Opinión

El poder menguante del estigma ultra

El candidato a la presidencia de Colombia Abelardo de la Espriella votando este domingo en Barranquilla.
Abelardo de la Espriella tras depositar su voto en Barranquilla en las últimas elecciones colombianas.

Abelardo de la Espriella ganó las elecciones en Colombia y otra vez apareció el titular de "victoria del candidato ultraderechista". La etiqueta está tan reutilizada que es difícil para los lectores saber qué conclusiones sacar con ella. Si se refiere a que Espriella es admirador del pintor austriaco y planea abolir la democracia de su país, si es porque tiene valores cristianos y planea retirar subvenciones al aborto o si es porque aplica una 'prioridad nacional' para perjudicar la inmigración ilegal. Hace tiempo que la etiqueta ultra está bastante desgastada. Pero, recientemente, la última evolución geoestratégica puede acabar destruyéndola definitivamente al ocurrir algo que es muy difícil de compatibilizar con la función para la que fue elaborada: que varios candidatos con esa etiqueta se han convertido en presidentes de sus respectivos países.

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El uso de la etiqueta 'ultra' siempre ha resultado un tanto discrecional. Al mismo tiempo que Abelardo de la Espriella ganaba en Colombia, Keiko Fujimori se convertía en presidenta de Perú. Con ella la etiqueta ha sido usada un poco menos, a pesar de que fue primera dama en el Gobierno de su padre en unos momentos donde algo se alteraron las estrategias democráticas de la época, pero ahí la etiqueta fue para el derrotado Aliaga.

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¡Que viene el lobo!

La etiqueta de 'candidato de la ultraderecha' que colocaba la prensa occidental sobre determinados candidatos era, algo así como un certificado de salud ante productos defectuosos. Era la forma en la que se informaba a los lectores españoles interesados por el cotarro internacional de qué candidato les tenía que parecer peligroso, dañino y contaminante antes incluso de conocer su propuesta. La etiqueta solía ir acompañada de una foto del candidato con cara de mala leche, sacada oportunamente en algún momento en el que estuviera alzando la voz durante un mitin. Aquellos tipos sobre los que caía la etiqueta 'ultra', se llamaran Jean Marie Le Pen, Giorgio Almirante o Haider sólo podían ser catalogados como indeseables, racistas o neonazis que si algún día llegaban al poder no harían otra cosa que destruir las instituciones democráticas y volver a los tiempos de los campos de concentración. Se despertaba una percepción sobre ellos similar a la que tienen los niños ante los guiñoles del Retiro, que debían abuchear cuando en un extremo del escenario aparecía la bruja o el ogro. El PSOE encantado con ese relato y el PP más aún, porque se presentaba como el partido que lograba evitar que hubiera ultras equivalentes en España a base de hacer el sacrificio de aceptar en sus arcas a sus "odiosos" votantes, sólo por la filantropía de domesticarlos. Y siempre había quienes, mágicamente, lograban librarse de esa etiqueta, como Silvio Berlusconi, a pesar de que tenía algún neomussoliniano en sus listas, pero sus contactos mediáticos jugaban a favor. Un logro pepero que se encargó de destruir la etapa de Mariano Rajoy.

La antaño tan efectiva etiqueta queda inutilizada si los candidatos comienzan a gobernar y resulta que no pasa nada

El problema del estigma ultra y del "¡que viene el lobo!" es que es muy difícil mantenerlo si comienza a haber demasiados presidentes o primeros ministros gobernando a los que se les ha puesto esa etiqueta y todavía no han implantado dictaduras militares suficientemente contundentes como para hacer valer el relato.

Giorgia Meloni, etiquetada como ultraderechista, ganó las elecciones en Italia en 2022. Proveniente del antiguo MSI fascista de Giorgio Almirante y Gianfranco Fini, no parece haber convencido a demasiada gente de que su Gobierno quiera destruir la democracia en Italia.

José Antonio Kast, etiquetado como ultraderechista, fue elegido presidente de Chile en 2025. Era interesante ver cómo TVE informaba de aquellos comicios definiendo a Kast como "candidato de la ultraderecha", al tiempo que se refería a sus rivales de la izquierda, primero Boric y luego Jara, como "candidatos de la izquierda radical", pero sin el apelativo "ultra", a pesar de que su partido fuera el Partido Comunista. En el tiempo que lleva tampoco parece que Kast quiera resucitar bajo su mando el sistema de Pinochet, por mucho que fuera el gobierno en el que participó su hermano Miguel.

A Javier Milei, etiquetado como ultraderechista, se le ve hacer muchos histrionismos, pero a la hora de la verdad no parece dar el perfil de querer reinstaurar las Juntas Militares en su país. Nayib Bukele, etiquetado también como ultraderechista, aparece más identificado como el resultado de un país enfermo de delincuencia durante demasiado tiempo que como un nuevo tirano.

Al final, demasiados candidatos con la etiqueta 'ultraderechista' están llegando al poder. Y, aparentemente sus mandatos llegarán y pasarán como los de todos sus antecesores. Unos acertarán, otros se equivocarán y otros cometerán desastres y escándalos. Unos serán reelegidos, otros perderán las elecciones y saldrán del poder, como Orbán en Hungría.

Pero así a voz de pronto no parece que las democracias políticas que pudieron soportar a mandatarios como Menem y los Kirchner, como Piñera y Bachelet, como Andreotti o Craxi y como Pastrana y Petro estén en riesgo de muerte por padecer ahora a Milei, Kast, Meloni y Espriella.

Incluso los EEUU con ese Donald Trump, también etiquetado como ultraderechista, y pintado de manera tan monstruosa a diario en lo que parece ser una obligación de todo informador sensato, finalizará su mandato en dos años sin que haya sido más o menos letal para el sistema que lo que lo fueron muchos de sus antecesores, empezando por Nixon y Carter y acabando por el propio Biden. Y no parece descabellado pensar que el partido de Marine Le Pen pueda acabar gobernando en Francia una vez su fundadora termine de reflexionar sobre si su apellido suma o resta más a su proyecto.

La antaño tan efectiva etiqueta de 'candidato ultra' que "singularizaba" a unos candidatos sobre otros queda definitivamente inutilizada si estos candidatos comienzan a gobernar y resulta que no son tan "singulares" como los informadores nos preconizaban.

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