Hay una escena que se repite, con ligeras variaciones, en miles de casas y en casi todas las épocas. Un hombre mayor está sentado en un sillón, junto a una lámpara, con un libro abierto sobre las rodillas. No habla ni pide nada, apenas pasa una página cada pocos minutos y al hacerlo se humedece el pulgar con un gesto antiguo, casi litúrgico, mientras en un rincón de la misma habitación un niño juega en el suelo, distraído, y de vez en cuando levanta la vista hacia ese adulto absorto en algo que todavía no entiende. No ocurre nada, y sin embargo ocurre lo decisivo, porque ese niño está aprendiendo, sin que nadie se lo diga, que los adultos no solo heredan muebles, apellidos, fotografías y manías, sino también una manera de orientarse en el mundo, y que esa orientación tiene a veces la forma silenciosa de un libro.
Lo cuento porque hace poco María Pombo afirmó –provocando una de esas polémicas efímeras, como todas las polémicas digitales– que leer no te hace mejor persona, y tenía razón, aunque no del todo en el sentido que la frase parecía sugerir. Leer no concede ninguna superioridad moral. La historia está llena de lectores voraces que fueron monstruos, de bibliotecas inmensas puestas al servicio de la crueldad, de hombres cultísimos capaces de firmar deportaciones por la tarde después de haber leído a Goethe por la mañana. La bondad no se mide en páginas, y quien busca en los libros un certificado de virtud se equivoca de puerta. Conviene concederlo cuanto antes, sin regatear, porque solo desde esa concesión puede defenderse lo que de verdad importa, ya que la cuestión nunca fue si la lectura nos vuelve buenos, sino que la lectura promete algo más modesto y por eso mismo más duradero: nos da con qué pensar.
Leer es reunir materiales para que la cabeza pueda construir algo parecido a un criterio en medio del ruido. Quien ha leído mucho dispone de un repertorio de voces con las que discutir cuando algo le interesa, le irrita o le seduce, y ese repertorio es precisamente lo que distingue al que opina del que solo repite. El espíritu crítico no brota por generación espontánea, se forma por fricción, en el roce con las mejores inteligencias que ha producido la especie, las antiguas y las contemporáneas, las que pensaron contra su tiempo y las que lo entendieron mejor que nadie. Una mente se forma cuando aprende a convivir con argumentos incompatibles, porque quien solo ha escuchado una versión del mundo no tiene criterio sino una consigna, y el criterio aparece cuando uno ha frecuentado autores que se contradicen, que defienden con igual brillantez tesis opuestas, y se ha visto obligado a decidir por sí mismo dónde está la razón y dónde el espejismo.
Se puede leer por narcisismo, por acumulación, por vanidad o por mera pertenencia a una tribu cultural. Hay bibliotecas que no abren ventanas sino que cavan trincheras
Esa gimnasia, repetida durante años, va dejando en la cabeza una arquitectura, unos tabiques, unas vigas maestras, una forma de sostener el juicio cuando llega la hora de juzgar de verdad, ante una noticia sospechosamente perfecta, ante una mentira bien contada, ante esa presión mansa del grupo que exige obediencia en nombre del consenso. El lector no es necesariamente mejor persona, pero suele ser más difícil de engañar.
Hay además algo que la lectura hace y que ninguna otra cosa hace igual, y es prestarnos vidas que no son la nuestra. Quien lee no vive una sola existencia, vive mil, se mete en la piel del campesino ruso y del oficial que lo desprecia, de la mujer del diecinueve a la que se le niega todo y del hombre que se lo niega, del condenado y del juez que lo sentencia, del que huye de noche y del que lo persigue con una linterna. Ningún viaje, ninguna fortuna, ninguna vida por larga que fuese nos permitiría calzarnos tantos zapatos ajenos, sentir desde dentro lo que sintieron personas que jamás conoceremos y que quizá nunca existieron, y que sin embargo nos dejan en el cuerpo una experiencia que después opera en nosotros como si hubiese sido propia. Esa multiplicación silenciosa de las vidas no nos vuelve mejores, pero ensancha de una manera prodigiosa lo que somos capaces de comprender, y comprender un poco más a los demás es ya, sin que nadie lo prometa, una forma discreta de no estar del todo solo.
Tampoco cualquier lectura produce esos efectos, y conviene decirlo para no caer en la mitología complaciente del lector, porque se puede leer por narcisismo, por acumulación, por vanidad o por mera pertenencia a una tribu cultural, y hay bibliotecas que no abren ventanas sino que cavan trincheras, lectores que no buscan comprender sino blindar con citas lo que ya pensaban antes de abrir el libro. La lectura solo empieza a operar de verdad cuando introduce una resistencia dentro de nosotros, cuando obliga a escuchar una voz que no habríamos invitado a nuestra mesa, de modo que leer para confirmar lo que ya creíamos no forma criterio sino que lo acoraza, y por eso el verdadero argumento nunca fue leer mucho sino leer contra uno mismo.
Y aquí aparece la segunda mitad de la verdad, la que aquella frase rápida no alcanzaba a ver, y es que a leer no se aprende del todo solo ni únicamente por obligación. La escuela puede enseñar a descifrar las letras, puede imponer lecturas, puede ordenar resúmenes y exámenes y comentarios de texto, y todo eso importa, pero el amor a los libros no se decreta, se contagia. Casi nadie se hace lector porque un programa se lo mandara, se hace lector porque vio leer, porque en su casa había un adulto que se retiraba al silencio con un volumen entre las manos, porque el ejemplo entró por los ojos antes que por los argumentos. El niño del sillón no recibió una lección, recibió un testimonio, y el testimonio es la pedagogía más honda porque no se predica, se encarna.
Leer sigue siendo imprescindible no porque salve, que no salva, ni porque purifique, que no purifica, sino porque entrega una brújula
Por eso la lectura es, más que un hábito individual, una herencia que cruza las generaciones casi en silencio, de modo que lo que uno vio en sus abuelos lo reproduce sin darse cuenta ante sus hijos, y lo que vivió de niño lo transmite después con el mismo gesto callado, sin discursos y sin solemnidad, sentándose simplemente a leer donde los pequeños puedan verlo. No siempre ocurre, claro, porque ninguna herencia es automática, hay quien rompe la cadena y hay lectores espléndidos nacidos en casas sin un solo libro, pero cuando esa transmisión funciona lo hace con una hondura que ningún programa escolar puede sustituir, y a veces bastan un sillón, una lámpara y un adulto que no finja, que lea de verdad porque lo necesita, para que el hilo invisible siga pasando de una mano a otra.
De ahí que sostenga, sin solemnidad pero con convicción, que leer sigue siendo imprescindible, no porque salve, que no salva, ni porque purifique, que no purifica, sino porque entrega una brújula. La brújula no decide el rumbo por nosotros, no nos ahorra el viaje ni el error ni la intemperie, solo nos indica dónde está el norte cuando todo alrededor empuja a perderlo, y en un tiempo de ruido permanente, de opiniones gritadas y certezas de quince segundos, esa orientación interior vale más que nunca. María Pombo tenía razón en la frase y se equivocaba, quizá, en la conclusión que muchos extrajeron de ella, porque leer no nos hace mejores, nos hace más libres, que no es lo mismo, y a veces es mucho más.
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