mantiene en su libro Soñar a destiempo cómo la diversidad define la identidad de Estados Unidos. En la obra relata la vida de los ocho afroamericanos, dos latinos y una mujer asiática que fueron aspirantes a la candidatura presidencial por los republicanos o los demócratas desde 1972 hasta la Presidencia de Obama.

Las generaciones más jóvenes, sea cual sea su etnicidad, en su mayoría rechazan la discriminación y expresan su opinión públicamente. Es un signo de esperanza», señala Isabel García-Ajofrín

«Estados Unidos ha gozado de una población multirracial desde su fundación, así como de mecanismos de discriminación contra las minorías. La población afroamericana que fue esclava hasta la guerra civil, tuvo que enfrentarse luego a la segregación racial que los estados impusieron en sus constituciones. La década de los 60 del siglo pasado trajo cambios fundamentales, como la Ley de Derechos Civiles de 1964, y la Ley de Derecho al Voto de 1965, pero la discriminación no terminó entonces. Hay disparidad en salud, educación, empleo, representación política y el trato de la policía, como deja claro el caso de George Floyd», señala la autora.

A pesar de la brutalidad y la impunidad en muchas ocasiones, hay esperanza. Un dato significativo, que destacó el ex presidente Barack Obama, en su alocución sobre las protestas en todo Estados Unidos, es cómo no solo son afroamericanos los que participan. Hay también muchos jóvenes blancos.

«Las generaciones más jóvenes, sea cual sea su etnicidad, en su mayoría rechazan la discriminación y expresan su opinión públicamente. Esto muestra que hay un consenso contra la violencia. Es un signo de esperanza», añada García-Ajofrín.

Ese despertar de las conciencias de todas las comunidades, que denuncian los abusos y la desigualdad, debería trasladarse a una movilización masiva de votantes en noviembre. En un momento tan crucial para Estados Unidos cada voto cuenta.