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Los republicanos partidos por Trump

El asalto es un punto de inflexión para el partido de Lincoln que se dirime entre romper con el trumpismo o seguir su estela

Carmen Vivas

En marzo de 2016 el senador republicano por Utah Mitt Romney, que había perdido las elecciones presidenciales frente a Barack Obama cuatro años antes, dijo sobre el magnate Donald Trump, aspirante a la nominación por el partido del elefante: «Si los republicanos elegimos a Trump, las perspectivas de un futuro seguro y próspero van a reducirse sustancialmente».

Mitt Romney, con quien coincidía el fallecido senador John McCain, reiteraba una y otra vez: «Hoy hay una competencia entre el trumpismo y el republicanismo. El trumpismo se ha asociado con el racismo, la misoginia, el prejuicio, la xenofobia, la vulgaridad y más recientemente la amenaza de violencia. Me repugna cada una de ellas».

En mayo de 2016, el senador republicano por Carolina del Sur Lindsey Graham fue más allá. «Si nominamos a Trump, nos destruiremos… y lo tendremos merecido». Unos días después, Trump lograba suficientes delegados para lograr la nominación.

Hay una competencia entre el ‘trumpismo’ y el republicanismo. El ‘trumpismo’ se ha asociado con el racismo, la misoginia, el prejuicio, la xenfobia, la vulgaridad y la amenaza de la violencia»

mitt romney, senador utah

En noviembre de 2016, Trump ganó contra pronóstico a la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, gracias al giro hacia los republicanos del rust belt, la América más deprimida. Clinton ganó en votos populares pero en el sistema electoral estadounidense eso no sirve para nada.

Una vez que Trump llegó a la Casa Blanca, después de ocho años de mandato del demócrata Barack Obama, Lindsey Graham, como muchos otros congresistas y senadores republicanos que recelaban del Trump candidato, cambiaron su relato: Graham justificó su abuso de poder, avaló las tesis del presidente para rechazar el impeachment, el abandono de las alianzas tradicionales, e incluso disfrutó de jornadas de golf con el presidente.

Como relata Anne Applebaum en un artículo titulado Why do republicans leaders continue to enable Trump?, publicado en The Atlantic, Mitt Romney, sin embargo, permaneció fiel a sus principios durante estos cuatro años. Fue el único senador republicano que votó a favor del impeachment en el Senado en febrero de 2020.

En septiembre de 2018 la solemne despedida al senador John McCain, amigo de Romney, de Graham y de Biden, parecía el entierro del Partido Republicano. Susan Glasser, en The New Yorker, se refería al «encuentro de la Resistencia, bajo techos abovedados y vidrieras».

El asalto, punto de inflexión

El senador Romney tuvo claro de qué se trataba cuando unos miles de seguidores de Trump irrumpieron en el Capitolio para impedir que se confirmara la victoria en las elecciones del demócrata Joe Biden. Aquello no era una gamberrada, sino una insurrección.

«Lo que ha pasado aquí ha sido una insurrección, alentada por el presidente de Estados Unidos. Todos aquellos que elijan continuar apoyando este juego peligroso y rechazar los resultados de unas elecciones democráticas y legítimas serán considerados como cómplices de un ataque sin precedentes contra la democracia. Serán recordados por este papel en un episodio vergonzoso de la Historia Americana. Será su legado».

Para muchos republicanos el asalto al Capitolio, alentado por Trump, marcó un punto de inflexión. «Ya basta», clamaron. Trump se había saltado todas las líneas rojas. Sorprende que no supieran que Trump no tiene límites.

Algunos representantes y senadores ya se habían echado atrás antes del asalto al Capitolio. Habían escuchado cómo Trump presionaba al secretario de estado de Georgia, el republicano Brad Raffesnperger, para que «encontrara» 11.780 votos, los suficientes para ganar el estado sureño. Trump se encontró con un muro.

Tampoco le hizo caso el vicepresidente, Mike Pence, a quien había pedido que no suscribiera los resultados del Colegio Electoral en el Congreso, reunido en sesión conjunta, cuando los hooligans trumpistas irrumpieron en el Capitolio. «La violencia nunca gana. Gana la democracia. Esta sigue siendo la casa del pueblo», dijo después del asalto. Pence, al contrario que Trump, ha anunciado que sí asistirá a la toma de posesión de Joe Biden el 20 de enero.

