El ex presidente de Ciudadanos, Albert Rivera EFE

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El último día de Rivera en Ciudadanos: "Fue como un funeral"

Política

El último día de Rivera en Ciudadanos: "Fue como un funeral"

Ciudadanos vivió el lunes el capítulo más difícil de sus 13 años de historia: tocó fondo en una repetición electoral que se llevó por delante a su líder, lo que implica un (largo) proceso de reconstrucción orgánica y estatutaria en torno a Arrimadas

«Hay vida más allá de la política. Ahora trabajaré para ser mejor padre, mejor hijo, mejor amigo, mejor pareja». Albert Rivera acaba de cumplir 40 años, y lo hace con una vida completamente diferente. Hace seis días dijo adiós a un partido que comenzó a liderar cuando tenía 27, a los compañeros que habían formado parte del proyecto y a una trayectoria política de 13 años, en la que no ha conocido otras siglas que las naranjas.

«No sé si es justo o injusto, pero es lo responsable». Las palabras del ya ex dirigente de Ciudadanos en su emotiva despedida arrancó el llanto de sus camaradas. «A la inmensa mayoría se nos cayó alguna lágrima», rememora Joan Mesquida, en conversación con este medio. «Con mucha tristeza, ¿cómo vamos a vivirlo? Era inevitable emocionarse, al final es alguien con quién has compartido muchos años diciendo adiós. Hubo muchas sensaciones, nervios a flor de piel, mucho sentimiento», apunta el secretario general del grupo parlamentario y ex diputado por Madrid, Miguel Gutiérrez, también presente en los momentos críticos.

Lo que destacados dirigentes repartidos por la sede de Ciudadanos el día en que Rivera oficializó su dimisión tildaron de «la jornada más difícil» que recordaban, comenzó la noche electoral. La vuelta a las urnas terminó sentenciando a un partido en el que «creíamos en la remontada» y en el que aún, en pleno proceso de recomposición, existe un ambiente de pesadumbre por el «castigo electoral excesivo». «Los electores han castigado nuestra estrategia, tomamos nota. Trabajaremos en cambiarla, quizá en reconstruir hacia una izquierda socialdemócrata. Las estrategias pueden virar, pero no las convicciones. Volveremos a convencer», apunta el ex diputado balear.

Joan Mesquida no estuvo presente la noche de la debacle. La noche en que de nada sirvió la «prudencia» que pidió el ahora secretario general en funciones, José Manuel Villegas, minutos antes del escrutinio. Pero los globos naranjas y blancos no bajarían. La remontada no llegaría. Y la esperanza de los pocos militantes y de los dirigentes y candidatos congregados pronto tornaría en resignación. Comenzaban las horas más duras para Ciudadanos en toda su trayectoria.

Alrededor de las 23:00 horas de la noche comparecía Albert Rivera. Lo hacía arropado por su Ejecutiva, entre los que se repetían las caras desencajadas y las lágrimas furtivas. El palo había sido enorme, bastante mayor del que cabía esperar, según señalan destacados dirigentes de la cúpula. Según fuentes conocedoras, Rivera había reunido a su cónclave más cercano minutos antes de salir a valorar los resultados. La dimisión parecía inminente.

«Hemos tenido un mal resultado, sin paliativos ni excusas», acertaba a decir el líder de Ciudadanos, que conservaba la entereza frente al desastre. «Ante esos malos resultados, creo obligatorio mañana convocar una Ejecutiva urgente para compartir con los miembros del partido el diagnóstico y asumir las decisiones que haya que tomar».

Rivera y Villegas, en la noche del 10-N. EFE

Y la suya ya estaba tomada. Tras una noche complicada, la mañana «fue aún peor», declara Mesquida, quien asegura que acudió a la cita, la última con Rivera al frente, porque recibió al igual que otros compañeros territoriales una llamada de su jefe. A las 10:00 horas de la mañana, arrancaba el cónclave al completo en la sede de Alcalá, 253, compuesto por sus 50 componentes. Como declaran los dirigentes presentes en la reunión, «el ambiente era como de funeral», y aún ahora con el proceso de primarias abierto, continúan recuperándose de todas las emociones de aquel 11 de noviembre.

Rivera pronunció frente a sus compañeros un discurso «muy parecido» al que articularía minutos después ante una sede en la que no cabía ni un alfiler: decenas de periodistas, de compañeros, de dirigentes, de operarios y de curiosos abarrotaban el espacio naranja esperando a ver el fin de una era en Ciudadanos.

Hasta cuatro personas intervinieron en la reunión entre las lágrimas de «la mayoría» de compañeros. Destacaban en la sede el pasado lunes la imagen de una Inés Arrimadas «rota» que, según aseguraban fuentes de su entorno, no concebía despedir a Rivera aún, al que se había mantenido fiel durante años.

