Política PERFIL | ALBERT RIVERA

El ocaso de un líder que pudo tenerlo todo

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El ocaso de un líder que pudo tenerlo todo
Albert Rivera, en el desnudo para el que posó en 2006 para las autonómicas

Albert Rivera, en el desnudo para el que posó en 2006 para las autonómicas

Resumen:

Y el retorno a las urnas se llevó por delante el centro político en España. Ciudadanos quedaba este lunes descabezado, después de que Albert Rivera (Barcelona, 1979) confirmase no sólo su dimisión al frente de la formación de la que ha sido líder desde sus inicios, sino también su renuncia al acta en el Congreso de los Diputados y su salida definitiva de la vida pública y política.

Rivera se ha despedido este lunes con un discurso vibrante que ha pronunciado entre las lágrimas de compañeros y militantes en una sede naranja abarrotada hasta la bandera. Hoy es un día «negro» para todos ellos, no sólo por lo que conlleva el escenario casi apocalíptico que ha dejado el 10-N para los liberales, sino por el «mazazo» de gran calado que supone la marcha de Rivera. De hecho, según relatan dirigentes de peso, algunos miembros del partido habían pedido al ya ex presidente que aguantase, al menos, hasta la convocatoria de la Asamblea General. Pero Rivera «se ha derrumbado» y con él «todos los que entramos en Ciudadanos no sólo por una idea, sino porque quien llevaba el timón era se llamaba Albert Rivera», recordaba alguno de los dirigentes que llevaba en el partido desde sus inicios.

La trayectoria política de Albert Rivera finaliza a tan sólo cuatro días de cumplir 40 años, de los que 13 se los ha pasado al frente de un partido político que, como él mismo ha relatado emocionado a dirigentes y operarios del la formación, comenzó «por azar». Unas siglas con las que pudo serlo todo, con las que llegó a apuntar a Moncloa, y que finalmente deja atrás tras meses en caída sin red.

Ex campeón de natación, ex jugador de waterpolo y abogado de profesión, arrancó su carrera en política en 2006. De hecho, comenzó a interesarse por la vida pública y la oratoria durante su estadía en la Universidad Ramón Llul de Barcelona, por la que se licenció en Derecho en 2002 y en la que tuvo como profesor a Francesc de Carreras, que posteriormente sería uno de los promotores del partido que él mismo presidiría.

Dejó su puesto en La Caixa para dirigir una plataforma ciudadana de reciente creación: Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía en Cataluña, germen de una formación que a punto estuvo de ser segunda fuerza política a nivel nacional este mismo año. Un jovencísimo Albert Rivera -entonces tenía 27 años- irrumpía en la política catalana completamente desnudo, erigiéndose como candidato de la plataforma Ciutadans que había conseguido presidir por una suerte de listas en que se repartían los nombres por orden alfabético.

Con 27 años, Rivera se presentó a sus primeras autonómicas en Cataluña con un cartel en el que aparecía completamente desnudo

Y aquella campaña aportó la suficiente frescura como para granjearles tres diputados en el Parlament de Cataluña, en la que nació la trayectoria política de un joven abogado que llevaba la victoria en su ADN desde temprana edad, un líder que no tenía ni una sola gota de experiencia política a sus espaldas. Albert Rivera se presentaba entonces como dirigente de una formación garante del cambio, alternativa al bipartidismo y, sobre todo, antídoto contra el nacionalismo catalán. El discurso les valió para triplicar sus resultados en 2012, donde obtuvo nueve representantes en la cámara catalana.

Las buenas sensaciones que dejaba la progresiva carrera de los naranjas en Cataluña y el impulso que supusieron las europeas de 2014 -entonces obtuvieron dos representantes en el Parlamento Europeo- le valieron a Rivera para llevar su genuino proyecto a la política nacional, dispuesto a erigirse como alternativa a la España de «rojos y azules» y cuyo origen se ha encargado de subrayar en el día de su despedida, después de meses cuestionado por su viraje hacia el lado conservador. La decisión implicó abandonar la candidatura en Cataluña, donde colocó a su histórica mano derecha y la dirigente que a día de hoy cuenta con mayor proyección para hacerse con la vara de mando: Inés Arrimadas.

Aunque finalmente lograron un resultado por debajo de las expectativas que les pronosticaban las encuestas para los «abanderados del cambio en España» -los sondeos previos les dejaban soñar hasta con el segundo puesto político-, se estrenaron con 40 diputados y un 13,9% del voto, gracias a un discurso en que se encargaron de encumbrar, además de la defensa de la unidad de España, la apuesta por la regeneración política y su voluntad de partido bisagra nacido para el desbloqueo sin mirar color político.

En terreno de pactos, primero llegaría el del abrazo, por el que Rivera convendría nada menos que un programa de 200 medidas con Pedro Sánchez a cambio de facilitar su investidura… que finalmente no salió adelante. Y pronto miraría también a la derecha, entonces personificada en Mariano Rajoy. Ciudadanos venía entonces de un relevante retroceso en las urnas –en las generales del 26 de junio de 2016 cayó hasta los 32, su peor resultado hasta hoy- y fue aquel el origen de las críticas por los bandazos de la dirección que le han perseguido hasta su ocaso como líder.

