Opinión

2020: el año de la pandemia y de los grandes aciertos y errores de nuestros 'líderes'

EI

Hace un año exactamente… un año que ha parecido una década. España vivía aún la resaca de unas elecciones generales que, nuevamente, habían arrojado una foto finish parlamentaria que más parecía un puzzle absolutamente ingobernable. Era evidente, eso sí, el hecho de que, a pesar de su exigua mayoría parlamentaria, era al secretario general del PSOE -y solo a él- a quien correspondía la delicada misión de presentarse ante el Rey como único líder capaz de construir una mayoría parlamentaria, minoritaria pero suficiente, gracias a la cual la XIV legislatura echara a andar.

Así sucedió. En unas posteriores negociaciones de infarto, Pedro Sánchez tuvo que tragarse todas sus promesas electorales de no apoyarse nunca en Unidas Podemos «porque le quitarían el sueño» y tampoco en los -«indeseables» según algunos- posibles aliados independentistas catalanes, básicamente ERC. porque le exigirían un precio inasumible. Sin embargo, Sánchez, resiliente como pocos y conocedor de que la política es el arte de lo posible en cada momento, cambió de hoja de ruta y terminó por suscribir el «Pacto de los botellines» con todos estos actores -los mismos que le habían dado el triunfo en la moción de censura contra un inane Mariano Rajoy-.

Como todos los años, incluso en este 2020, dominado y devastado por la pandemia del coronavirus, quiero dedicar este mi último artículo de opinión con un análisis de los errores y aciertos del Presidente del Gobierno y del resto de líderes políticos. Un análisis más que nunca necesario a la espera de un 2021 que TODOS esperamos sea mejor.

Me permito titular con la palabra ‘líderes’ entre comillas, porqué en este año de pandemia, en este año terrible, en línea general nuestros ‘líderes’ han tenido muchas más sombras de lo deseable y la crispación política ha sido la siniestra escenificación de un egoísmo desarmante y de un generalizado uso partidista de la pandemia, totalmente inaceptable.

Pedro Sánchez: el timonel que se crece ante la tormenta

El coste de imagen sufrido por el actual presidente fue grande, pero… ¿insalvable? No parece, a tenor de las encuestas publicadas más recientemente que siguen situándole como líder mejor valorado por los españoles, a pesar de las decenas de miles de muertos que ha dejado la pandemia del Covid-19. Un mazazo brutal del que Sánchez no parece estar saliendo del todo malparado. Modulando su manejo del timón, comenzó por «echarse el país a la espalda» y asumir el mando único -primer decreto de Estado de Alarma de 15 del marzo- hasta llegar a la famosa «cogobernanza», impuesta durante la última segunda gran ola del virus.

De esta manera, el presidente ha ido consiguiendo lo que parecía imposible: que los éxitos en el combate sanitario parecieran solo suyos y que los fracasos fueran achacables a líderes autonómicos como Isabel Díaz Ayuso, Juan Manuel Moreno Bonilla o al president de la Generalitat, el casi innombrable Quim Torra

Sánchez ha conseguido que los éxitos del combate sanitario parecieran sólo suyos

Pedro Sánchez ha conseguido, por lo demás, lo que parecía imposible: cuadrar el círculo de unos apoyos que le han permitido sacar adelante unos Presupuestos Generales que parecían imposibles, superando así los periclitados de Cristóbal Montoro, prorrogados durante dos años. 

Pero no debería confiarse el presidente. La incierta salida de la crisis sanitaria originada por la pandemia y su, no menos catastrófica derivada económica, puede dar al traste con todo ese complejo juego de pelotas en el aire que, cual malabarista, mantiene el economista madrileño. La caída de una sola puede originar un desbarajuste en cadena que precipite un estallido social de impredecibles consecuencias. Sánchez puede ver como su actual suficiencia -un notable error desde mi punto de vista- se puede trocar en nervios, inseguridad y abandono repentino de todos cuantos hoy le adulan, desde dentro de su partido y su Gobierno y desde las formaciones que ahora le apoyan en el parlamento. Su actual aplomo de estadista, que el «comandante en jefe» ha ido consolidando en los últimos meses, puede mudarse en levedad e irrelevancia, no solo dentro sino también fuera de nuestras fronteras… y precipitar un final anticipado para un líder demasiado seguro de terminar cómodamente la presente legislatura.

También veremos en algún momento si sus acuerdos con EH Bildu y ERC para aprobar los presupuestos pasarás factura interna y en sus relaciones con resto de partido.