Varios dirigentes pidieron a Rivera que recapacitase y aguantase, pero su decisión ya estaba tomada

Uno de los que levantaron la mano fue el también ex director general de la Policía y la Guardia Civil. Mesquida pidió a Rivera que recapacitara, que el adiós de su jefe «no fuese una despedida, sino un hasta luego». Que se tomara un tiempo, pero que no dejase la política. «Respeto que esa fue su decisión personal, pero el país se pierde a un tipo con un gran capital político, con una gran valía», relata. El dirigente balear trató de aportar, sin éxito, su propio ejemplo, contando cómo abandonó la vida pública y que, cuando Rivera le tendió la mano, no pudo negarse aunque ello implicase dejar un apacible puesto como funcionario y su casa en Palma. «Decidí complicarme la vida porque creía en el proyecto», apunta.

Otros dirigentes dispersos en la sede apuntaban que algunos miembros de la Ejecutiva habían pedido a su líder que aguantase al menos hasta la celebración de la Asamblea General, dentro de cuatro meses, para que Rivera llevase la batuta y fuese el piloto de una sucesión ordenada hasta que Arrimadas heredase el cargo. Pero nada sirvió. «No tomó la decisión en caliente, no fue algo espontáneo. Él ya lo tenía previsto desde hacía tiempo, y sólo podemos respetar su decisión», explica Gutiérrez.

La reunión finalizó con un abrazo de cada uno de los miembros de la Ejecutiva con el todavía líder de Cs

La reunión finalizó con un abrazo individual de cada uno de los miembros de la Ejecutiva para despedir a su jefe. Una vez acabada, Rivera se reunió unos minutos con su cónclave particular -su número dos, José Manuel Villegas y su jefe de prensa, Daniel Bardavío- para recortar los últimos flecos de su comparecencia final.

El discurso se escalonó en tres «anuncios imporantes», que vinieron precedidos de un largo y sonoro aplauso. El primero, el que ya se conocía, su dimisión al frente del partido. El segundo, su renuncia al acta en el Congreso -por lo que la lista corre y entra Edmundo Bal por Madrid-. Y el tercero, el fin de su etapa política, «sin rencor, sin mirar atrás».

«Los líderes asumen en primera persona persona no sólo los éxitos, sino también los fracasos de su proyecto», porque «es lo responsable. Es lo que me enseñaron mis padres y mis profesores». La cúpula del partido no tardaría en derrumbarse. «Nos emocionamos todos», confirma Gutiérrez. «Su discurso fue un ejemplo para la democracia de este país que nadie ha dado hasta ahora», continúa.

Dirigentes como Villacís e Igea estaban rotos. En ese momento Albert Rivera ya era ex líder del partido, que se despedía citando a Barack Obama, pidiendo a sus compañeros que continuasen con su proyecto para «no dividir a España en rojos y azules» y haciendo un último alegato por la «libertad».

Una vez finalizada la comparecencia, el ambiente era sepulcral. Algunos dirigentes repartidos por la sede nacional apuntaban a una sensación «de duelo, es una situación devastadora», «Albert no se merece esto», apuntaban, pero todos ellos acertaban en señalar «la responsabilidad de no dilapidar el legado de todos estos años». Mirar hacia delante. Y lo que hay delante es el debate de sucesión y todo lo que ello conlleva.

Y ahora, ¿qué?

El descalabro que dictaron las urnas dejó al partido al borde la muerte. 10 diputados en el Congreso -47 menos que en abril- y menos del 7% del voto, unos resultados que estiman necesario un replanteamiento de las estrategias y una reconstrucción, empezando por la de la elección de un líder.

No es sorpresa que todos los sectores del partido, críticos y acríticos, coincidan en que Inés Arrimadas es la «sucesora natural», y «la única capaz de reflotarlo», según han apuntado dirigentes como Juan Marín o Luis Garicano en los últimos días, aunque ella aún no ha dado un paso al frente. Fuentes de su entorno indican que está «desconectada», intentando «hacer ‘reset’ mental tras el palo de la marcha de Albert».

Pero el de la sucesión no es un proceso sencillo ni, sobre todo, corto. El primer paso es la celebración de un Consejo General, emplazado al próximo 30 de noviembre a las 11:00 horas, en que los 160 miembros designen una gestora de máximo 15 personas que lleve las riendas del partido hasta la celebración de la Asamblea General del partido, que tendrá lugar a partir del próximo 10 de marzo, tal y como rezan los estatutos. O dicho de otra manera: el partido permanecerá en funciones durante al menos cuatro meses más.

Tanto la gestora como el Consejo General estarán presididos por Manuel Bofill, que a su vez tendrá la responsabilidad de decidir la lista que componga la mencionada gestora y que, a su vez, tendrá que ser aprobada por dos tercios de la cámara el próximo día 30.

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