Tras una reunión que se alargó hasta las dos de la madrugada, Rivera llegó a un acuerdo con Rajoy del mismo modo que lo hizo previamente con Sánchez, en el que ambos líderes levantaron un pacto que incluían muchas de las condiciones que los naranjas habían planteado a los socialistas en febrero y que sólo entraría en vigor si el entonces líder del PP lograba ser investido. La decisión de Rivera conllevó una rebelión dentro del PSOE entre la corriente ‘sanchista’ y los partidarios de dejar gobernar al PP con la abstención socialista, la opción vencedora.

Pero los naranjas tuvieron que abrir el paraguas de nuevo para recibir otro aluvión de críticas cuyo detonante fue la sentencia de la Gürtel, que condenó al PP como beneficiario de un sistema de corrupción y cuyo veredicto iba en contra de los principios fundacionales de Ciudadanos, lo que llevó a Rivera a retirar el apoyo al Gobierno de Mariano Rajoy. La decisión desató un huracán, precipitando la moción de censura por la que Pedro Sánchez era investido presidente del Gobierno, y en la que Rivera alimentaba las críticas que tachaban a su formación de «partido veleta» posicionándose en contra de la moción después de que el PSOE no aceptase su propuesta de presentar a un candidato alejado de la corriente ‘sanchista’.

Fue el origen de un discurso muy crítico contra Pedro Sánchez por apoyarse en el nacionalismo para perpetuarse en el Palacio de la Moncloa y el consecuente viraje de Ciudadanos hacia la derecha. Al 28 de abril se presentó con una estrategia clara: la del veto explícito al PSOE y la de sumar con el PP como socio preferente si las cuentas salían. Su objetivo era el sorpasso y se quedaron cerca: 57 escaños, por encima de lo concebido por todas las encuestas, a nueve de conquistar la segunda fuerza política y erigiéndose como llave de Gobierno.

Crisis, dimisiones y nuevos bandazos en la recta final

Pero el búnker de Rivera decidió ser coherente con su discurso y mantuvo el ‘no es no’ a Pedro Sánchez hasta sus últimas consecuencias, aún sabiendo que la suma de sus escaños con los de los socialistas hubiese propiciado una mayoría estable en España de 180 diputados. Los naranjas podrían haber accedido incluso a determinadas parcelas de poder, y los españoles no se hubiesen visto abocados de nuevo a las urnas… pero Rivera estaba convencido de ir hasta el final con lo prometido en para abril.

Las negociaciones de las autonómicas y municipales terminaron por condenar a un partido de centro obsesionado con mirar a la derecha, ya que a nivel territorial, aunque mitigado, también mantuvo el veto al PSOE. La situación se agravó por las acusaciones, tanto internas como externas de colaboración abierta y limitada no sólo al PP, sino también a Vox, cuyo primer exponente fue la famosa fotografía a tres de Colón.

La veda la abrió Manuel Valls, salida que secundó un crítico Toni Roldán tras la que se sucedieron las de Francisco de la Torre, Javier Nart, Xavier Pericay e, incluso, Francesc de Carreras, uno de los mentores políticos de Albert Rivera.

Ciudadanos caía en picado, no sólo por atender a la peor crisis interna de la historia del partido en que el ya ex presidente liberal se negó a escuchar a la corriente crítica del partido, a los que llegó a enseñar la puerta de salida, sino también por el pesimista escenario que les brindaban las encuestas ante la cada vez más cercana repetición electoral.

Tras meses de veto, Rivera firmó su sentencia de cara al electorado al abrirse a una abstención condicionada

Pero la falta de acuerdo entre PSOE y Podemos hizo perder a Rivera una de las principales justificaciones que había utilizado para mantener el cordón sanitario: la de Sánchez «y su banda». Y cuando la vuelta a las urnas se hizo efectiva, el núcleo naranja clavaba la estocada final a su entonces líder cuando éste se abría a una abstención condicionada tras el 10-N, levantando el veto que tanto daño había hecho intramuros. Y su electorado no entendió por qué dejó pasar la oportunidad de formar un Gobierno estable cuando aún estaba a tiempo para proponerla cuando ya estaba todo perdido.

El discurso de la movilización, del retorno a sus orígenes, del voto útil, y de la intransigencia con el nacionalismo catalán no fue suficiente para encarrilar unos sondeos que, aunque catastróficos, resultaron ser incluso mejores que sus resultados reales en las urnas: los liberales tocan fondo, con 10 diputados y sexta fuerza política en el tablero nacional, por detrás de la ultraderecha de Vox, de Unidas Podemos y de los independentistas catalanes ERC.

Ciudadanos afronta ahora un reto de grandes proporciones y que va mucho más allá de encajar el duro golpe en las urnas: el de la sucesión de un presidente que lleva dirigiendo el partido desde su fundación y el rumbo que tomará el partido en unos meses, en un contexto en que toda decisión que se tome sobre el proyecto se estima de vital importancia para dar esquinazo a la amenaza de la desaparición o la absorción por parte del PP. Los precedentes no son nada halagüeños: ninguno de los partidos ubicados ideológicamente en el centro político -como UCD, CDS y UPyD- lograron reponerse a la adversidad.