España | Política CRISIS SANITARIA EN CATALUÑA

"Lo más duro es que los hospitales ya no te dejan derivar a los mayores, les recetan paliativos"

La UME entra en una residencia en Barcelona. EP

Cataluña parecía, en el inicio de la pandemia, haberse salvado del contagio masivo en la primera semana de marzo, cuando Madrid y País Vasco mostraban ya contagios comunitarios -al margen de los casos exportados de China o Italia- y las primeras muertes. Pero el crecimiento de contagios y defunciones en esta comunidad, muy especialmente en el área metropolitana de Barcelona y la zona de Igualada, ha confirmado que ninguna zona altamente poblada es inmune al Covid-19 y que muchos de los errores cometidos en Madrid se han repetido en Cataluña, pese a la insistente exhibición del confinamiento de Igualda como muestra de la celeridad de la Generalitat en la toma de decisiones.

Superada la cifra fatídica de los mil fallecidos, se ha convertido en la última semana en la segunda comunidad en número de contagiados, 15.026, mientras el Pais Vasco contenía la expansión del coronavirus en 5.740 positivos según el balance de este domingo. Se acerca además al número de enfermos graves, en UCI, de Madrid, aunque sigue muy lejos del número de fallecidos y curados, lo que se explica por la semana de «ventaja» que la expansión del virus lleva en la capital española. Es el resultado de las «primeras semanas caóticas» que denuncian desde la atención primaria.

Más de 70.000 contagios en el mejor escenario

Según una proyección realizada por el Departamento de Salud este lunes -tras diez días sin colegios y una semana de confinamiento- si Cataluña sigue la curva de Italia no llegará al pico de la curva hasta el 28 de abril, como aseguró el miércoles Quim Torra. Se alcanzarían entonces los 121.734 contagiados y 13.000 muertos. En el escenario más benigno dibujado por los expertos de Salut, el pico de la curva se alcanzaría el 24 de abril con 70.891 positivos y unos 7.600 muertos. La consellera Alba Vergés no quiso comentar estas cifras, pero tampoco las desmintió.

Tras anunciar el colapso total para esta semana durante días, Vergés ha confirmado este domingo que se han alcanzado las 1.700 camas de UCI, 700 más de lo habitual, y que se trabaja en multiplicar por dos ese número para hacer frente al pico de la pandemia. Esta semana se han estrenado además cuatro espacios en pabellones medicalizados en Barcelona para descongestionar los grandes hospitales, una medida que Madrid adoptó hace una semana y que Vergés había descartado inicialmente. Y Sabadell acogerá en los próximos días el primer hospital de campaña, que Vergés presentó ayer como un nuevo hospital temporal con 250 camas para dar un respiro al Hospital Parc Taulí, al borde del colapsó en la poblada comarca del Vallés.

Se han medicalizado también hoteles y residencias sociosanitarias como la Jaume Nadal de Lleida cerrado para destinar sus 100 camas a derivados del hospital Arnau de Vilanova. Camas que ocuparán leves, pero también terminales, reconocen desde la capital del Segre, a los que se derivará al sociosanitario para aplicar tratamiento paliativo.

Todos los hospitales privados tienen ya enfermos de coronavirus derivados de la pública, aunque la gran preocupación ahora, más allá de la petición de camas de UCI o equipos EPI -batas, guantes y mascarillas-, es la falta de personal sanitario, y especialmente de enfermeras. «Hay mucho miedo al contagio» reconocen desde los centros.

Motines por el material de protección

En este contexto de extrema tensión, las residencias de ancianos y sociosanitarios se han llevado la peor parte. «Ha habido motines por el material, la gente no quería trabajar sin bata y mascarilla y al final los veías con mascarillas de fabricación casera», afirma Elena, farmacéutica de un grupo de centros residenciales. «Ahora ya hay mascarillas para todos, pero es tarde». El departamento de Trabajo, Bienestar y Familia cifraba este domingo en 487 los ancianos contagiados en un total de 119 residencias catalanas. Una cifra baja para las estimaciones de los sindicatos.

Ahora, «lo más duro es que los hospitales ya no te dejan derivarlos, les recetan paliativos» reconoce la farmacéutica sobre los residentes con síntomas de coronavirus. Porque en las residencias reconocen que no se ha hecho un solo test, los enfermos considerados positivos lo son por sintomatología y contacto con algún enfermo que, al principio, sí pudo ser derivado a hospital, donde les hacían la PCR. «Pero del hospital no ha vuelto nadie», reconocen. Una práctica no desmentida por Vergés, que aseguraba este domingo que «nos basamos en criterios clínicos, también en el caso de derivaciones».

Javier Moreno, delegado de UGT Geriatría, confirma las enormes dificultades en este sector. «El fin de semana distribuyeron material insuficiente», asegura, y la última promesa del conseller de Trabajo, Chakir El Homrani, este jueves, vuelve a ser insuficiente: 10.000 guantes, mil batas y 4.000 mascarillas. Un total de 64.093 personas mayores viven en 1.073 residencias públicas y privadas en Cataluña, la gran mayoría en el área metropolitana de Barcelona. Y en esta zona, Moreno estima que entre un 20 y un 25% de los usuarios se ha contagiado ya de coronavirus.

El contagio entre los trabajadores llega en las residencias más castigadas al 40% de los empleados, según el responsable de UGT. «La sensación es que hemos llegado tarde, teníamos que haber adoptado medidas preventivas antes», concluye Elena, que se pregunta por qué no se prohibió antes el acceso de familiares y visitas a los centros residenciales. «Éramos los profesionales y los familiares los que contagiábamos a los residentes de centros residenciales y sociosanitarios».

