María Jesús Montero, irritable y altiva como una señorita sureña de Atlanta más que de Sevilla, no es una buena candidata. Y no sólo por su carácter, sino porque no sirve para hacer olvidar a Sánchez (lleva el olor de la Moncloa como aquel olor a jabón de las señoritas de Avon) ni sirve para hacerse olvidar ella misma (lleva la etiqueta del aciago socialismo o sociatismo andaluz como la de un chorizo de la tierra). El PSOE no está contento con su campaña (lo contaba aquí Juanma Romero), pero es difícil que la campaña de una mala candidata pueda ser buena, así se haga un videoclip de Shakira o de Moreno Bonilla. Y eso sin contar sus meteduras de pata, que son más bien ya pataíta o taconeo, una cosa como de las bulerías políticas o mentales en las que ella está siempre. Montero en realidad nunca fue candidata a nada, sólo era una pieza de la máquina socialista andaluza, que yo suelo decir que era como una gran cosechadora que se limitaba a recoger más o menos lo mismo y más o menos igual, como un señorito con viñedos. El PSOE lo tenía todo ganado o casi ganado en Andalucía, iba a sus elecciones como a su fiesta de la vendimia y sus candidatos se limitaban al repertorio del folclore, la pisada y el pavoneo. Los que no eran tanto candidatos sino engranajes para organizar o repartir, como ella, aún se esforzaban menos que Chaves.
María Jesús Montero no es buena candidata, le falta empatía y simpatía, cintura y labia, reflejos y fondo. Y le falta política, en fin, porque lo suyo no era la política sino algo así como manejar poleas o fogones en la Junta, algo que siguió haciendo en el Gobierno de Sánchez, el presidente que no necesita más caritas, más labia ni más cinturita que la suya. La metedura de pata de Montero, su pataíta con rasgueo o redoble al enlazar la muerte de los guardias civiles con los accidentes laborales, es la metedura de pata de alguien que nunca ha tenido cuidado ni atención por no meter la pata. Ni en la Junta de Andalucía, donde el poder del PSOE parecía un funcionariado eterno e inexpugnable, ni luego con Sánchez, a quien no le importa perder ni le importa nada. De hecho, Sánchez no deja de perder y aun así no parece preocuparle mandar candidatos quemados, desahuciados y metepatas, ni tener un Gobierno lleno también de quemados, desahuciados y metepatas. En este caso, metepatas varios y variados, desde el trol Óscar Puente al torpe urdidor o saboteador Bolaños, pasando por apioladoras de la lógica y el idioma como Yolanda Díaz, Mónica García o la propia Montero.
Sánchez tenía su calculadora de escaños y tarifas como el PSOE andaluz tenía su cosechadora o vareadora. Ambos se acostumbraron a vencer sin necesidad de convencer, con el mero pesaje o la mera transacción, hasta que la máquina se estropeó, claro. María Jesús Montero es mala candidata porque se diría que se presenta pensando que la máquina todavía existe y que la herencia aún espera en el viñedo, bajo esos cielos atamborados como los cielos de Canal Sur, por esas colinas terrosas como espaldas gachas del andaluz. Montero, como el resto del Gobierno, como el mismo Sánchez, no necesitaba en el Congreso ni en el telediario nada más que seguir en el asiento, volver a sentarse en el escaño azul como un tronito con cojín, o tras la mesita de nata de la rueda de prensa, después de soltar la falacia, la perogrullada, la distracción o la tontería. Confiaban o confían, sobre todo, en el poder bruto, el institucional, el mediático, el económico (el presupuesto es lo que hace más política), igual que confió en su día el socialismo andaluz, que por algo duró casi lo que una dinastía egipcia. Claro que esto funciona para retener el poder, pero no suele funcionar para conquistar nuevas plazas. Y Andalucía, quién lo iba a decir, es ahora para el PSOE una nueva plaza.
Montero no necesitaba en el Congreso nada más que seguir en el asiento, volver a sentarse en el escaño azul después de soltar la falacia, la perogrullada, la distracción o la tontería
Montero mete la pata, hasta que tiembla el tablaíllo, y Marlaska mete la pata también, a conjunto, con sincronía asincopada de cuadro flamenco. Marlaska es otro que no deja de meter la pata pero ahí sigue, aguantando gorrazos, desastres y espolones. Hasta Susana Díaz (ay, la pobre Susana, ánima en pena, espectro de hospicio, heredera con máscara de hierro y, al final, otra convidada lúgubre e inofensiva del sanchismo); hasta Susana, decía, ha señalado el error de Marlaska al no ir al funeral de los guardias civiles, que se han guardado por ello una afrenta como de vikingo. Pero no sólo se trata de estos errores, a los que podríamos añadir también las oscuridades ojerosas del expresidente de la SEPI. Es más bien el error de concepto, la mala decisión de ir a la guerra sin máquina de guerra, o de ir a otra guerra que no es la de Andalucía, seguir en la guerra de Sánchez, que no se juega en Andalucía ni se juega ahora. Así, como en caballo de cartón o con caballo de verdad pero en pelota, creo que es imposible conquistar nada. Menos todavía la Andalucía de Moreno Bonilla, que a mí me parece sólida por simple negación de la Andalucía socialista (tampoco Moreno Bonilla ha hecho mucho más que sonreír y cantar, como el chaval de guateque que aún parece).
María Jesús Montero no es una buena candidata, lo que pasa es que el PSOE nunca necesitó buenos candidatos en Andalucía y quizá todavía les tira la vieja costumbre, convertida ya en vicio ancestral (me ha recordado a lo de Tom Sharpe). El PSOE chavista y poschavista nunca necesitó siquiera gobernar realmente Andalucía, sino que funcionara ese tornillo sin fin que repartía presupuesto y puestos (como auténticos puestos de montería) para los clanes y los clientes, para los carguitos y las familias, que no dejaban de piar en el nido. En esto se parece al PSOE de Sánchez, y a lo mejor es lo que confunde o ciega a nuestro presidente. Pero la máquina ya se ha estropeado, la han descuajeringado ellos mismos, y es lo que no entiende uno, que Sánchez no se haya dado cuenta de que no funciona la cosechadora o la desmotadora, y de que manda a sus candidatos enseñoritingados como contra piquetes con bieldo y tea. Sánchez aún puede guardar algún truco (retener el poder permite todavía trucos, triquiñuelas y hasta milagros). Pero Montero no tiene nada, sólo la lengua glutinosa, el polisón de cortina y el puñito lleno de tierra, como una señorita de Atlanta en el fin del mundo, de su mundo.
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