O bien por cambios en el Gobierno o bien por cambios en los órganos de gobierno de los propios medios de comunicación, resulta imposible encontrar a un periodista que permaneciera en primera fila mediática como Fernando Ónega. Alguien que llegara a ser directivo de la Cadena SER, de Onda Cero, de COPE, estrella en Antena 3, estrella en Telecinco, editorialista y director de periódicos de Madrid. Vivió controversias que podrían haber hundido a muchos periodistas, pero Ónega parecía conseguir caer siempre de pie.
Del 'Péndulo' de Franco al periodista más odiado por los ultras
Cuando lo normal a los 20 años es que un periodista ejerza como redactor raso, Ónega ya publicaba artículos gracias a su talento con la prosa. En muy breve tiempo escribiría editoriales para el primer periódico público de ámbito nacional, Arriba, siendo director de ese periódico Manuel Blanco Tobío y su principal mentor otro destacado periodista gallego, Pedro Rodríguez, considerado el mejor entrevistador de la prensa escrita de la época. Tanto Pedro Rodríguez como Fernando Ónega dejaron escritos multitud de artículos de apoyo al régimen, incluyendo la etapa en la que Ónega firmaba la sección de opinión El péndulo, la que tenía cuando publicó artículos de respaldo al Gobierno ante los últimos fusilamientos del régmen el 27 de septiembre de 1975.
Pero no sería la izquierda la que más le reprocharía esos episodios, sino la extrema derecha, dado que fue precisamente un político franquista, Adolfo Suárez, el que pilotaría la Transición democrática y se convertiría en la figura más odiada para el llamado búnker, los franquistas contrarios a cualquier tipo de reforma. Tanto Pedro Rodríguez como Fernando Ónega respaldaron y apoyaron a Suárez –Ónega llegó a ser jefe de prensa del equipo monclovita y Rodríguez su principal defensor desde las páginas de los periódicos–. A partir de ese momento, ambos pasaron a ser los dos periodistas más denostados por los ultras desde su periódico de referencia, El Alcázar, donde los presentaban como dos periodistas vendidos al fondo de reptiles de Suárez. Tanto Ónega como Rodríguez demandaron a los francotiradores mediáticos de aquel periódico, con Juan Blanco a la cabeza, aunque en el caso de Ónega, acabaría retirando aquella demanda.
Las tensiones con 'butanito' el 23-F
“¡Director, esto es historia!”, le dijo Fernando Ónega a su jefe, Eugenio Fontán, aquel 23 de febrero de 1981 mientras todas las emisoras de Onda Media de la Cadena SER que estaban a su cargo emitían los tiros del golpista Tejero en el Congreso de los Diputados. Ónega era entonces el director de Informativos de toda la red de emisoras de la SER. Ordenó el noticiero más largo que se había emitido hasta entonces radiofónicamente en España y aquella noche de transistores que él dirigió, junto a Javier González Ferrari y tantos otros, fue no sólo historia de nuestro país, sino también historia de la radio mundial.
La controversia llegó de la mano de una de las estrellas de la SER del momento, José María García, Super García, que logró con sus habilidades inigualables hacer pasar una unidad de la SER a la Carrera de San Jerónimo. El momento de tensión tuvo lugar cuando Ónega le ordenó que se retirara para que fuera el equipo de informativos y no él quien diera a pie de micrófono los aconteceres del desenlace de aquella jornada. Según el relato de García él no fue a su casa, sino que regresó a la sede de la radio, en Gran Vía, intuyendo que cuando hiciera falta cargar los equipos volverían a necesitar de su ayuda porque, a lo que se ve, era el único con la capacidad de superar los cercos policiales a la zona de la noticia. Al final Ónega no tuvo más remedio que volver a pedir ayuda a Super García y fue cuando este le dijo que si volvía “de ahí ya no me mueve ni Dios”. Y fue, en efecto, García quien narró, con su peculiar estilo, la salida de los diputados tras el 23-F.
El 'padre' de las tertulias
Otra gran contribución de Fernando Ónega al universo mediático español fue la introducción de las tertulias periodísticas en España a raíz de La Trastienda. Aquel espacio de cotilleos y confidencias que los primeros espadas de la prensa española inauguraron en la Cadena SER en 1984. La paternidad de aquel proyecto está muy discutida. Dado que se la atribuyen Manuel Antonio Rico, Ramón Pi, José Luis Gutiérrez y el propio Ónega. Pero al margen de quien tuviera la idea primero, el hecho es que el directivo que dio su visto bueno y dijo "adelante" fue Fernando Ónega, bajo la batuta de Javier González Ferrari.
