Salud

Trombosis inducidas por vacunas: en qué consisten, cómo se detectan y se tratan

Un vial con la vacuna de AstraZeneca, en un dispositivo de vacunación masiva frente al Covid-19.

Un vial con la vacuna de AstraZeneca, en un dispositivo de vacunación masiva frente al Covid-19. Juan Manuel Serrano Arce / Europa Press

Aunque la investigación sigue en curso, la Agencia Europea del Medicamento ya ha establecido un vínculo entre las vacunas del Covid basadas en adenovirus (AstraZeneca y Janssen) y la aparición de un tipo específico de trombosis a la que ya se ha puesto nombre: trombosis trombocitopénica inmune inducida por la vacuna (VIPIT por sus siglas en inglés).

Estas reacciones son muy infrecuentes y precisamente por ello, los médicos aún no se atreven a establecer una incidencia exacta. “Es un rareza y aunque no conoce con exactitud, los últimos datos hablan de un caso por cada 200.000 vacunados”, explica el hematólogo José Ramón González-Porras, del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca.

Fueron precisamente los hematólogos, destaca González-Porras, quienes contribuyeron a dar con la clave cuando aún no se sabía qué estaba pasando exactamente. “Fueron los que abrieron los ojos sobre la relación entre las trombosis y la trombocitopenia, es decir, la bajada de plaquetas”.

“Nada que ver con las trombosis clásicas”

Así descubrieron que estas reacciones “no tienen nada que ver con las trombosis clásicas, que son multifactoriales, suelen tener una base genética y un condicionante ambiental, que puede conocerse o no y que va desde una inmovilización, una cirugía o la ingesta de determinados fármacos como la píldora”. González-Porras subraya esta separación: “Es muy importante saber que no tienen relación para que la gente entienda que no es un factor de riesgo haber padecido un trombo en el pasado, tener una enfermedad trombofílica o tomar algún medicamento protrombótico, porque el mecanismo es totalmente distinto”.

La rápida identificación de estas trombosis – que se ha debido a la eficacia de la farmacovigilancia – ha permitido que semanas después de la aparición de los primeros casos “se tenga ya identificado el trombo que se produce y eso permita tratarlo eficazmente”, subraya el hematólogo.

Ese rápido tratamiento conseguirá, además, que aunque se trata de efectos adversos graves, “la mortalidad pueda seguir disminuyendo”, según González –Porras: “Los últimos datos de Reino Unido nos indican que se da aproximadamente un caso por cada 200.000 casos y una mortalidad de alrededor del 20%. Pero pensamos que con la identificación y tratamiento precoz de los casos podemos ir bajando esa letalidad”.

Por qué se producen

Aunque quedan algunas incógnitas por despejar, los médicos ya saben que esta reacción es un fenómeno inmunomediado – causado por el sistema inmune. Es una partícula de la vacuna de adenovirus – se sospechan algunas pero no se sabe cuál es – «se une a una proteína de las plaquetas y genera un complejo nuevo llamado factor 4 plaquetario, para el que el sistema inmune genera anticuerpos que hacen que disminuyan las plaquetas y un aumento de la situación protrombótica», explica el hematólogo.

La enfermedad es muy similar a un efecto secundario ya identificado con la heparina y eso ha ayudado a descubrir que precisamente estos pacientes no pueden ser tratados con heparina contra esos trombos, porque precisamente la heparina produciría un aumento de esos anticuerpos y empeoraría el pronóstico.

La formación de esos anticuerpos necesita al menos cuatro días desde que el cuerpo entra en contacto con la sustancia. «Por ello sabemos ahora que los síntomas hay que vigilarlos desde los cuatro días, porque es el mínimo tiempo que el cuerpo necesita para crear esos anticuerpos. En los casos estudiados se ha visto que pueden aparecer hasta los 20 días posteriores a la vacunación», explica González-Porras.

Síntomas de alerta

La Agencia Europea del Medicamento ya ha establecido los síntomas que, tras la vacunación, deben consultarse en un centro sanitario de forma inmediata. Son la disnea, el dolor abdominal o cefalea persistentes, especialmente si va acompañado de visión borrosa. También hematomas pequeños o petequias en lugares del cuerpo distintos al de la administración de la vacuna, o hinchazón en las piernas.

González-Porras incide en la necesidad de alerta pero también de atenerse a los síntomas indicados: «Se ha visto en los últimos días un aumento excesivo en algunas urgencias de personas con síntomas parecidos, por eso hay que pensar si se está en los plazos establecidos y que los dolores sean persistentes, aproximadamente 24 horas, o menos si se acompañan de otros de los síntomas».

Detección en los hospitales

Las sociedades científicas relacionadas con estas patologías ya han establecido protocolos de actuación ante la sospecha de una reacción adversa de este tipo. «Lo primero que debe hacer el sanitario que tenga la sospecha es un hemograma. Una analítica de sangre para ver si las plaquetas están bajas», explica el hematólogo.

El número de plaquetas «debería mirarse en relación al histórico del paciente, pero, en cualquier caso, la alerta estaría en un nivel menor de 100.000». Después, explica el médico, «si se sospecha de la ubicación del trombo, en el caso por ejemplo de fuerte dolor de cabeza o hinchazón en una pierna, se harían pruebas de imagen para buscarlo. Y se haría también una prueba Elisa [diagnóstica] para detectar los anticuerpos que están causando la trombocitopenia».

González-Porras explica, no obstante, que si se da la bajada de plaquetas y sintomatología no se esperaría a obtener resultados de la prueba Elisa: «Se trata con carácter urgente, porque es un síndrome protrombótico muy activo y si afecta a un órgano vital puede ser muy grave o provocar la muerte».

Tratamiento para VIPIT

El paciente que cumpla las características debe quedar ingresado y el primer fármaco a administrar sería un anticoagulante no heparínico. «La heparina empeoraría el pronóstico, hay varios tipos de anticoagulantes alternativos que se pueden administrar», explica González-Porras.

Por otro lado, se le administrarán inmunoglobulinas: «Su misión es interrumpir la unión de los anticuerpos con las células para evitar la producción de los anticuerpos».

El margen para tratar a los pacientes es escaso, por ello la importancia de estar alerta. «Todas las reacciones que conocemos se han producido tras la primera dosis, aunque no sabemos si podría ocurrir tras la segunda, por eso es importante conocer más sobre la reacción y lo bueno es que la farmacovigilancia está funcionando de forma tan extraordinaria como lo fue el desarrollo de las vacunas y el conocimiento avanza muy rápido».

Las últimas evidencias sobre los tratamientos se han publicado y se actualizan por parte de la Federación de Asociaciones Científicos Médicas de España (FACME).

Incógnitas por resolver

González-Porras explica que hay dos grandes incógnitas en cuanto al VIPIT, de las que una cree que se despejará antes que la otra. «La primera es identificar qué partícula de la vacuna es la que desencadena la reacción. Se cree que puede ser una proteína del adenovirus, es decir, de la envoltura, o que podría ser parte del ADN sobre el que se escriben las instrucciones de la vacuna».

La segunda incógnita, más importante si cabe, González-Porras la ve más difícil de despejar a corto plazo: «Identificar qué personas están en mayor riesgo de padecer la reacción. Es muy complicado por la escasez de casos, se han dado en personas por debajo de los 60 años fundamentalmente, también mujeres, pero ellas son en muchos casos quienes más han recibido la vacuna y por tanto es imposible de momento hallar una relación. Sí parece lógico pensar que quienes han padecido una trombocitopenia inmune inducida por heparina pueden tener más riesgo y por tanto la vacuna no se les indicaría a ellos», explica.

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