El origen del descontrol

El 25 de febrero Barcelona y Madrid confirmaban sus primeros casos de coronavirus, ambos importados. En los días siguientes, el crecimiento en Madrid fue exponencial, mientras se contenía en Cataluña. La Generalitat aseguraba tener la «trazabilidad» -vía del contagio y contactos próximos- de todos sus pacientes. Lo mantuvo hasta la mañana del 11 de marzo, cuando Quim Torra, anunció el paso «de la fase de prealerta a la alerta» del Plan de protección civil «para poder mantener esta situación de seguimiento y contención del coronavirus».

El presidente catalán se reunió ese día con los presidentes de los grupos parlamentarios en el Palau -la última reunión presencial de ese tipo- junto a la consellera Vergés y el vicepresidente Pere Aragonés. Vergés todavía les aseguró que su departamento tenía controlada la trazabilidad de todos los contagios en Cataluña. Al finalizar el día la comunidad alcanzaría los 163 positivos -por 1.024 en Madrid- tras descubrirse el brote de Igualada, con 22 contagios.

«Es precoz hacer un análisis porque nos faltan muchos datos», advierte el portavoz en Sanidad de Cs, Jorge Soler, «tenemos datos absolutos, pero no los relativos porque no hacen pruebas de cribado», argumenta para dejar para más adelante el juicio sobre la gestión del Govern. Pero para este médico reconvertido a político, las explicaciones de Vergés ese día no fueron creíbles.

Sin embargo, Igualada encubrió el salto adelante de los contagios en toda el área metropolitana. Al día siguiente se multiplicaban casi por tres los nuevos casos. Se había perdido la trazabilidad. El 11 de marzo, la Conselleria hizo otro anuncio: el Clínico dejaba de centralizar en exclusiva la realización de todos los test de coronavirus. Las pruebas diagnósticas del Covid-19 se centralizarían tambiné a partir de entonces en los laboratorios del Hospital del Mar, San Juan de Dios, CatLab, Sant Pau, Vall d’Hebron, Bellvitge, Germans Trias i Pujol en Barcelona, y el Arnau Vilanova de Lleida y el Joan XXIII de Tarragona.

Atasco en el Clínico

Hasta entonces, todas las pruebas se habían centralizado en el Clínico. Ese fue uno de los principales cuellos de botella que ralentizó la reacción del sistema sanitario catalán los primeros días según todas las fuentes. «El exceso de control nos desgastó mucho» esos primeros días «los planificadores crearon cuellos de botella», asegura María Sánchez, directora de un CAP de Barcelona. Un extremo que confirma el médico Emilio Batista. «Hubo mucho secretismo sobre el cómo y el dónde se hacían las pruebas, y el número de pruebas diarias era muy bajo», apunta.

Desde los CAP denuncian además las directrices contradictorias en esos primeros días, cuando el Govern insistía en el control epidemiológico. «Si el virus ya estaba aquí, por qué tardaron tanto en decirlo, en decir, olvídate de los criterios epidemiológicos si hay síntomas sospechosos», apunta Sánchez. «Nos dio la sensación de que los protocolos nos retrasaban al poner la lupa en criterios de epidemiología exterior», es decir, considerar solo como casos posibles aquellos pacientes que habían estado en zonas de riesgo: Italia, China, Corea o Irán

Los profesionales de a puerta íbamos por delante de los expertos y sus protocolos epidemiológicos»

«Las primeras semanas fueron caóticas. No querían decir que ya era comunitario, no sé por qué, y los criterios epidemiológicos ya no eran válidos. Ningún criterio oficial decía que preguntáramos por Madrid y País Vasco», apunta esta sanitaria, «pese a que era lo lógico». «Los profesionales de a puerta íbamos por delante de los expertos de despacho y sus protocolos. En tiempo de guerra no puedes ser excelente; relaja con directivas breves y claras y confía en los profesionales que están a pie de calle».

«El otro problema es que coincidió con el final de la epidemia de gripe normal, aunque fuera en fase decreciente, y nos tenían encajonados con criterio de epidemiología externa cuando el virus ya estaba en Madrid, eso nos puso muy nerviosos, porque veíamos que venía con fuerza».

El otro gran fallo fueron las disfunciones del 061, confirma Emilio Batista. «El circuito parecía bien diseñado, pero no funcionó, sobre todo al principio, no había test y el 061 no ha respondido». Batista asegura, eso sí, que «una vez que conseguías entrar en el hospital el sistema funciona». El problema, apuntan unos y otros, es que fue en esos días de excesiva centralización cuando se descontroló el contagio en Cataluña.

El fracaso del 061

«El 061 no funciona», confirma Moreno, «tenemos trabajadores con síntomas a los que tres días después de pedir la prueba sigue sin contactarles nadie» pese a que el de las residencias geriátricas es el sector más castigado por el virus y ha sido definido ya como servicio esencial.

Aunque «lo realmente dramático era la descoordinación entre el 061 y los CAP que debían evitar la afluencia masiva a los hospitales», insiste Batista. El sistema está diseñado para que el 061 haga el primer cribaje de casos, derive a la atención primaria los casos leves, que recibirán un seguimiento domiciliario, y señale los que deben ser testados y derivados a hospitales.

En este contexto, Jorge Soler se pregunta por qué no se ha dotado todavía la sanidad catalana de kits de test masivos como los que ya se están utilizando en Andalucía para generalizar las pruebas, y contrastar así el alcance real de la pandemia. Sobre todo con la enorme capacidad de contagio demostrada por el Covid-19. Como señalan desde las residencias de ancianos: «No hablamos del compañero de habitación o los cuidadores, se contagia el residente que jugaba con un enfermo a dominó».

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