Opinión

Nada más cansino que el eslogan "tú no eres periodista"

Nada más cansino que el eslogan "tú no eres periodista"
El periodista Vito Quiles (c) durante una concentración | Europa Press

Se me ocurren varios argumentos a los que, si fuera Francina Armengol, recurriría para justificar la retirada de acreditación a Vito Quiles o Bertrand Ndongo, empezando por los vinculados a la necesidad de mantener un orden y un protocolo. El que nunca usaría sería el cansino, por no decir patético, argumento de “no son periodistas”.

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Vaya por delante que, afortunadamente, el estado de salud de la libertad de prensa en España no depende del número de personas acreditadas en la sala de prensa del Congreso, a pesar de lo que digan algunos comentaristas en un tono dramático que solo puede justificarse en la animadversión que puedan mantener hacia la actual mayoría parlamentaria que controla la presidenta del Congreso. Y que el negocio de generar vídeos, que es de lo que viven Quiles y Ndongo, no perderá demasiado por el hecho de no poder armar bulla en las ruedas de prensa de Patxi López, cuando sus mejores vídeos hace tiempo que los consiguen fuera de la sala de prensa del hemiciclo.

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Todo aquel que haya organizado algún evento público en el que tengan que participar distintas personas sabe la importancia de mantener cierto orden a partir de unas reglas, y, si alguien se salta dichas reglas, parece razonable que se apliquen sanciones. Como también lo es que los sancionados puedan recurrir las sanciones por las vías pertinentes. No hace demasiado tiempo, el Govern catalán retiró su acreditación a Xavier Rius por considerar inadecuada una pregunta en la que aplicó a una portavoz gubernamental la misma broma que en TV3 le habían dedicado a la reina Letizia, y la cosa no les gustó. Posteriormente, una resolución judicial le devolvió dicha acreditación.

De ahí que hubiera deseado que la nota de la FAPE se hubiera quedado en eso: en defender el derecho de los responsables de la Mesa del Congreso a mantener el orden para el desarrollo racional de las ruedas de prensa y dejar en manos de las vías regladas la resolución del conflicto. (Aunque, si hubiera sido una FAPE que hubiera tenido la fuerza que tuvo entre 1978 y 1983, seguramente antes de eso habría intentado mediar con los responsables de los medios en conflicto para que no hubiera tenido que llegarse a ese extremo). Pero la FAPE entró en el lamentable y cansino argumentario de los “dos agitadores sociales” (…) “nada tienen que ver con el periodismo…”. Pocas acusaciones me parecen más vacías que el eterno argumento de desprestigio profesional del “tú no eres periodista”. Los que conozcan la historia del periodismo sabrán que en cada ciclo de tiempo aparecen unos “guardianes de la aduana” que se sienten con la autoridad de decir quién es y quién no es periodista. Los había en 1976, en 1986 y en 2006, y aquí siguen, en 2026. ¿Cuándo ha contribuido esta actitud “aduanera” a desprestigiar la imagen del sector? Aunque también los defensores de los dos sancionados han usado argumentos trillados.

La absurda comparación con Caiga Quien Caiga

Uno de los argumentos más recurrentes de los defensores de los “agitadores sociales”, como los llama la FAPE, es el de que la labor de Vito Quiles y Bertrand Ndongo es la misma que la de los reporteros del programa Caiga Quien Caiga (CQC) de Globomedia. El último que se apuntó a esa similitud fue el diputado del PPNacho Martín Blanco. Aquellos reporteros, en no pocas ocasiones actores guionizados siguiendo indicaciones de pinganillo, buscaban principalmente bacilar con sus gafas de sol. Y, aunque no pocas veces las supuestas gracietas ingeniosas de los de “CQC” producían el mismo nivel de carcajadas que los monólogos de Empar Moliner en TV3 (cero), difícilmente se puede ver comparación con el reporterismo incordiante.

Pues ni los actores que Globomedia usaba en sus distintos formatos (“CQC” y posteriores), ni sus antecesores, como aquel “Reportero Total” que interpretaba Santiago Urrialde para Pepe Navarro, pretendían dar lecciones de periodismo a nadie, sino hacer vídeos presuntamente graciosos para rellenar minutos de un programa de humor. Si bien es cierto que un exreportero de “CQC”, Gonzo, realizó para El Intermedio de La Sexta (2011-2019), tras su traumático paso por el Método Gonzo, una evolución hacia algo que sí encaja con gran similitud en la práctica que recuperó Javier Negre para EDATV: preguntar con el objetivo de que el “entrevistado” te mande a la mierda. Aplicando una pauta de conducta a la que habitualmente no llegaban los otros reporteros de Globomedia y consiguiendo que más de uno le acusara de acosarles —fuera Ana Botella, Bieito Rubido, el insumiso José Eugenio Arias o Anglada, por poner cuatro ejemplos—, sin que a él pareciera importarle y siguiera incordiando con sus cámaras.

