Hay una soga que no se ve pero que aprieta desde hace seis décadas. Es la de la utopía cubana, esa convicción casi mística de que la felicidad futura de la humanidad justifica la trituración del hombre concreto, aquí y ahora. El régimen de La Habana ha sobrevivido a casi todo, a la caída del Muro, a la desaparición de su mecenas soviético, a la ruina de su economía. No ha sobrevivido, en cambio, a la prueba más sencilla y más temible a la que cabe someter a un sistema político, que es preguntar a sus ciudadanos si se quedarían en caso de poder marcharse. Cuando me asomo a la historia reciente de la isla, lo que me detiene no es solo la crueldad de los verdugos. Es la frialdad administrativa con que se ha gestionado el sufrimiento, y el silencio cómodo de quienes, desde la distancia y el bienestar, han preferido durante años no mirar.
Conviene empezar por los hechos, porque son los hechos, y no los adjetivos, los que sostienen un argumento. Quien recorre hoy La Habana Vieja o Centro Habana no encuentra una ciudad vibrante, sino algo parecido a una posguerra sin bombardeos. Las fachadas neoclásicas se desmoronan, los techos ceden sobre los inquilinos, los servicios básicos pertenecen a la memoria. Esa ruina material tiene una causa identificable, y no es misteriosa: un sistema que confiscó la propiedad, prohibió la iniciativa individual y centralizó la economía hasta esterilizarla.
Hay, sin embargo, una ruina mayor, que es la humana. Cuba es hoy un país demográficamente quebrado, habitado sobre todo por ancianos y atravesado por la fuga de sus jóvenes. Frente a esto, el relato oficial ofrece desde hace decenios una sola explicación: el "bloqueo" estadounidense. La historia económica permite contrastar esa explicación con los datos, y los datos la desmienten. La isla no ha vivido aislada, sino subsidiada de manera extraordinaria. Durante tres décadas, la Unión Soviética inyectó en ella miles de millones de dólares al año. Caído el bloque del Este, el salvavidas llegó del petróleo venezolano de Hugo Chávez, y más tarde de los créditos de Pekín, buena parte de ellos destinados a tecnología de control social. Cuba no levantó un aparato productivo, consumió subsidios ajenos mientras penalizaba el comercio propio. De ahí una conclusión que me parece difícil de eludir, y que ofrezco como interpretación y no como dogma: el bloqueo más eficaz ha sido el que el Estado ejerce sobre sus propios ciudadanos, a los que impide generar riqueza por su cuenta.
A esa economía cerrada acude, cada cierto tiempo, una forma peculiar de visitante. Ciertos políticos de la extrema izquierda europea viajan a la isla y se alojan en los complejos hoteleros de Varadero gestionados por la cúpula militar, a salvo de los apagones y de la libreta de racionamiento que ordenan la vida del cubano corriente. Desde allí validan, como quien recorre un parque temático, una dictadura que es además dinástica. No hace falta calificar la escena. Basta con describirla, y dejar que el contraste entre el hotel y la libreta haga su trabajo.
El bloqueo más eficaz ha sido el que el Estado ejerce sobre sus propios ciudadanos, a los que impide generar riqueza por su cuenta
Y, sin embargo, el argumento más demoledor contra el régimen no lo formula ningún disidente ni ningún tribunal extranjero. Lo escriben los propios cubanos con los pies. En los últimos años, más de un millón de personas han abandonado la isla, la mayor sangría demográfica de su historia, superior incluso a la del éxodo del Mariel. No huyen de una propaganda ni de una conspiración imperialista. Huyen del apagón, de la libreta vacía, de un país que ha dejado de prometer futuro. Cuando una décima parte de la población se marcha en apenas un lustro, sobran los discursos. El veredicto ya está dictado, y lo ha emitido la única instancia que en esto me parece inapelable, que es la voluntad de un pueblo que prefiere el mar abierto a quedarse.
Conviene detenerse en esa palabra, el mar, porque es ahí donde la historia cubana se vuelve más oscura. Cuando la ingeniería social fracasa en la seducción, suele recurrir a la coacción física. El muro de Berlín fue, en su día, la confesión más elocuente del socialismo real, un régimen que necesita encerrar a sus ciudadanos a punta de fusil para que no escapen ha perdido la legitimidad antes de pronunciar palabra. En Cuba no cabía un muro. Había mar. Y cuando no se puede levantar hormigón, se hunden los barcos.
El estrecho de la Florida, un cementerio sin lápidas
Lo que sigue son hechos documentados, y los expongo como tales. El 13 de julio de 1994, el remolcador 13 de Marzo zarpó de La Habana con setenta y dos personas que intentaban huir. A pocas millas de la costa, embarcaciones del Estado los embistieron de forma deliberada y emplearon mangueras de agua a presión para hundirlos, desoyendo los ruegos de las madres que mostraban a sus hijos en la cubierta. Murieron ahogadas cuarenta y una personas. Diez de ellas eran niños. Conviene detenerse en esa cifra, diez, y no seguir leyendo durante un momento.
El 24 de febrero de 1996, cazas MiG del régimen derribaron en aguas internacionales dos avionetas civiles de la organización humanitaria Hermanos al Rescate, que buscaba balseros perdidos para salvarlos de la muerte. Murieron cuatro tripulantes. El estrecho de la Florida, esa franja de agua que en los folletos turísticos es de un turquesa apacible, se ha convertido a lo largo de los años en un cementerio sin lápidas, y nadie ha llevado nunca la contabilidad completa de sus muertos.
En mayo de 2026, según la información disponible, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos imputó formalmente a Raúl Castro, de noventa y cuatro años, por el derribo de las avionetas. La fiscalía federal sostiene disponer de grabaciones en las que el propio dirigente confirma haber dado la orden de derribo y haber instruido a sus generales para que ejecutaran el ataque sin consultar. La imputación es, por ahora, un hecho procesal, y el valor último de esas pruebas corresponderá decidirlo a un tribunal, no a un artículo.
La reacción de algunos aliados políticos de la región fue inmediata. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, criticó la imputación y se alineó con un catecismo viejo, el de la izquierda latinoamericana que invoca la no intervención y la soberanía nacional para calificar de injerencia imperialista cualquier proceso incómodo. Aquí ya no describo, sino que juzgo, y lo hago sabiendo que es un juicio, me parece la misma asimetría moral de siempre, la que subordina los hechos, los cuerpos y los crímenes de Estado a la conveniencia del dogma. La historia, en su versión más sombría, no repite necesariamente sus crímenes. Repite, eso sí, con notable fidelidad, los silencios que los hacen posibles.
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