Pablo Casado: el opositor tranquilo y paciente

La reciente eclosión de la estrella de Pablo Casado -téngase en cuenta que hasta hace dos años y medio no era «nadie» en términos políticos- ha sido como una suerte de «ducha escocesa», plagada de chorros de agua fría y caliente sucesivos. Pablo Casado ha ido librando bien los embates que ha ido sufriendo, no siendo el menor el de la amenaza del sorpasso que estuvo a punto de darle Albert Rivera, que en las penúltimas elecciones generales se quedó a nueve escaños de convertirse en el jefe de la oposición. Un hecho que hubiera conducido al político palentino a la absoluta irrelevancia. Pero la estrepitosa caída de Ciudadanos y la salida de Rivera de la política activa han sacado brillo a la figura de un Pablo Casado, cada vez más consolidado como hombre de Estado y que en los últimos meses ha lidiado a la perfección con los obstáculos que la ultraderecha de Vox ha ido colocando en su camino. 

Casado es, hoy por hoy, la alternativa del centro derecha liberal en España. No hay otra

No cabe duda de que su principal acierto en el año político que acaba fue distanciarse de aquella ‘inútil’ moción de censura de Santiago Abascal que, como todos saben, no iba dirigida contra el jefe del Ejecutivo sino contra el propio líder del PP. Un voto negativo que, aunque muchos torticeramente quisieran convertir en un aval al gobierno del PSOE y Unidas Podemos, era un puro y simple distanciamiento de las rancias y xenófobas tesis de una formación anclada en el siglo XIX. Esa posición, magistralmente conducida por Casado, ha consolidado al PP en los últimos meses como alternativa real de Gobierno y como un verosímil relevo, a tenor de unos sondeos que sitúan cada vez más cerca a los genoveses de igualar los resultados del PSOE.

Casado es, hoy por hoy, la alternativa del centro derecha liberal en España. No hay otra. Pero no deberá descuidarse; le cabe el dificilísimo papel de seguir cultivando ese perfil tranquilo -que solo a veces rompe con algún exceso parlamentario- con un cierto «picante» que le atraiga votos desde ese vivero de extrema derecha, que han construido los Abascal, Olona y Monasterio, sin restarle votos de la moderación. Casado debe culminar con éxito el final del camino de ese «cambio tranquilo» que ha iniciado, pero del que aún le restan muchos kilómetros por andar. La tentación de reaccionar constantemente al envite populista de Vox está ahí y sería un desastre secundarles.

Abascal: el jinete montaraz que pesca en río revuelto

Jinete, sí. Hago referencia, ya se habrán dado cuenta, a esas ridículas cartelerías electorales que han presentado al barbado líder de la “nueva” extrema derecha española como una especie de “Cid Campeador” a lo mos de Babieca, dispuesto a combatir y expulsar a inmigrantes, homosexuales, comunistas… y otras especies nocivas para el renacimiento de una España grande y próspera. A millones de votantes les parecerá ridículo. Pero en otros, casi cuatro millones ya, el discurso les ha llegado muy hondo. Las últimas encuestas no son claras para la formación verde. Unas les dan un estancamiento electoral -lo que podría ser visto como una reedición de su victoria de hace un año puesto que partían de la nada- y otras arrojan un ligero retroceso de varios escaños que recogería, lógicamente el Partido Popular. Ninguna, eso sí, vaticina un crecimiento exponencial de escaños que puedan amenazar la posición de Casado como líder de la oposición de centro derecha. 

Abascal ha cometido errores de inmenso calado, siendo el principal su ridícula moción de censura

En cualquier caso, el presidente de Vox puede darse por satisfecho. Con mantener su “techo electoral” para este 2021 ya le sería suficiente. A pesar de todo, el político vasco ha cometido errores de inmenso calado, siendo el principal la presentación de una ridícula moción de censura en cuya defensa parlamentaria mezcló el argumentario más absurdo que pueda haberse escuchado en la Cámara en décadas: desde la “amenaza globalista” de Soros hasta la defensa de unos postulados ultraortodoxos que hunden la posición religiosa de Vox, no en el Concilio Vaticano II sino en las catacumbas. Vox olvida con lamentable frecuencia que España es un estado aconfesional… y deberían aprender a comportarse con más respeto a ese postulado que la Constitución defiende como uno de sus pilares básicos.

Santiago Abascal, a quien las encuestas para las próximas autonómicas catalanas sitúan con el viento a favor, debe evitar más la impostura que le caracteriza para no caer, directamente, en el mayor de los ridículos. ¡Pero cuidado!: el hecho de que el líder de Vox haya ocupado, de pleno derecho, el rincón de la derecha más extrema (perdonen el juego de palabras) no le anula como líder … ni va a impedir que, si el descontento social crece en las calles, pueda seguir siendo su principal beneficiario.

