¿En qué se parecen el balón oficial del Mundial de 1978 y el avión presidencial que compró Carlos Menem? Es muy simple: ambos se llaman Tango. Un sustantivo que ha dejado de ser solo el nombre de un tipo de música para convertirse en una seña de identidad, en un símbolo nacional argentino, a pesar de que La Cumparsita, uno de los tangos más emblemáticos, naciese en Montevideo, en la confitería La Giralda que se ubicaba en la esquina donde ahora se levanta el Palacio Salvo. Este edificio, al igual que los tangos, tiene su réplica al otro lado del Río de la Plata en el Palacio Barolo de Buenos Aires.

PUBLICIDAD

Uruguay también es la tierra de Carlos Gardel –en concreto, Tacuarembó– aunque los franceses, y cierto sector de argentinos, insistan en que es natural de Toulouse. Pero debo reconocer que es en Argentina donde Gardel creció y se hizo artista hasta erigirse en un símbolo nacional de este país, más allá de donde naciese. Un viaje similar al que hizo Julio Sosa, quien vio la luz en Las Piedras, Departamento de Canelones, República Oriental del Uruguay, pero que se convirtió en "el varón del tango" en Buenos Aires.

PUBLICIDAD

Desde 2009, gracias a la UNESCO, el tango es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En la declaración se insiste en que nació entre las clases populares de Buenos Aires y Montevideo, fruto del encuentro de inmigrantes europeos, afrodescendientes y criollos. De esta mezcla sociocultural surgió una identidad expresada en la música, la danza y la poesía del tango, en el mismo espacio donde apareció el lunfardo, una jerga que mezclaba palabras del castellano con las de los migrantes recién llegados. Por eso, en muchas letras de tangos se usan expresiones y construcciones de esa forma de comunicarse que se ha convertido también en un emblema nacional.

Por eso me sorprendió saber que, en 1943, una dictadura de militares que se decían nacionalistas hubiese perseguido, precisamente, al tango. El argumento no era patriótico, era la defensa de la moral ante el peligro encerrado en ese tipo de canciones. Como siempre, la censura se disfrazó de defensa del orden y la moral. También pesó que, para ellos, lo nacional argentino era un conjunto de valores conservadores católicos de origen hispano en los que esa música arrabalera no encajaba porque hablaba de borracheras, prostíbulos y desamores extremos. Como buenos nacionalistas, los golpistas también tenían un punto xenófobo y por eso les incomodaba el lunfardo, que era visto como una perversión extranjerizante de la lengua que, para colmo, se hablaba donde se peca.

Debido a la censura se cambiaron letras de tangos ya populares con efectos que hoy resultan graciosos, a pesar de ser la triste evidencia de cómo, desde el poder político, y más aún si este es autoritario, se quiere controlar los distintos espacios de la vida de las personas. Enrique Alberto Fraga cuenta que a El Ciruja, el tango lunfardo por antonomasia, que cuenta el triángulo amoroso entre un cuchillero, una mechera y un proxeneta, se lo ennobleció ascendiéndolo a El Cirujano. Otro ejemplo son los cambios hechos en El bulín de la calle Ayacucho. Un bulín, que en lunfardo sería lo que en España se conoce como "picadero", pero no de caballos, se transformó en "mi cuartito, feliz y coqueto que en la calle Ayacucho alquilaba".

Enrique Santos Discépolo, compositor de temas que hacen justicia a aquello del tango como patrimonio inmaterial de la humanidad, fue uno de los afectados. Su obra es mundialmente conocida, a pesar de no contar con el entusiasta apoyo de los músicos callejeros europeos que tocan Por una cabeza con tal convicción y sentimiento que ya parece una canción tradicional de los Cárpatos.

El tema de Discépolo incluido en la lista negra era Cambalache, cuya letra tan bien resume los extremos de la condición humana. Soy consciente de habérsela oído cantar a mi madre en una ocasión, cuando era niño, acompañando la interpretación que estaba sonando. Como es de suponer, entonces no entendía mucho del desfile de personajes, pero me picó la curiosidad que por allí anduviese Don Bosco, a quien conocía por culpa de los salesianos. Pero mi militancia discepolense se debe a Uno, tango genial desde el título que, antes de degenerar hablando de cosas del amor, arranca con una potente primera estrofa que incluye la mejor definición de la valentía que da la convicción: "Uno […] sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina". Recomiendo la interpretación de Julio Sosa.

No fueron los miembros del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) —que además de ser nacional católicos simpatizaban con el Eje en la Segunda Guerra Mundial— los únicos militares golpistas preocupados por la música que oían los argentinos. Casi 40 años después, el 2 de abril de 1982, el mismo día que se declaró la Guerra de Malvinas, el general Galtieri decretó la prohibición radiofónica y televisiva de música anglosajona o cantada en inglés. Supongo que esta repentina convicción antiimperialista buscaba matar dos pájaros de un tiro: atacando la moral del enemigo y la de EEUU, país que inmediatamente se alineó con el Reino Unido sin importarle los fieles y leales servicios que les habían prestado los militares argentinos.

Me consta que los coletazos de esa medida llegaron a inicios de los noventa, cuando en la televisión se podía oír a los locutores decir palabras en inglés con una engolada y perfecta pronunciación y, sin embargo, los títulos de las canciones las traducían. La medida generó un espacio en las radios que se fue llenado con la transmisión de lo que se dio en llamar "rock nacional". Así, se programó masivamente a bandas locales, lo que amplió su audiencia, legitimó el género y consolidó al rock en español como expresión cultural, generacional y masiva; un tipo de música que, en principio, no era bien vista por los militares debido a su tono rebelde y reivindicativo.

Lo nacional es habitualmente una etiqueta muy útil para quien aspira a ordenar la identidad colectiva y, de paso, a gobernarla"

La última redefinición de qué es lo nacional argentino se la debemos a los herederos del general Juan Domingo Perón, uno de los militares golpistas del GOU. A inicios de los 2000, el kirchnerismo ya no se preocupaba por la música que oían sus nacionales, sino que buscó dar trascendencia a su populismo autodefiniéndose como un movimiento nacional-popular. Como ellos son muy listos, consiguieron entender a Ernesto Laclau –algo que yo nunca he podido– para definir su proyecto como una identidad política construida a través del conflicto contra un "otro". Es decir, "el pueblo", que es a la vez nacional, se construye como hegemónico frente a la oligarquía, las corporaciones, los aliados del imperialismo (el "otro" tiene distintas caras) y disputa el control del Estado. En resumen, populismo puro y duro, lo digan como lo digan.

Como se ve, lo nacional nunca termina de ser propiedad exclusiva de nadie. Cambia con el tiempo, se mezcla con la cultura, con la lengua y con las costumbres de las personas, y suele acabar siendo bastante más desordenado de lo que a los guardianes de la patria les gustaría. Pero eso no impide que, periódicamente, aparezca alguien dispuesto a decidir qué es auténticamente nacional y qué no lo es. A veces se persigue al tango por arrabalero, otras se prohíbe el rock por extranjero y, en ocasiones, se declara nacional-popular lo que conviene políticamente en cada momento. Al final, más que una esencia cultural, lo nacional es habitualmente una etiqueta muy útil para quien aspira a ordenar la identidad colectiva y, de paso, a gobernarla.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.