Y el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, quien se había mostrado en contra de poner trabas a la toma de posesión de Biden. «Nuestra democracia entrará en una espiral mortal», decía McConnell, sobre las pretensiones de no certificar la votación del Colegio Electoral.

Hubo otros republicanos, abanderados por el senador por Texas Ted Cruz, que han seguido a Trump, a pesar de que el presidente ha dejado claro su escaso respeto a las instituciones democráticas. Piensan en 2024. Y creen que el trumpismo va más allá de Trump.

Una lenta agonía

«No existe el Partido Republicano. Murió en 2016, cuando no consiguieron que ganase ninguno de los candidatos tradicionales y gana Trump, un outsider«, señala Ana Polo Alonso, consultora en políticas públicas y fundadora de Courbett Magazine.

Es cierto que el Partido Republicano dista mucho de ser un partido al estilo de los que conocemos en España. «No existe esa disciplina interna, ni el peso burocrático, ni los barones regionales. Es una nebulosa; otra cuestión es el movimiento conservador. Normalmente se aglutinan en la Casa Blanca, y fuera se disgregan», afirma David Sarias, profesor de Historia del Pensamiento Político y Director del Master en Comunicación Social, Política e Institucional en la Universidad San Pablo CEU.

En 2020 ha perdido unas elecciones presidenciales que se han celebrado en un momento excepcional debido a la pandemia del coronavirus. A pesar de la derrota, Trump ha logrado 74 millones de votos. Sin embargo, Joe Biden, que fuera vicepresidente con Barack Obama entre 2008 y 2016, batió un récord histórico con más de 81 millones de votos. En votos electorales Biden obtuvo 306 y Trump, 232.

Pero los republicanos siguen sin la mayoría en la Cámara de Representantes, que acaba de reelegir a Nancy Pelosi como presidenta. Y, más grave, han perdido su control del Senado, que se ha decidido en una segunda vuelta agónica en Georgia.

Los dos aspirantes demócratas en Georgia, el reverendo Raphael Warnock y el joven Jon Ossoff, han logrado dos puestos cruciales en la Cámara Alta, donde hay empate a 50 senadores. Será la presidenta del Senado, la vicepresidenta Kamala Harris, quien tenga el voto de calidad. De todas maneras, gran parte de la legislación precisa una mayoría de 60 senadores.

En el Senado tendrá un papel crucial un senador muy moderado, Joe Manchin, quien es de los pocos en el Partido Demócrata que entiende el lenguaje de la América rural.

Y como colofón, ese espectáculo en el Capitolio, la sede del poder legislativo, por donde se pasearon a sus anchas personajes circenses animados por el presidente en un mitin convocado para denunciar lo que considera que es un fraude electoral. Sin hacer caso de las decisiones de los tribunales estatales y del Supremo.

El partido de Lincoln

Después de estos sucesos, el Partido Republicano está en una encrucijada, según explica Juan Antonio Gurpegui Palacios, investigador del Instituto Franklin. «El Partido Republicano nace de los problemas que atravesó el Partido Whig, en el siglo XIX. Ahora corre peligro de que ocurra algo parecido. Hay riesgo de escisión de la derecha del partido. Un 45% de los votantes republicanos apoyan el asalto al Capitolio, según YouGov. Son muchos para dejarlos escapar», afirma Gurpegui.

El Partido Republicano nace de los problemas que atravesó el Partido Whig en el siglo XIX. Ahora hay riesgo de que ocurra algo parecido»

juan antonio gurpegui, i. franklin

Las divisiones entre antiesclavistas y proesclavistas hicieron que el Partido Whig saltara por los aires. Perdieron abrumadoramente las elecciones de 1852 frente al demócrata Frank Pierce. «El partido está muerto, muerto», dijo entonces Lewis Campbell, representante por Ohio. De esas cenizas nacería en 1854 el Partido Republicano de la mano de Abraham Lincoln, ex líder whig, que ganó la Presidencia en 1860.

Sus principios están condensados en el discurso de Gettysburg, una clara defensa del republicanismo, la igualdad de derechos, la libertad y la democracia. Trump, que asegura que ha sido el mejor presidente de EEUU, salvo quizá Lincoln, llegó a decir que hasta que llegó él «nadie sabía que Lincoln era republicano».