Iglesias: sus contradicciones y sus resultados electorales

Qué duda cabe de que, si hubo un líder y una formación que obtuvieron la mayor tajada del último resultado de las urnas, esos fueron Iglesias y Unidas Podemos. El líder vallecano culminó su «sueño húmedo», inalcanzado en 2016, de obtener ministerios -más su propia Vicepresidencia- y el control efectivo de centros de poder tan sensibles como RTVE o una participación no desdeñable en la Comisión parlamentaria que entiende sobre el CNI.

Iglesias no es capaz de seguir conjugando el papel de gobernante «que pisa moqueta» con el de defensor de «los de abajo»

Pero son esos éxitos los que le han hecho a la vez dejarse pelos en la gatera, porque como dice bien un refrán español, es imposible soplar y sorber a la vez. Sus fracasos electorales en las autonómicas gallegas y vascas han constituido en este 2020 las dos losas que han lastrado enormemente la credibilidad de Iglesias como líder político. Estos tropezones han venido a unirse a a la escisión de «Más País» propiciada por su antiguo lugarteniente Íñigo Errejón, que le ha restado una pequeña -pero significativa- parte en la tarta electoral. Si sumamos el desgaste que sigue sufriendo por no ser capaz de seguir conjugando el papel de gobernante “que pisa moqueta” con el de defensor de «los de abajo», Iglesias corre el riesgo de llevarse por delante -encuestas mandan- una parte notable de sus resultados electorales frente a un PSOE que apenas sufre el desgaste de la crisis.

No lo tendrá fácil Pablo Iglesias en los próximos meses; ni siquiera si pretende la arriesgada cuadratura del círculo que supondría dar un portazo y abandonar el Gobierno -en el que cada vez son más sonoros los enfrentamientos entre ministros socialistas y “morados”- y bajar corriendo a la calle para ponerse al frente de las previsibles protestas contra unos recortes, que serán inevitables tarde o temprano, y de los que es tan corresponsable como Sánchez, Calvo, Calviño o Montero

A nivel de imagen sigo echando de menos a un Iglesias más popular y menos encorsetado en las bambalinas del ‘sistema’. Su frescura y su anti conformismo han sido clave para elevarle como líder, sin embargo su conformismo actual le restan peso y proyección popular para sus electores y los que podrían serlo.

Arrimadas: la compleja equidistancia de la supervivencia

¡Cómo ha cambiado este 2020 el perfil de Inés Arrimadas!

Antaño líder dura y crítica con nacionalistas y socialistas y hoy  «mujer de Estado» dispuesta a ejercer de bisagra liberal entre los excesos de una derecha «ultramontana», de la que querría distanciarse todo lo posible, y de una izquierda que se mueve desde marzo en el borde del abismo de la catástrofe sanitaria y económica. Arrimadas ha apostado en este año por un nítido distanciamiento del famoso «No es No» de Rivera a Sánchez, como única posibilidad de sobrevivir. Una posición que la ha conducido a grandes incomprensiones -algunas tan sonoras como la de Juan Carlos Girauta y otros críticos que han abandonado el partido- pero también a una simpatía popular que ha hecho que su merma demoscópica en cuanto a su proyección electoral no haya sido muy perceptible respecto a los diez escaños que heredó de Albert Rivera.

Arrimadas está dispuesta a ejercer de bisagra entre una derecha «ultramontana» y de una izquierda al borde del abismo

Esto no quiere decir que Arrimadas deba confiarse; su papel es tan frágil como el del náufrago que cada día se despierta en una isla desierta sin más esperanza para la supervivencia diaria que aquello que pueda pescar ese día. La posición sensata, aunque no bien entendida por todos, de un apoyo condicionado al proyecto de Presupuestos Generales del Estado, ha devenido en un cierto fracaso puesto que al final la formación naranja no ha podido «vender» ante la opinión ni un solo éxito y han sido preteridos por los socios de Sánchez en la moción de censura. Ahí seguirá estando la clave en el nuevo curso político que arranca entre la supervivencia o la muerte política de Arrimadas: en esa indefinición, que a muchos les seguirá resultando odiosa, a los más “socialdemócratas” de su proyecto les satisfará como única forma de quitarse, de una vez por todas, esa incómoda etiqueta de “muleta” del PP. Como he repetido miles de veces, el liberalismo nunca ha sido bien comprendido en España.

Apasionante como ven, e incierto, este 2021 que nos espera y que constituye una de las mayores encrucijadas -y no solo en la política española- de las últimas décadas. Lo único que parece evidente es que, más que nunca, serán necesarios liderazgos fuertes para afrontar los desafíos que nos aguardan.

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