Opinión

EL GOLPE

PNV: las nueces y la manteca

PNV: las nueces y la manteca
El presidente del EBB de EAJ-PNV, Aitor Esteban | Europa Press

Han pactado con todos, han recogido nueces, han callado bajo la boina, han sido racistas de berza, beatos de perol, absolutistas de lo suyo, progresistas de la prehistoria, joteros de Dios y soldados de la raza y de la manteca. Y, sobre todo, siguen siendo víctimas. El PNV ya sale en los informes de la UCO alrededor de Leire Díez y de Tubos Reunidos, algo que no tiene por qué significar todavía nada pero en el caso del PNV aún significa menos. Quiero decir que el PNV parece siempre, y a la vez, protagonista y damnificado de todo lo que pasa en el País Vasco o en España, desde ETA hasta la fontanera con katiuskas de mierda, desde Franco hasta Sánchez. Es una especie de dualidad o bilocación histórica o política que a uno le parece un superpoder o, al menos, un gran talento. Pase lo que pase, el PNV siempre se desliza por entre las grietas, los dedos o los mundos, nunca tiene la culpa de nada y siempre terminamos debiéndole todo. Sí, el PNV es esa cosa blandita y rocosa, eterna y voluble, penosa y orgullosa, santa y mundana, que repta por la historia llevando su mitología como un menhir y el martirio de sus privilegios como una sed insaciable. Y ahí sigue, sustento de todo y responsable de nada, lo mismo de su propia tierra que del Gobierno de Sánchez.

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Es todo muy difícil, muy pesado, muy duro para el PNV, llevar la patria de piedra, la sangre de hierro, el crucifijo de mármol, la quijada de hueso, la barriga de vino, el corazón de oro, la opresión de los siglos, sus cupos y fueros medievales que son como ir con armadura y mandoble… Aunque quizá lo más duro debe de ser ahora cargar con España como con un galeón, que recaiga sobre ellos el equilibrio político, institucional y hasta moral de España. Pero a la vez es todo muy fácil y muy leve, porque se trata de pedir siempre lo mismo, en Madrid o en el txoko, y de hacer siempre lo mismo, en la misa y en el Congreso, y de soltar, allí o aquí, el mismo discurso de botafumeiro y sopa caldosa, y contar y llorar siempre lo que se tiene o falta para la patria perdida o ganada y para el honor perdido o ganado. Yo creo que todo lo que le pesa al PNV es ropón, calderería racial, tonelería mitológica, cristología mineral y vegetal, con sus altares y árboles de druida. Y lo que lo aligera, que es lo verdaderamente importante, es esa gracilidad que les permite adaptarse casi a cualquier cosa.

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El PNV se adapta a la paz, la guerra, la libertad, la opresión, el silencio, el heroísmo, la complicidad, la democracia, la cueva, la izquierda, la derecha... Sobre todo a la izquierda y la derecha, ellos que están entre el dinero y la tribu, entre la carcundia y la revolución, entre el carlismo y la republiqueta. Yo creo que el PNV finge cargazón histórica, con toda esa gente y esa liturgia orondas y contrachapadas, como blasones de forja, porque todos los nacionalismos se tienen que vender como una cosa imparable e inevitable en la historia, una fuerza inercial y morrocotuda. Pero en realidad lo suyo es lo más sencillo y transparente del mundo, pedir y recolectar, como un cojo de iglesia. Lo suyo es el colmo de la levedad porque les sirve casi cualquier cosa material que puedan llevar al pajar y cualquier cosa simbólica que siga haciendo rodar la eternidad de sus afanes insatisfechos y ufanos, orgullosos y melancólicos, incluida su triste riqueza, siempre incompleta, y su huraña singularidad, siempre invadida.

Sabemos que no entrarán en una moción de censura ni harán caer al Gobierno, pero no ya porque los visitara Leire, sino porque esta situación, esta España, todavía les sirve

El PNV pasa por la historia moderna del País Vasco llenándolo todo y, a la vez, teniendo que decir que está todo vacío, algo así como las religiones (los nacionalismos son religiones de paraíso siempre aplazado y casta sacerdotal siempre al día). No es que el PNV no tenga responsabilidad ni culpa de nada, ni con ETA ni con las empresas de tubos rescatadas con mordida, epítome del industrialismo hueco; ni con lo que pasa en España ni con lo que pasa con Sánchez. Es que todo se desdibuja en su papel ambiguo o contradictorio. Tienen que mantener a la vez, día a día, su éxito y su fracaso, la vigencia de la promesa siempre aplazada y de la presencia del partido siempre necesaria. El partido nacionalista que no consigue la nación, pero que quiere seguir dirigiéndolos a todos en esa tarea inacabable, es quizá el mejor negocio político que puede existir (en vez de la nación podría ser la república, o la revolución, o cualquier otro cebo más sentimental que político). El PNV no puede gobernar ni muy bien ni muy mal, no puede conseguirlo todo ni no conseguir nada, no puede parecer que lo controla todo ni que no se entera de nada, ni en Madrid ni en el País Vasco. Están y no están, aparecen y desaparecen, aleccionan y se olvidan, exigen y consienten, consiguen y se retiran… Y les es posible conllevar la pureza y la corrupción, el partido eclesial casi omnipotente y el partido terrenal tan limitado, allí y aquí, igual que les es posible conllevar la mitología y la pela, el progresismo y el medievo, Sánchez y cualquier otro que toque.

Han pactado con todos y han burlado a todos, han recogido nueces y huesos, se han escondido debajo del rabo de la boina y debajo del faldón de los curas, han sido arios de requesón, socialdemócratas avaros y joseantonianos de lo vasco. Y, sobre todo, siguen siendo víctimas y héroes. Son ambiguos y escurridizos, bamboleantes y curiles, pomposos y cobardes. El PNV aparece ya en los informes de la UCO, pero es que aparece en casi todos lados, a veces encargándose del asunto, a veces dando lecciones como de latín agreste y, a veces, simplemente, no haciendo nada. Sabemos que no entrarán en una moción de censura ni harán caer al Gobierno, pero no ya porque los visitara Leire como la muerte con guadaña de cizalla, que no tiene por qué significar nada, sino porque esto, esta situación, esta España, todavía les sirve. Como digo, les sirve casi cualquier cosa, incluido Sánchez. Sánchez, en realidad, ni siquiera es lo peor que han usado para lo suyo, esa cosa frágil y tenaz, posible e imposible, gloriosa e ignominiosa.

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