El Grand Old Party siempre fue el partido de Lincoln. Fueron Trump y sus palmeros quienes se olvidaron qué significaba la unidad por la que Lincoln es un icono para republicanos, y también para demócratas.

La grieta de los republicanos

Hay dos o más almas en el Partido Republicano después de estos cuatro años de Trump en la Casa Blanca. Con Trump al frente han movilizado a miles de estadounidenses que antes no se fiaban de los partidos establecidos, a los antiestablishment. Pero han entrado en arenas movedizas.

«La retórica populista de Trump ha funcionado porque ha convencido a la mitad de los republicanos. En dos sentidos. Por un lado con el antagonismo (siempre hay un enemigo al que culpar de todos los males, y ellos son las víctimas), por otro lado con el patriotismo (los enemigos de Trump no sólo van contra él, sino que en realidad están atacando el corazón mismo de Estados Unidos). Se trata de mensajes emocionales, que apelan a la injusticia y al ir contra las élites políticas, que es tremendamente complicado eliminar a través de la racionalidad», afirma Xavier Peytibi, consultor político en Ideograma y coautor de Cómo comunica la alt-right. De la rana Pepe al virus chino. 

O bien el partido endurece algunas posiciones para acercarse al votante ‘trumpiano’ o bien permanece en la moderación a la espera de que los ‘trumpistas’ se desmovilicen»

xavier peytibi, ideograma

«En este sentido, veremos lo que sucede los próximos meses y si esa grieta que se está abriendo entre los republicanos más tradicionales y los republicanos trumpistas se hace más o menos grande. Sea como sea, un partido republicano dividido no ganará. Y hay dos opciones: o bien el partido endurece algunas posiciones para acercarse al votante trumpiano, o bien permanece en la moderación a la espera de que los trumpistas vayan desmovilizándose. Aunque eso último dependerá de Trump y de si pone algún heredero político a su movimiento«, añade Peytibi, autor de Seis historias que explican la victoria de Donald Trump.

Ese heredero bien podría ser parte de su familia, sus hijos Donald Jr o Eric. O incluso él mismo se mantendría al frente durante un tiempo para rentabilizar su marca. Igual que va a crear una red social paralela al ser expulsado de Twitter de forma permanente, también es muy probable que cree una red informativa, una vez visto el gran alcance que tiene.

Trump y sus 74 millones de votantes

Recordemos que Donald Trump, un magnate del sector inmobiliario como su padre, alcanza popularidad gracias a su matrimonio con Ivana, una ex modelo muy avispada. Y esa fama llega al cénit al presentar un reality, El Aprendiz.

También hemos de tener en cuenta que Trump ha conseguido 74 millones de votos, más que ningún otro candidato republicano en la Historia. Es cierto que en estas elecciones la movilización ha sido mayúscula, sin precedentes, y en condiciones excepcionales, debido a la pandemia.

Pero Trump cuenta con un electorado muy fiel. Incluso cuando su popularidad era más baja (40%), entre sus seguidores seguía siendo alta, un 90%. Esos votantes son una amalgama de trumpistas, republicanos clásicos, antidemócratas, y también racistas o autoritarios que en otras ocasiones no se veían representados por ningún partido.

Parte del poder de atracción de Trump se explica por la tradición política americana, que se afianza sobre la política del resentimiento»

roger senserrich, four freedoms

«Parte del poder de atracción de Trump se explica por la tradición de la política americana, que se afianza sobre la política del resentimiento. Se traslada a los votantes de la América rural el mensaje de que las élites de Washington y de las dos costas les miran por encima del hombro y tienen otros valores. Y realmente es así, El sistema político americano ha olvidado esta parte del país», señala Roger Senserrich, consultor político en Connecticut y autor de la newsletter de política estadounidense Four Freedoms.

Senserrich confirma que existe una gran desconexión entre la América rural y la urbana y suburbana. Las zonas rurales están deprimidas y el crecimiento económico se concentra en las costas.

«No son perdedores de la globalización. Son perdedores de la estructura económica de Estados Unidos. Esas zonas desindustrializadas han dejado de ser atractivas, se han quedado atrás. A la par hay un gran cambio cultural, esa secularización que llegó a Europa en los 70 pero solo en las costas. La América rural sigue siendo muy conservadora y religiosa», afirma Senserrich.

