A Clara Sánchez no le preocupa que la sigan. ¿Quién quiere seguidores de redes sociales si ya se ha llevado la gran mayoría de los reconocimientos literarios del país? Ganadora en Nadal, el Alfaguara y el Planeta; además de destacados galardones en Francia (Prix des Lecteurs) e Italia (Roma y Nazionale Vicenzo Padula), se sienta, desde 2023, en la X de la Real Academia de la Lengua.

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Desde esa posición observa el mundo en transformación y, en particular, el mundo editorial que desde hace años adora a los autores con muchos seguidores en redes sociales. Ella se mantiene al margen, hace lo que le nace como autora. Escribe donde le lleva la inspiración, ya sea a abordar el mundo de las sectas, el mundo árabe o la encarnación, como en su última novela Lo inexplicable (Planeta). Una historia de suspense en la que un niño arrastra a su niñera hacia un misterio sobrenatural. 

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“Un relato que responde a una necesidad actual: vivimos un mundo marcado por un progreso tecnológico acelerado al que le falta un ingrediente fundamental, la poesía. Los seres humanos construimos la realidad a través de narraciones, pero estamos perdiendo esa dimensión poética, que es precisamente la que intenta recuperar la novela”, explica la autora. 

P: ¿Dónde queda la palabra en ese mundo?

R: La palabra es el instrumento con el que formamos el mundo y nos formamos a nosotros mismos. Lo que ocurre es que, por ejemplo, internet me parece todavía un medio muy rudo, muy plano, que no ha encontrado su esencia. Por eso hay una vuelta a la espiritualidad: si entras en cualquier buscador, muchas ideas remiten a Sócrates, Platón, Aristóteles… Estamos regresando a los clásicos porque quienes desarrollan la tecnología no nos están ofreciendo filosofía. Falta un discurso al que agarrarnos para sobrevivir. 

P: ¿Y no volvemos a los clásicos porque no sabemos muy bien qué ver en el futuro?

R: Exactamente por eso, por la rapidez a la que se nos está obligando a vivir y a ver. No creo que el progreso sea malo. Para mí el progreso es fundamental, y creo en la tecnología y creo que es algo que beneficia a la humanidad. Pero todavía está por refinar, por definir, y sobre todo no nos da tiempo a adaptarnos a ella, que es inabarcable. Entonces necesitamos recursos mentales para poder adaptarnos.

P: ¿Cómo está viviendo la literatura este momento?

R: No da tiempo a nada. Por eso estamos sometidos a una rapidez tremenda. El concepto de tiempo ha cambiado. Es algo de lo que hablo en la novela, porque en esta novela se reflexiona mucho sobre el tiempo, sobre la muerte. Llamamos tiempo a la muerte.

En realidad, si la muerte no existiera o la destraumatizáramos, el tiempo también nos resultaría más laxo, más flexible y más soportable. Entonces por eso recurrimos, como yo hago en esta novela, a conceptos, a nociones que nos vienen de culturas que han pasado por muchísimas culturas, como es la reencarnación, que es el meollo de la novela, hablando en claro.

La academia es como una esponja: no dictamina si esto está bien o está mal, sino que recoge lo que está ocurriendo en la calle

Entonces, la literatura precisamente es el refugio, casi es el último refugio que nos queda, para serenarnos y, dentro de esa burbuja de serenidad, poder pensar, poder reflexionar, poder imaginar y no estar corriendo detrás de los minutos y de los segundos. Lo que pasa es que la literatura se nutre de lo que hay y ahora mismo también se está nutriendo de las posibilidades y de las comodidades que le ofrece la inteligencia artificial.

Ahora sabemos que más o menos, no sé si se podrá hacer, pero una novela puede salir de Chat GPT. Entonces también está cambiando mucho las posibilidades del escritor y del lector. La tecnología, cuando llega, entra a través del ocio y de la comodidad. Nos hemos aficionado al móvil y a internet porque nos entretiene y porque podemos acceder a datos sin ir a una biblioteca. Pero al mismo tiempo quizá nos vuelve un poco vagos, en el sentido de: para qué me voy a poner a estrujarme el cerebro, para qué me voy a imponer esta gran concentración, si se me da hecho.

Escribir siempre ha sido, sobre todo, un reto de concentración. Se habla de la soledad del escritor, pero en realidad el reto es la concentración. Cuando escribes, pones en funcionamiento todos tus mecanismos de concentración más profundos. Entonces puedes liberarte de eso acudiendo a lo que te ofrece la inteligencia artificial, pero en detrimento tuyo, porque ese ejercicio de concentración ya no lo haces.

P: ¿Cómo se vive dentro de la Academia de la Lengua este mundo que estamos viendo? ¿Están vivos estos debates?

R: Están muy vivos porque tenemos mucho interés en la inteligencia artificial y en el lenguaje no humano. La academia está obligada a revisar ese tipo de lenguaje. A mí me encanta, porque en la academia se ve todo lo que está sucediendo en la sociedad. La academia es como una esponja: no dictamina si esto está bien o está mal, sino que recoge lo que está ocurriendo en la calle, lo que está ocurriendo con los hablantes, todas las palabras, por ejemplo los neologismos que están entrando, porque es un mundo nuevo, con muchísimas cosas nuevas, con una tecnología apabullante que exige nuevas palabras, un nuevo vocabulario. Todo eso lo revisamos en la academia. Los académicos que vienen de distintos sectores, y entonces se puede comparar, se puede debatir y se puede ir estudiando todo.

P: ¿Y hay preocupación o hay expectativa de transformación?

R: Hombre, lo que viene es apabullante. Lo que viene es emocionante y es algo sobre lo que hay que estar alerta. En la academia tenemos la obligación de estar alerta.
Fuera de la academia, lo que se está creando es mucha ansiedad en los ciudadanos, en los habitantes de este planeta, porque no nos da tiempo a adaptarnos a lo que viene. Están todas estas empresas tecnológicas y también, desde un punto de vista científico, intentando atrapar el futuro. Pero los ciudadanos de a pie, que tenemos que hacer la declaración de la renta, que tenemos que hacernos una colonoscopia, que tenemos miles de preocupaciones, no nos da tiempo a adaptarnos. Esto crea una gran ansiedad y falta esa parte de serenidad, lo he llamado poesía, pero quiero decir esa parte que, al mismo tiempo que se nos ofrecen cosas nuevas, también nos da la oportunidad de saborearlas. Y ese tiempo no se nos ofrece.

P: ¿Cómo percibes el mundo editorial? ¿Hay exceso de autores, exceso de producción, o eso nunca es suficiente?

R: Yo del mundo editorial, si te digo la verdad, después de 30 y tantos años de publicar, nunca me he enterado bien de cómo funciona. Para mí es un enigma. O sea, yo creo que la gente que está en los despachos, los editores, para mí es un enigma. Yo entrego un manuscrito, me lo revisan, me lo aceptan, todas esas cosas, pero fuera de eso yo no sé. Siempre me ha parecido un mundo casi mágico, que de ahí salgan libros. Pero claro, también imagino que sufren el mismo efecto que en todos los sectores de la sociedad: la inteligencia artificial, el ChatGPT, todas estas cosas.

Hay un fenómeno que a mí se me escapa, que es el de los followers. Para los editores ahora mismo tienen mucho interés esos autores que en Instagram tienen muchos followers. Para mí eso, que vengo de otro mundo literario, se me escapa, porque ni me interesa ni puedo ponerme ahora a convocar followers. Es decir, hay un mundo nuevo, el de la gente que sabe manejar Instagram, internet y tal, que se nos escapa y al que no podemos ponernos al día de un día para otro.