Aquella primera tertulia no tardó en molestar al Gobierno felipista, que pidió pronto la cabeza de un tertuliano cuya lengua viperina había sacado de sus casillas al entonces vicepresidente Guerra. El Gobierno pidió su cabeza, los jefes de la emisora ordenaron a Ónega que la entregara, y este ejecutó la orden. La tertulia aguantaría un tiempo más en la emisora hasta que la compra de la cadena de emisoras por Prisa supuso la salida del propio Ónega, de Rico, de Ferrari, y de las tertulias en sí. Pero la semilla ya había sido plantada y pronto las tertulias se convertirían en una plaga que tomaría toda la parrilla de radio y televisión en España a raíz de aquel primer experimento de Ónega.
Ónega podría haberse presentado como víctima de Prisa, como hicieron otros, pero el, al igual que nunca quiso estar en el bando de Prisa, tampoco quiso estar en el bando anti-Prisa.
Desafiando a la derecha desde el periódico de la Editorial Católica
De un puesto directivo en el gabinete de Suárez a un puesto directivo en la Cadena SER, y de un puesto directivo en la Cadena SER a un puesto directivo en el grupo mediático de la Conferencia Episcopal. Ónega siempre caía de pie. Durante los sucesivos años sería el hombre fuerte de los medios de la Iglesia católica, pilotando el traslado de muchos de los que habían caído de la SER a la COPE. De hecho, la primera La Linterna venía a ocupar en parte el estilo que había tenido aquella Trastienda y mantenía a algunas de las figuras destacadas de aquel espacio, como Pilar Urbano, Ramón Pi o el propio Javier González Ferrari.
En esa etapa también se le encargó un reto muy complejo: la dirección del periódico Ya. Pocos prestigios hay mayores en prensa escrita que dirigir un periódico de ámbito nacional, aunque no es menos cierto que el Ya estaba pasando de ser el periódico más leído de España durante la pre-Transición, a ser un muerto viviente en los quioscos durante su última década de vida. La etapa de Ónega en el Ya estaría marcada por el referéndum de la OTAN de 1986.
El Gobierno de Felipe González cumplió su promesa electoral (costumbre que hoy ha caído en desuso) de someter la permanencia de España en la OTAN a referéndum. Pero, eso sí, lo hizo cambiando la postura que había mantenido en 1981 y lanzándose al desafío de tratar de convencer a sus votantes de que el interés de España era permanecer en la alianza atlántica. La derecha española acaudillada por Manuel Fraga, Óscar Alzaga, Miguel Herrero, Jorge Verstrynge, Fernando Suárez y José Antonio Segurado, que habían sido los mayores defensores de la OTAN y el alineamiento con Estados Unidos, tomaron la oportunista decisión de hacer campaña a favor de la abstención, pensando que si la izquierda votaba NO y la derecha se abstenía el Gobierno perdería el referéndum y tendría que dimitir.
El ABC de Anson cumplió disciplinadamente con la estrategia de la derecha política y su periódico hizo campaña a favor de la abstención. No así el Ya de Ónega, que entendió que el interés de España estaba en la postura del Gobierno y defendió el SÍ. Sus enemigos le acusaron de ponerse, "de nuevo", al servicio del Gobierno. Pero el resultado de aquel referéndum acreditó que gran parte del electorado de la derecha española no compartió la estrategia suicida de la derecha política española, que también fue merecedora de rechazo por toda la derecha europea. En apenas unos meses toda la cúpula de aquella Coalición Popular estaba fuera de la primera fila política. Ónega, en cambio, tuvo más habilidad que los Alzaga de la época y seguía sobreviviendo (de hecho, el Ya se hundiría, pero él no).
De luchar contra Carrascal a sustituirle
Después de haber sido directivo en la Cadena SER, en la Cadena COPE y en la Onda Cero de la ONCE, donde tuvo algún que otro encontronazo con Luis de Benito primero (a quien defenestró) y con Ernesto Sáenz de Buruaga (con quien más bien pasó lo contrario, le defenestro a él), en 1994 dio el paso para demostrar que era un periodista todoterreno y que al igual que había triunfado en radio y prensa, podía hacerlo en televisión. El mandamás de Telecinco, Maurizio Carlotti, le encargó la nueva etapa del informativo nocturno Entre Hoy y Mañana. Su reto estaba claro, debía competir con el presentador de la noche de Antena 3, José María Carrascal. Ónega no tenía sus corbatas, pero se trajo como arma secreta una tertulia. Entre Hoy y Mañana pasaba a ser un programa de tres con Federico Jiménez Losantos (en ese momento considerado amigo personal de Aznar) y Martín Prieto (considerado amigo personal de Felipe González), logrando con aquellas zurras Losantos vs MP un importante éxito de audiencia. Carrascal se defendería diciendo que "son tres contra uno".