Pero, puestos a hacer comparaciones, lo que más se asemeja a la labor de Quiles y Ndongo es la de los reporteros del corazón del periodo en que se produjo el “boom” de este fenómeno televisivo (2003-2009), cuando los reporteros perseguían a los famosos allá donde fueran. Sin frenos morales, estuvieran en un restaurante privado o incluso en un cementerio visitando las tumbas de sus seres queridos, como hizo un programa de cotilleos de Antena 3. Viendo a Vito Quiles tratando de alcanzar a Sarah Santaolalla o a Ana Pardo de Vera tirando el micro de Bertrand Ndongo, parece difícil no rememorar a Pepe Sancho gritando a los reporteros de “Aquí hay Tomate” o a la agencia Korpa con su “¡Dejadme en paz, mugrosos!”, o a Isabel Pantoja lanzando un micro mientras gritaba “¡No me vais a grabar más!”. De hecho, cuando a veces se ve a Gabriel Rufián sonriendo con Quiles, solo le falta decir: “Dientes, dientes, que eso es lo que les jode”.

Quizá Jorge Javier Vázquez recuerde aquella inolvidable pieza del reportero Luis García Temprano colándose en la Feria de ARCO para pillar por sorpresa a María Porto, la entonces nueva novia del entonces ministro Francisco Álvarez Cascos (al que los “tomateros” apodaban “Pacorro”), y que recurrió a los de seguridad para tratar de librarse de las insolencias de aquel Luis G. T. Y también estos reporteros se sentían muy periodistas y muy legitimados para hacer lo que hacían, por muy impresentable que fuera para buena parte del público. Bien es verdad que entonces había menos asociaciones de la prensa emitiendo comunicados con ganas de condenarles.

Quizá porque no es tan fácil, desde la FAPE o la APM, meterles una cornada a aquellos que tengan la alcachofa de Telecinco o de Antena 3 que a los que tienen la de PD o la de EDATV. Porque, si se trata de censurar a los que montan guardias delante de casas de particulares, no sé cuántos españoles estuvieron viendo durante semanas la puerta de Mi Gitana o el portal de la casa de Belén Esteban. Aunque, puestos a jugar a eso, anda que no mandaba Pedro J. Ramírez a periodistas a montar guardia ante la casa de Aída Álvarez en los tiempos de Filesa, o Antonio García Ferreras mandaba periodistas a la casa de Luis Bárcenas o Rita Barberá.

La carga hueca del "no son periodistas"

A la acusación de “¡Tú no eres periodista!” le pasa lo mismo que a adjetivos como “fascista” o “sectario”: que, de tanto ser repetidos, ya no valen nada. Pongamos un ejemplo. Si no hubiera antecedentes, el hecho de que Esther Palomera diga que Vito Quiles no es periodista sería una afirmación de peso. Pero el problema es que es la misma Esther Palomera a la que hemos escuchado asegurar que tampoco Federico Jiménez Losantos hace periodismo para ella, a pesar de haber escrito en El País, ABC y El Mundo, y participado en programas de análisis en prácticamente todas las cadenas de televisión a lo largo de su carrera. Y es la misma Esther Palomera a la que, en otra ocasión, se la escuchó decir que Sergio Martín, cuando conducía La Noche en 24 Horas, no era periodista, así como tampoco sus compañeros Julio César Herrero, Rojo, Antonio Papell y Graciano Palomo, por la forma en la que habían hecho una entrevista a un político con unas preguntas que a ella no le habían gustado. Por lo que, en su caso, lo de erigirse en señaladora de “falsos periodistas” no es ninguna novedad, y no es una excepción en este sector nuestro.

En la década de los noventa encontraremos editoriales de El País asegurando que los de El Mundo no eran periodistas, sino amarillistas incendiarios que habían entrado en el oficio para chantajear y hacer operaciones políticas; actitud respondida por los de El Mundo, diciendo que eran los de El País los que no eran periodistas, sino defensores de los negocios de sus accionistas, encabezados por el empresario Polanco (al que, por cierto, la APM, integrada en la FAPE, le dio el carné de periodista). Durante “el procés”, era habitual escuchar que los medios que apoyaban el procés no eran periodistas, sino propagandistas de la Generalitat, mientras estos decían que eran los unionistas los que no eran periodistas, sino mercenarios del Estado.

En el mismo 2008, el director de la Cadena SER, Daniel Anido, se marcaba un artículo diciendo que no eran periodistas ni Luis María Ansón, ni Pedro J. Ramírez, ni Alfonso Ussía, ni Antonio Burgos, ni Cristina López Schlichting, sino invasores “que querían robarnos el oficio”, a los que había que despreciar. La misma SER que tenía en 2023 a un señor llamado Idafe Martín explicándonos en antena por qué figuras mediáticas como Álvaro Nieto o Carlos Alsina no eran periodistas, sino cucarachas que ensuciaban el periodismo. El mismo Nieto que ha destapado casos tan poco interesantes como el de Plus Ultra, mientras otros programas, como los de TVE, veían más interesante llenar minutos de la televisión pública hablando de la “investigación” de si Vito Quiles había gorroneado paradas al viajar en transporte público o presentando en grandes titulares cómo algo novedoso una denuncia de soborno florentiniana ya aireada hace 19 años y, eso sí, pasando de contrastar con los otros implicados, práctica que parece haber caído en desuso por los defensores del periodismo puro en las tertulias.

