Dolores Delgado exhibe una deshonrosa mácula en su hoja de servicios como ministra: ha sido reprobada tanto por el Senado como por el Congreso de los Diputados. Sólo lleva cinco meses y medio en el cargo, pero la fiscal de la Audiencia Nacional a la que Pedro Sánchez confió la cartera de Justicia ha protagonizado ya numerosas polémicas y ha visto cómo los grupos de la oposición han pedido a coro su dimisión.

La última controversia ha sido la destitución del abogado del Estado Edmundo Bal como responsable de dirigir la acusación en el juicio del procés en nombre del Gobierno, después de que el letrado se negara a firmar el escrito acusatorio contra los líderes independentistas sólo por sedición y malversación de caudales públicos. El Ejecutivo socialista ha evitado calificar los hechos como rebelión y ha sentenciado a Bal, jefe del departamento de Penal y ex presidente de la Asociación de Abogados del Estado.

Sus encuentros grabados con el comisario ya jubilado José Manuel Villarejo, el cambio de postura en la defensa del magistrado Pablo Llarena y el fracaso de la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) son algunos de los episodios polémicos que ha protagonizado en este tiempo Delgado, fajada en la lucha contra el terrorismo y defensora de la jurisdicción universal.

  • Desaire a Llarena y rectificación. En contra del criterio de la Abogacía del Estado, la ministra ordenó no ejercer la defensa de Llarena -el juez que ha instruido la causa del procés en el Tribunal Supremo- en la demanda interpuesta por Carles Puigdemont en Bruselas contra el magistrado por falta de imparcialidad y de respeto a la presunción de inocencia. La petición de amparo del juez ante el CGPJ, el malestar exteriorizado por asociaciones de jueces y fiscales y la polvareda política suscitada provocó que Justicia tuviera que dar marcha atrás y anunciara la contratación de un bufete en Bélgica “en defensa de los intereses de España”. Lejos de la postura inicialmente defendida por su ministra, Pedro Sánchez consumó la rectificación a Delgado cuando dejó claro que la defensa de Llarena era una “cuestión de Estado”. Semanas después, la titular de Justicia fue reprobada por el Senado con los votos a favor del PP y Ciudadanos.
  • Mesa y mantel con Villarejo. Las críticas arreciaron contra Dolores Delgado cuando el portal moncloa.com difundió la grabación de un almuerzo celebrado en el otoño de 2009 en el que la entonces fiscal de la Audiencia Nacional compartió mesa y mantel con José Manuel Villarejo, comisario ya retirado que se encuentra en prisión desde hace un año como presunto cerebro de la trama Tándem. Los reproches a la ministra se fundamentaban en el hecho de que fue cambiando de versión a rebufo de las revelaciones periodísticas -pasó de no haber tenido “nunca” relación “de ningún tipo” con el antiguo agente encubierto a reconocer que había coincidido con él “en tres ocasiones”- y por no haber denunciado al mando policial cuando éste, en un ambiente relajado, confesó que recurrió a prostitutas para sonsacar información a empresarios y políticos. La difusión de esa cinta permitió conocer que llamó “maricón” a su hoy compañero de gabinete Fernando Grande-Marlaska y que jueces y fiscales pudieron terminar con “menores” durante un viaje a Cartagena de Indias (Colombia) organizado por el CGPJ. Se da por seguro que si Sánchez no la ha destituido es porque su gabinete ya sumaba dos bajas: las de Màxim Huerta (Cultura) y Carmen Montón (Sanidad).
  • ¿Rebelión? No, sedición. En lo que se interpreta como un claro guiño al independentismo, el Gobierno de Pedro Sánchez ordenó a la Abogacía del Estado -dependiente del Ministerio de Justicia- que no acusara por rebelión a los líderes del proceso independentista. Ese cambio en la calificación jurídica de los hechos sucedidos en Cataluña en torno al referéndum ilegal del 1-O era de gran relevancia por cuanto los abogados del Estado sí apreciaban indicios de ese delito hasta ese momento y porque suponía el volantazo del presidente del Gobierno, que en la oposición no tenía dudas de que lo acaecido encajaba en el tipo penal de la rebelión. Esa imposición del Ejecutivo ha motivado que en el escrito de acusación sólo se formulen cargos por sedición y malversación de caudales públicos -menos penados- y es el trasfondo de la destitución de Edmundo Bal, fundamentada eufemísticamente en una “pérdida de confianza”.
  • Huelga de jueces: de secundarla… a sufrirla. En seis meses, Dolores Delgado ha pasado de secundar la huelga que jueces y fiscales convocaron el pasado 22 de mayo -en la etapa de Rafael Catalá (PP) como ministro del ramo- en demanda de mejoras salariales y laborales a ser la destinataria de las reivindicaciones del gremio. La titular de Justicia no logró convencer a sus antiguos compañeros de que desistieran de su protesta, después de esgrimar que la mayoría de las demandas están en tramitación parlamentaria y que ha convocado por vez primera en quince años la Mesa de Retribuciones de jueces y fiscales. El paro llevado a cabo este lunes fue seguido por casi la mitad de los 5.294 jueces en activo, según datos del CGPJ.
  • Fracaso en la renovación del CGPJ. Delgado ha sido la responsable gubernamental que ha negociado con el PP la renovación del CGPJ, el máximo órgano de gobierno de los jueces. En virtud del pacto alcanzado, el PSOE aceptaba que la presidencia la ostentara el magistrado Manuel Marchena a cambio de asegurarse una mayoría progresista entre los vocales. Todo saltó por los aires este lunes, cuando el diario El Español publicó el wasap que el portavoz del PP en la Cámara Alta (Ignacio Cosidó) reenvió a los 145 senadores populares. En ese mensaje, Cosidó se vanagloriaba de que, con Marchena, su partido seguiría controlando “por detrás la Sala Segunda” del Tribunal Supremo. Un día después, el presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo daba un portazo a los dos principales partidos y se apeaba de la carrera para suceder a Carlos Lesmes, lo que desencadenó que PSOE, PP y Unidos Podemos retiraran sus candidatos y que la renovación del Consejo General del Poder Judicial haya quedado en punto muerto.