Los periodistas no son oráculos, ni sacerdotes, ni viudos de sus fuentes, ni evangelistas con revólver y whisky en el cajón, aunque a veces lo parezcan. En los tribunales parece que se espera al periodista como a la señora con la balanza o al ángel con la espada, porque esta sociedad que tiene urgencia de todo y exigencia de nada lo que quiere es un veredicto para poder pasar a otra cosa. “Lo que no está en los autos no está en el mundo”, dice un famoso aforismo jurídico que suele mencionar, y lo hacía el otro día en algún sitio, el juez Emilio Calatayud, que se ha jubilado como de pastor o alfarero y ya sólo dice verdades simples, antiguas y fuertes que huelen a requesón. Es decir, la verdad jurídica es una verdad documentada, no es la verdad filosófica ni moral ni romántica, ni siquiera la del periodista romántico, con sombrero de humo y estilete de sangre, indistinguible a veces del bandido romántico. O sea, que ya pueden venir periodistas como musas, o musas como periodistas, o santones como esbirros, o esbirros como santones, enredados en sus ropajes intrínsecamente arrugados, cargando sus libros de mármol y sus quinqués de petróleo, que sus testimonios valdrán lo que los de cualquier otro, que puede ser nada si el tribunal no puede verificar la veracidad de sus afirmaciones o se contradicen con pruebas documentales.
No hay diferencia entre que afirme algo en sede judicial un periodista con lamparón de tinta o lo haga una viuda con lágrima de peca, que además los dos siempre se mueven un poco en la sospecha, la penuria, la fidelidad, el interés y el morbo. La canalla ha renunciado a ser la canalla, ahora son todos sacerdotes de la verdad como sacerdotes de Amón y montan en cólera cuando se duda de su santidad panzona y de sus afirmaciones catedralicias. Y se vuelven más santones y engolados, con gola de corbatilla floja, cuanto más evidente resulta que hace mucho que dejaron de buscar la verdad para dedicarse a buscar el calorcillo. Uno no es que no entienda el secreto profesional, lo que resulta sospechoso es ese intento de enfrentar dos legitimidades, la judicial y la moral, que a mí me parece una artimaña nada inocente, viendo a quién beneficia. En el momento en que uno afirma saber que el acusado es inocente, sin aportar más pruebas, está coaccionando al tribunal, que si acaso lo condena será acusado de todo y de más (por eso el presidente del tribunal lo consideró “una amenaza”). En realidad, lo que se intenta con eso es anular la verdad judicial, el proceder judicial, el latín granadino que usa tanto Calatayud pero ya usaban mucho antes los romanos por algo. Por eso la moralización o trivialización de la verdad judicial no es inocente.
Con los periodistas como viudas, en su sentimentalidad propia, en la verdad indubitable de la fe como la del dolor, lo que pasa es que se termina juzgando al fiscal general con argumentos televisivos, como si le acusaran de edredoning. Eso es justo lo que ha hecho Sánchez, declarando ya inocente a su alguacilillo ante la irrebatibilidad del argumento sentimental, televisivo, tertulianés, que puede que al final no sea un argumento jurídico válido por aquello de los romanos. En realidad están preparando sus huestes para un conflicto de legitimidad entre poderes del Estado, que diríamos que es algo por lo que empiezan todos los autócratas si Sánchez no llevara con eso mucho tiempo. El conflicto, la verdad, ya está planteado, estudiado y preparado: si hay condena, será lawfare o incluso blasfemia, apoyándose en los sacerdotes de Amón, y si hay absolución, dirán que es la prueba de que el lawfare se produjo antes, que García Ortiz nunca debería haber llegado a juicio. Estos planteamientos ventajistas nunca nos van a llevar ni a la verdad ni a la justicia, que es una manera de probar que no quieren ni la verdad ni la justicia.
El Supremo tomará una decisión, no según el sanchismo ni los que le vacían el cenicero al sanchismo sino según los viejos latines, y ya está
El periodismo, aun metiendo su poco de poesía y de gafa gorda (la gafa puede ser el estilo, la ideología o incluso el interés), no debería ignorar la verdad ni aventar la mentira, pero ni la verdad ni la mentira son ya lo que eran, no sólo por la posmodernidad ni por Internet sino por los populistas y los cínicos que nos han ido convenciendo de que sólo importa la victoria. La gente ya no compra verdad, compra reafirmación, consuelo, esperanza, venganza, superioridad o abotagamiento, mientras que el poder compra propaganda, vasallaje y más poder. La verdad judicial, sin embargo, requiere que la evidencia sea tangible y verificable, que es por lo que todo es tan complicado y los señores jueces parecen contables de madera, no como los plumillas, tan apasionados y a veces tan inmorales como los políticos (antes más inmorales, ya digo, que ahora van con dilema moral como monjas que van con bicicleta). A veces es más fácil, como cuando el periodista sólo tiene que contar que Leire Díez se llegó a la redacción para venderles un vídeo guarro como si les vendiera una manta zamorana. Pero otras veces no, otras veces el juicio parece Rashomon, y aun así el juez no puede adivinar, apostar, decidir creer o decidir ignorar, pedir el comodín del público, del cuñado o de Sánchez, que es lo que quisiera Sánchez.
“Quod non est in actis non est in mundo”, claro, pero es que eso, que suena a latín hasta en español, no lo entiende nadie aquí. Aquí más bien se trata de que lo que no dice tu partido no está en el mundo, y de que sólo lo que dice tu partido debe estar en el mundo. Y en el partido y en el mundo meto a todos los que dicen siempre exactamente lo mismo que dice el partido, por las redacciones angelicales y por los sotanillos infernales. Por eso Sánchez no se preocupa de la verdad, de si lo pueden pillar o se puede rebatir él mismo en declaraciones de hace unos años o unos días. Ni los periodistas, muchas veces, tampoco. Los jueces no pueden hacer eso, el Supremo no va a hacer eso, que además sería delito, cosa que todavía no pasa con la mentira y la caradura de los políticos. Pero muchos, ya ven, han decidido creer a los políticos mentirosos y a los que dicen lo mismo que los políticos mentirosos antes que confiar en el trabajo de los jueces con sus cuentas y centones. Lo que pasa es que no creer a los políticos es lo normal y pensar que los jueces no son jueces sino esbirros nos lleva al bananerismo, donde quizá ya estamos. El Supremo tomará una decisión, no según el sanchismo ni los que le vacían el cenicero al sanchismo sino según los viejos latines, y ya está. Lo mismo su verdad no es la de unos ni la de otros. Ya hará el ciudadano su propio juicio, más en español, con todo lo que ha visto y oído.
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4 Comentarios
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hace 3 semanas
Por ahora, lo que está ya demostrado es que mintió Ayuso, mintió su Amador y mintió su gorila de pelo blanco.
No se si los periodistas mienten, pero son muchos los que dicen lo mismo.
hace 3 semanas
La unidad operativa nada de nada del fiscal, se quedan en lo obvio (la fiscalia). Solo les queda que algunos de los juzgadores sean del ala de los fanáticos.
hace 3 semanas
«que puede ser nada si el tribunal no puede verificar la veracidad de sus afirmaciones o se contradicen con pruebas documentales.»
Daban asco ciertas deposiciones… con la de del que ha pasado a EL PAIS gracias de sus servicios.
He sido un buen retrato.
hace 3 semanas
Que placer de lectura… y de análisis mordaz sobre la podredumbre de los panfleteros del sanchismo.