Detalle de una mano que indica "No" durante la votación de la prórroga del estado de alarma. R. RUBIO | EUROPA PRESS

España

De "traidores" a "fascistas" e "indignos": la derecha se instala en una guerra civil

«El centroderecha español ha sido desarticulado. Lo que estaba unido hoy está dividido y, desgraciadamente, parece enfrentado». Estas palabras las pronunció el ex presidente del Gobierno, José María Aznar hace más de dos años, cuando Vox aún no era un mal sueño para el PP, pero sí tenía pesadillas ya con Albert Rivera. Aquel augurio del ex dirigente popular podría trasladarlo perfectamente al presente y nadie se extrañaría. En todo caso, se quedaría muy corto. La derecha entonces estaba dividida e, incluso, enemistada, sí. Pero hoy unos y otros se han declarado abiertamente la guerra y ninguno parece estar dispuesto a hacer prisioneros.

Hace tiempo -más o menos desde que Inés Arrimadas dio un giro de 180 grados a la línea política de su partido- que los naranjas son unos «traidores» para Vox y éstos unos «nostálgicos» de la dictadura para la formación liberal. El PP siempre ha caminado en medio, sin desligar su camino del de los liberales -con quienes comulgan sobre todo en política económica- ni tampoco del de Vox, con los que Casado ha evitado siempre el cuerpo a cuerpo. Si algo no compartía con ellos lo callaba, apartaba y seguía su camino, a sabiendas de que múltiples ayuntamientos, autonomías e, incluso, su propio camino hacia el Palacio de la Moncloa dependía de mantener el apoyo a futuros de una fuerza con trayectoria ascendente y ya consolidada en la recámara.

Pero la doble lectura de la moción de censura de Vox -contra Sánchez y también contra Casado– fue la gota que colmó la paciencia de un líder de la oposición que aún intenta recuperarse de la debacle sin precedentes que sufrió en las urnas en abril de 2019, con la irrupción de Vox como detonante. Hiciera lo que hiciera, el golpe parecía asegurado. Con un ‘sí’, se habría convertido en la sombra de la «extrema derecha», como ellos mismos denominan abiertamente al partido situado a su derecha. Y con un ‘no’, se ubicaba en la foto con el «peor Gobierno en 80 años», que diría Abascal. Pero ni una ni la otra. Casado no votó en contra de una moción contra Sánchez, sino en contra de Vox.

La ruptura fue total. «Es hora de poner las cartas boca arriba», comenzaba. El hemiciclo cogía aire. Y Casado disparaba. «Usted, señor Abascal, sólo ofrece a España fracturas, derrotas y enfados (…). Piensa que la pervivencia de este gobierno radical es su camino para sobrevivir, y piensa que ese camino tiene que pasar por el paisaje de ruina económica y tensión social que otros le dictan y usted ejecuta. Puro populismo. Cuanto peor para España, mejor para usted. O Vox o España». Y remataba: «La verdadera disputa que hay en España no es entre izquierda y derecha. Es entre rupturistas y reformistas. Entre populistas y demócratas. Entre radicales y centristas. Y usted y yo estamos en los lados opuestos (…). Votaremos no a la polarización, a esa España a garrotazos en blanco y negro, de trincheras, ira y miedo». Firmado: Pablo Casado.

Tras semejante discurso, lo único que pudo hacer Abascal fue salir a recoger sus propios pedazos. «No esperaba esto de usted», dijo. Jugaba en casa -era su propia moción de censura, su oportunidad para lucirse, para erigirse como líder indiscutible de la oposición- pero la derrota fue total. Y no por la aritmética de la propia votación, que también, sino porque le salió «el tiro por la culata», como dijo Casado, en su intento por arrinconar al PP. Pero no tardaría en recomponerse para buscar su revancha.

La derecha ha llevado su lucha fratricida al Congreso, que hace las veces de circo romano en esta contienda. Y nada mejor que varias sesiones seguidas con cuestiones tan mediáticas como el debate de la prórroga del estado de alarma o la propia sesión de control al Gobierno como para sacar de nuevo las espadas. La resaca del dicurso de Casado aún continuaba esta semana, pero la tesis ya calaba en sus filas. El martes, en respuesta al discurso que había pronunciado antes que él la diputada de Vox, Rocío de Meer, sobre los menas, José Ortiz (PP) respondía pronunciando las dos palabras que más irritan al partido verde: «extrema derecha». «No se puede rozar e incluso llegar a la xenofobia como en muchas ocasiones les ocurre a ustedes», advertía.