De los ‘never trumper’ a sus palmeros

Después del asalto al Capitolio, hay al menos cuatro tendencias en el Partido Republicano (los detractores de Trump, los palmeros de Trump, la familia de Trump y los conversos), según Roger Senserrich.

«Están los nevertrumpers como Mitt Romney, que ha demostrado su honestidad, pero no volverá a la primera línea. En este grupo se encuentran también Ben Sasse, senador por Nebraska, Mike DeWine, gobernador de Ohio, Larry Hogan, gobernador de Maryland, o Charlie Baker, gobernador de Massachusetts, que ha demostrado que pueden ganar en el norte», dice el creador de Four Freedoms. Baker mantuvo desde un principio que las acusaciones de Trump suponían «una afrenta a la democracia».

Otros son los conversos o bien los que oscilaban entre apoyar o no a Trump como Nikki Haley, que fue embajadora ante la ONU, o el mismo Lindsey Graham, que a última hora se ha desmarcado de nuevo de Trump y ha sido abucheado en público por los trumpistas.

En el polo opuesto están quienes enarbolan la bandera del trumpismo porque ven que es un filón de cara a las elecciones de 2024. El senador por Texas Ted Cruz sería el principal baluarte. Ha sido quien ha dado voz a las objeciones a los votos electorales de Joe Biden, finalmente confirmados por el Congreso. Ted Cruz compitió en las primarias en 2016 frente a Donald Trump, pero resultó derrotado.

José Antonio Gurpegui, del Instituto Franklin, señala a Paul Ryan, quien fuera compañero de fórmula electoral de Mitt Romney en 2012, como uno de los hombres clave en el futuro del Partido Republicano. Ryan, congresista por Wisconsin de 50 años, estuvo vinculado al movimiento Tea Party, un movimiento conservador que surgió como crítica al excesivo gasto federal impulsado por la Administración Obama tras la crisis financiera de 2008.

Trump y familia

En su última alocución, Donald Trump aceptaba la victoria de Joe Biden, confirmada por el Congreso, y se comprometía a facilitar una transición ordenada. A sus seguidores los terminaba diciendo que «nuestro viaje no ha hecho nada más que empezar». En Axios publicaron que maneja presentarse en 2024.

No sería posible si prosperara el impeachment o juicio político que los demócratas van a poner en marcha este lunes. Es posible que concluya después de que deje el poder Donald Trump. En ese caso serviría para impedir que pueda ocupar cargos en el futuro. Un buen número de republicanos tendrían que sumarse a los demócratas en esta misión. Y quedarían marcados como antitrumpistas ante el electorado.

Trump tiene futuro en el movimiento, en los aledaños del Partido Republicano. Intentará consolidar la base de poder y monetizarla»

david sarias, ceu

Pero la marca Trump va más allá del pater familias. «Trump no tiene sitio en el organigrama del Partido Republicano, no tiene cargo. Pero tiene futuro en el movimiento, en los aledaños del Partido Republicano. Intentará consolidar la base de poder, la exposición mediática y monetizarlo», dice David Sarias.

A quien ve Sarias como heredero in pectore es a Donald Trump Jr. «Es republicano ideológicamente. El votante de la América profunda puede identificarse con él. Su posición se ha ido modificando. Ahora está asesorado por su novia, Kimberley Guilfoyle, quien trabajó en la Fox. En las midterms podría probar suerte en un estado del sur», añade.

Las midterms, las elecciones de mitad de mandato en 2022, serán el primer indicio para ver por dónde va el Partido Republicano y la fuerza del movimiento conservador que secunda a Trump. Será un primer ensayo.

En el mitin del miércoles 6 de enero, Donald Jr, dejó claro cuál es su objetivo: «Esta concentración debería enviarles un mensaje claro. Esto ya no es el Partido Republicano. Es el Partido Republicano de Donald Trump».

Como señala David A. Graham en The Atlantic, y ha vivido el propio Graham, «Trump ha llevado al Partido Republicano del control de Washington al desierto». Ahora emprenderán una travesía que puede llevarles a su reinvención o a su extinción.

Trump, en su megalomanía, se ve como un nuevo Lincoln, cuando en realidad es su antítesis. Ha dividido el país, más aún que nunca antes. Y ha hecho jirones el Partido Republicano.

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