Opinión

Sánchez añora a Aznar

Pedro Sánchez, en el Congreso.
Pedro Sánchez, en el Congreso. | EUROPA PRESS

El presidente del Gobierno comenzó su intervención este miércoles en el Congreso recordando lo que sucedió el 15 de febrero de 2003. Aquel día, afirmó, más de tres millones de españoles salieron a la calle para gritar ¡No a la guerra!. Él mismo, confesó, era uno de esos ciudadanos que se negaron a "secundar una mentira que solamente perseguía hacer más ricos a los ricos y más miserables a los ya pobres". Aunque la no existencia de armas de destrucción masiva en Irak -excusa que utilizó Estados Unidos para la invasión- no se confirmó hasta meses después, Sánchez atribuyó a los manifestantes españoles una motivación premonitoria.

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El discurso del presidente fue un canto a la nostalgia. ¡Qué tiempos aquellos en los que los ciudadanos salían a las calles contra la guerra en Irak! No importa que hayan pasado 23 años de aquella jornada histórica. No importa que Aznar dejara la presidencia del Gobierno hace 22 años; para el presidente, hay una conexión entre aquella guerra y la que ahora lideran EEUU e Israel contra el régimen de los ayatolás, que es la maldad intrínseca de la derecha. Aznar la apoyó porque "quería sentirse importante. Porque quería que el presidente de Estados Unidos, George Bush, le invitara a un puro y poder poner los pies encima de la mesa". ¡Una guerra por un puro!

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La foto del puro y los pies sobre la mesa se hizo en un descanso de una cumbre del G-8 celebrada en Canadá, ocho meses antes del inicio de la guerra. No es que sea un gesto para sentirse orgulloso, pero de ahí a atribuirle al puro la motivación para apoyar a Bush hay un trecho muy largo.

Aznar se convirtió en el protagonista de su intervención. De hecho, le mencionó seis veces, más que a Feijóo y, desde luego, más que a Donald Trump, que sí parece que tiene algo que ver con las operaciones ahora en curso.

El presidente mencionó a Aznar seis veces en su discurso, en un intento de retroceder al tiempo en el que el ¡No a la guerra! movilizó a millones de personas

O los asesores de Sánchez no se lo prepararon bien, o el presidente estaba tan seguro de poder aplastar a la oposición con su ¡No a la guerra!, que los poco más de ocho folios de su discurso fueron más propios de un mitin que de una intervención que se pretendía histórica, de esas que marcan un antes y un después. Hubo mucho humo y alguna pregunta trampa. Como, por ejemplo, cuando dijo: "Señorías del PP y de Vox, ¿saben cuántas víctimas dejó la guerra de Irak?". Si esa pregunta se la hubiese hecho a los diputados del PSOE, o de Sumar, o incluso de Bildu, tampoco nadie hubiera podido contestar. Incluso él tampoco, antes de que su gabinete le hubiera pasado el dato. ¿Qué demuestra eso? Nada. Pero queda resultón.

El presidente sabe que este ¡No a la guerra! no ha calado en la gente, como sí lo hizo el rechazo a la invasión de Irak hace 23 años. Feijóo podía haberle preguntado, siguiendo el método empleado por Sánchez, si sabía cuántas personas habían asistido a las manifestaciones por el ¡No a la guerra! que se celebraron el 14 de marzo en toda España. A la más numerosa, la de Madrid, acudieron 4.500 personas, según la Delegación de Gobierno.

¿Significa eso que ahora los españoles están más a favor de la guerra que hace 23 años? No lo creo. Lo que ocurre es que ahora la guerra es un debate casi teórico, ideológico, y entonces era la negativa a que España enviase tropas, que es algo muy distinto.

El ¡No a la guerra! no le dio resultado al Gobierno en las elecciones de Castilla y León y es muy dudoso que le dé rédito en las próximas elecciones andaluzas. El slogan tan sólo ha servido para quitarle una bandera más a los partidos de extrema izquierda, que ahora hacen todo lo posible por hacerse notar, incluso negándose a entrar en una reunión del Consejo de Ministros.

Hasta la posición del Gobierno ha sido bastante errática sobre la guerra. Hace una semana, el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, negaba que las consecuencias de los ataques a Irán fueran a ser tan dañinas como las que tuvo la invasión de Ucrania por Putin; ese argumento le servía para rebajar el monto de las ayudas que estaba elaborando el Ejecutivo. Debió perder la partida, porque, según ha dicho el presidente, las consecuencias para España, para Europa y para el mundo, tanto desde el punto de vista económico como humanitario, van a ser incluso mayores que las que provocó la guerra de Irak en 2003.

El fatalismo del presidente se compadece mal con la realidad. En el peor de los escenarios (según el Banco Central Europeo), los precios del petróleo y el gas se normalizarían en 2027. Aun así, no creo que Trump quiera prolongar esta guerra más allá del mes de abril por razones de política doméstica. Y si EEUU se retira, Israel no tendrá más opción que cesar en su ofensiva, limitando sus ataques al sur del Líbano.

Tampoco es muy coherente -se lo recordaron sus socios de izquierdas- que ese canto al pacifismo vaya de la mano del mayor aumento del gasto en defensa que ha hecho España desde la muerte de Franco. ¿Por qué lo hace Sánchez? ¿Por miedo a las represalias de Trump, al que, por cierto, no menciona por su nombre? ¿O tal vez porque cree que España necesita unas fuerzas armadas mejor equipadas por lo que pueda pasar?

A nadie le gustan las guerras. Esta tampoco. Como creo que a nadie le parezca bien que un país se tome la justicia por su mano, como ha ocurrido en Venezuela con el secuestro de Maduro. Pero ahí tenemos al ex presidente Rodríguez Zapatero de la mano de Delcy Rodríguez en Caracas, felices por la nueva perspectiva que se abre tras la extracción del dictador. ¡Qué oportunidad perdida para el ex presidente para haber condenado la operación de Estados Unidos!

Esto va de política, no de buenos sentimientos, y Sánchez de eso sabe mucho. Por eso tuvo que recurrir a Aznar, agitar su imagen para ver si así puede frenar el ascenso de la derecha y la extrema derecha en las elecciones. Si para ello hay que exagerar un poco y poner la moviola, se hace y punto. ¡Es la guerra!... electoral.

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  1. El sanchismo es la expresión de la mentira absoluta, de la sin razón y de la injusticia, y basta con descubrirlo para que por su propio vicio todo el mundo lo repudie.

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