A principios de 1997, Ónega aceptó una oferta de José Oneto para pasarse a Antena 3 (tras haber perdido a Jiménez Losantos, que se fue a Miami, el programa en Telecinco ya no era lo mismo). En Antena 3 Ónega aspiraba a ser el presentador del informativo estrella, el de las 21 horas, pero ocurrió algo inesperado. El Gobierno Aznar compró Antena 3 TV a través de Juan Villalonga, y eso supuso que Ónega se reencontrara con un viejo conocido, Ernesto Saénz de Buruaga, que entró como nuevo presentador estrella de Antena 3 TV y, por tanto, el encargado de la franja de las 21 horas. Ónega pasó, entonces, a la noche, es decir, a sustituir a José María Carrascal, desterrado de la televisión por Buruaga.
Ónega y Buruaga no se acabaron de entender, así que por la misma puerta del destierro por la que salió Carrascal no tardaría en salir Ónega, que era despedido por segunda vez por el burgalés. Buruaga no lograría ser el líder de audiencia de la franja de las 21 horas, dado que el liderazgo por aquellos días será para TVE con un joven periodista procedente de la radio que se estrenaba en televisión llamado Alfredo Urdaci. "Gracias por vengarme", le llegaría a decir Ónega a Urdaci por superar en audiencia a Buruaga.
Las guerras civiles de Admira
Lo que no hacía nunca Ónega era caer en desgracia. Siempre que salía por una puerta, entraba por otra. Los mismos dueños de Telefónica, cuando se enteraron de su despido de Antena 3 TV, se apresuraron en reubicarlo en Onda Cero, donde volvió a ser director general. Ya lo había sido en la etapa de la ONCE y ahora lo era en la etapa de Admira, que así se llamaba la división mediática del Grupo Telefónica por entonces.
Realmente la evolución mediática de Admira (1997-2003) sólo puede calificarse como un caos. Una corral donde había demasiados gallos. Juan Villalonga, César Alierta, Juan José Nieto, Pedro J. Ramírez, José María García, José María Aznar, Juan Kindelán... Parece increíble que un grupo con una capacidad económica y mediática difícilmente superable no pudiera salir adelante por sus constantes guerras civiles.
Ónega estuvo en ellas. Y cuando en aquella Brújula de El Mundo se le ordenó vetar tertulianos, cumplió el veto ordenado por la dirección, aunque él mismo reconocía no tener claro quién era la dirección, ni quien mandaba ahí más, si el presidente de Onda Cero, el presidente de Admira o el director de El Mundo. Algunos guardan mal recuerdo de Ónega entonces. Ahí están los testimonios de Marta Robles o de Javier Algarra, molestos por las intrigas de aquel director general. Si Ónega vivió el 23-F como jefe en la SER, el 11-S lo vivió como jefe en Onda Cero y algo tuvo que ver el desarrollo de esa jornada en la emisora para su ruptura con Algarra y Robles.
Admira desaparecía en 2003. Para ese momento de Onda Cero habían desaparecido Villalonga, Nieto, Pedro Jota, García, Aznar, Kindelán, Algarra, Robles... pero Ónega no. Ónega y Ferrari fueron los únicos que aguantaron por allí un rato más y, al final, Ónega fue el único que se quedó y estuvo hablando para aquellos micrófonos hasta el final de su carrera.
El tertuliano que no gritaba
Como tantos otros periodistas, Fernando Ónega fue un habitual de las tertulias en la última etapa. Y ahí logró algo que, a día de hoy, parece increíble, ser capaz de participar en ellas sin perder los papeles, sin levantar la voz y sin dedicar diatribas o descalificaciones a sus comensales.
Y no porque participara sólo en programas sosegados. Durante el Gobierno Zapatero era tertuliano del programa de debates de Globomedia llamado 59 Segundos, donde hubo no pocas broncas con tertulianos como Pedro J. Ramírez, Nacho Villa, Miguel Ángel Rodríguez, Enric Sopena, Carlos Carnicero o Isaías Lafuente. Pero Ónega respetaba sus turnos y evitaba el cuerpo a cuerpo. En una tertulia, Isabel San Sebastián le llegó a acusar de ejercer en la tertulia como "defensor del Gobierno de Zapatero", pero Ónega, en esa y en tantas otras ocasiones, evitaba siempre entrar al trapo.
Fernando Ónega entra en la historia tras más de 50 años en la primera fila periodística. Es inevitable sospechar que los que le reprochan, seguramente con razón, haber sido un periodista-corcho, que siempre salía a flote en todas las situaciones, lo hagan por la envidia que les despertaba el asumir que no podrán imitar la hazaña que logró aquel periodista gallego que sobrevivía a todo y a todos y al que se le atribuye aquel "puedo prometer y prometo".
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