«¡Antes de nuestra aparición, los fascistas eran ustedes para la izquierda!», espetaba Macarena Olona horas después. No acostumbra esta diputada a perder un sólo segundo de su turno de intervención en la Cámara Baja para arremeter sin cuartel contra Sánchez e Iglesias, pero esta vez el objetivo era otro. «Se han sumado a la estigmatización de nuestros votantes clasificándonos de extrema derecha en este hemiciclo. ¿Cómo pueden tener tan poca vergüenza», sostenía, con la mirada fija en la bancada de los populares, a la que Olona delineó como la derecha «sumisa, complaciente, contemplativa» y «lastrada por la corrupción». Tampoco se quedó atrás el veterano diputado ex popular, Ignacio Gil Lázaro, que incidiría en la tesis de que Casado, con su discurso contra Vox, perdió su autoridad como líder de la oposición en favor de Abascal. «No vamos a hacer lo que algún otro hizo la semana pasada para recibir su aplauso hipócrita: una rendición vergonzosa e indigna».

Abascal asestaría el segundo golpe al día siguiente, el jueves. Su estrategia era la que llevaba ya preparada desde la moción de censura: ubicar a Casado como el «servil líder» del «emperador Sánchez». «Señor ministro de la oposición, hay más oposición ahí fuera, en las palabras del señor González, que ha dicho que este estado de alarma es una puñetera locura», arremetía, por la abstención del PP a la prórroga de seis meses.

Al contraataque de Vox los populares responderán con indiferencia, según deslizan fuentes de Génova. El acento lo pondrán en el definitivo giro hacia el centro, alejados de la «confrontación» y del «ruido» y en la apertura de una nueva era de entendimiento -que no es recíproco, porque «el Gobierno se niega a abrir la puerta» a la oposición, según lamentan en el PP- con el PSOE, que ya quedó patente con la oferta de un estado de alarma de dos meses «pese a que siempre hemos criticado ese mecanismo», reconocen, la abstención a la prórroga de la alarma o la «mano tendida» para la renovación del CGPJ.

Tres patas para un mismo banco

La votación del pasado jueves no sólo sirvió para prorrogar el estado de alarma hasta el 9 de mayo. Fue el primer precedente que demuestra a nivel práctico que la fragmentación de la derecha ha llegado a un punto de no retorno: el PP se abstuvo, Vox votó en contra y Ciudadanos a favor, pese a que Sánchez no respetó ni una sola de las condiciones que pusieron: alarma de tres meses y control parlamentario cada 30 días.

Si tanto los discursos como la política de Casado y Abascal comienzan a estar en extremos alejados, la gestión de Arrimadas está ya a años luz de ambos. La lista de bajas de la formación naranja, la fuga de votantes que reflejan las encuestas y el golpe de timón del líder del PP reafirmándose como líder indiscutible del centroderecha deja un espacio muy reducido a Ciudadanos, que maniobra para esquivar su propia desaparición.

Y lo que durante la primera oleada de la pandemia se defendió como un «apoyo puntual» al Gobierno por un momento de excepcionalidad apoyando las sucesivas prórrogas del estado de alarma, se ha convertido hoy en la tónica habitual de la estrategia naranja. Como ha hecho Casado con Abascal, la intención de Arrimadas será subrayar las diferencias que le separan del PP, no digamos de Vox. «Ciudadanos tiene un proyecto de país, no un discurso de media hora», arremetía sin cortapisas la líder liberal hace unos días en TVE, en un órdago velado a Pablo Casado.

La próxima estación que transitará Inés Arrimadas será la de los Presupuestos, a la que tanto PP como Vox se oponen. Fuentes autorizadas del partido confirman que Ciudadanos «peleará hasta el último minuto» por condicionar unas cuentas en las que, aseguran, ya «gotea zumo naranja», incluso aunque Sánchez priorice a ERC en la negociación. La líder naranja peleará por salir en la foto final de los Presupuestos, en la que ya no le incomoda aparecer junto a Pablo Iglesias y comienza a rebajar las molestias respecto a la presencia de Gabriel Rufián, pero «serán ellos los que se encargarán de excluirnos» o «viceversa», sostienen.

Pero el voto favorable tanto a la prórroga de seis meses de estado de alarma como su intención de apoyar los Presupuestos elaborados por Sánchez e Iglesias –Podemos llegó a ridiculizar la «desesperación» de Arrimadas y burlarse de Ciudadanos por «comerse con patatas» las cuentas públicas- puede costarle muy caro a la líder naranja.

A las continuas críticas, más o menos contundentes, de ex altos cargos del partido que contemplan atónitos el giro de Ciudadanos -Juan Carlos Girauta, Marcos de Quinto o Albert Rivera han criticado en mayor o menor medida la gestión de Arrimadas- se ha sumado la actual diputada por Alicante, Marta Martirio, que amagó con saltarse la disciplina de voto que impuso Arrimadas a la prórroga del estado de alarma. «Día muy duro. He tenido que apoyar con mi voto algo que no comaparto. Creo que el Estado de Derecho y el control parlamentario son irrenunciables», escribía en Twitter en un mensaje que borró a los pocos minutos.

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