Sobre la objetividad

Si el argumento de negarles a los dos sancionados la condición de periodistas es su nula objetividad (ambos han formado parte de equipos de prensa de partidos políticos y basta ver cómo babean cuando entrevistan a un político de su cuerda), existe el problema de que la historia del periodismo no se destaca precisamente por ser la historia de figuras puras y apolíticas. ¿Cuántos ilustres miembros de la APM o la FAPE fueron diputados y se posicionaron en batallas políticas? ¿Eran independientes del poder político Miguel Moya, Juan Ignacio Luca de Tena, Francos Rodríguez, Prieto, Delgado Barreto o el mismo Luis Apostúa cuando simultaneaban cargos públicos con el desempeño de sus funciones periodísticas? De ahí que sea más interesante plantear este tema como una cuestión de orden y protocolos y no como una cuestión de “independencia”.

En esta profesión siempre han convivido periodistas que han tratado de mantenerse al margen de la política, haciendo sus análisis de manera relativamente independiente, con periodistas que deben toda su fama y popularidad precisamente a que hacen análisis de manera subjetiva para fidelizar al público que comparte su sesgo, y quienes directamente hacen periodismo de combate, alineados con un bando político —que, en no pocas ocasiones, les gratificaba con dividendos— y combatiendo con dentelladas a todos los enemigos de ese bando. Sin que falten los que han ido cambiando de posición conforme se iban peleando con sus antiguos amigos políticos, a veces en función de perder prebendas, y tratan de vender esos cambios como muestra de su "independencia".

Si unos periodistas consideran que su trabajo es exquisito, como el de un restaurante de cinco tenedores, mientras que la labor de los reporteros mamporreros es la de los puestos de comida basura, deberían mostrar cierta tranquilidad y confiar en el criterio de los consumidores, que sabrán distinguir las diferencias. Porque si el maître del local de cinco estrellas sale a la calle a gritar a la gente que se acerca al puesto de comida rápida: “¡Eso no es un restaurante, eso no es un restaurante!”, solo conseguirá dar una imagen de inseguridad sospechosa sobre su local.

Nunca me identificaré con aquellos que sienten gratificación al armarse con una alcachofa e ir a dar por saco a un político o famoso y se relamen de éxito cuando este les pega un grito: “Ya tenemos el vídeo de hoy para viralizar”, lo hiciera Aquí hay Tomate, Tal Cual o ¿Dónde Estás Corazón? ayer o EDATV hoy, y menos aún si encima pretenden sacar pecho como si ellos fueran “el auténtico periodismo”, como hacen. Pero son tan evidentes y previsibles que el daño real que puedan hacer a la imagen del sector me parece insignificante. Si no respetan el orden de las salas o los protocolos de los eventos donde se acrediten, que se aplique el reglamento contra ellos y listo, como pasaría en cualquier congreso o asamblea pública con quien no respetara el orden. Y si cruzan los límites que marca la ley, que se aplique lo establecido como con cualquier otro ciudadano. Sobran, pues, dramatismos sobre el tema, y proclamas en nombre del "periodismo verdadero".

Pero que no usen la bandera de “defensa de los auténticos periodistas”. No solo porque no sea creíble en quienes llevan décadas permitiendo en esta profesión la práctica habitual del canibalismo, de los combates saturnianos, del desprestigio al competidor por tierra, mar y aire, los robos de exclusivas, ninguneos profesionales, zancadillas, donde tantos profesionales y medios han antepuesto la fidelización de un nicho ideológico de lectores al relato objetivo de los hechos, donde la labor de demasiados medios ha dejado de ser informar y explicar la actualidad para ser nutrir de argumentarios de “por qué debes odiar hoy” a tus enemigos políticos, y donde en tantas ocasiones en las mesas de análisis periodístico la frontera entre los que son periodistas y los que son políticos brilla por su ausencia. No solo porque quienes han justificado estas y otras prácticas en este sector en su supervivencia profesional —“ya sabes cómo funciona esto”, dicen— carecen de cualquier autoridad moral para juzgar a otros. Que no la usen, porque quien no está capacitado para hacer autocríticas públicas no tiene legitimidad para señalar las de los demás.

Si se quiere limpiar esta profesión, lo fácil es señalar a Vito y a Bertrand; lo útil, que cada uno empiece por su propia casa. Por eso el “¡Tú no eres periodista!” que usan los que hoy señalan a los sancionados por la Mesa del Congreso tiene la misma escasa fuerza que ha tenido para todos los periodistas que llevan usando esa misma acusación para referirse a sus competidores en los últimos 40 años.

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