Los episodios de violencia y de acoso evidentes padecidos por los candidatos del PP, de Ciudadanos y de Vox en distintos puntos de España -léase Cataluña y País Vasco- ponen de manifiesto que la cuestión central sobre la que se van a dirimir estas elecciones generales es, para un amplísimo sector de la opinión pública española, la defensa de la unidad de España. Pero no únicamente la unidad territorial, que ésa ya está garantizada por nuestra Constitución, sino la unidad en los derechos y en las libertades, algo que, como se demuestra cada día, está muy lejos de poder ser aplicada en cualquiera de esas dos comunidades autónomas.

El ataque a la candidata popular por Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo tuvo una traducción plástica que impedía cualquier versión edulcorada de lo sucedido: una mujer menuda que avanza entre empellones e insultos y consigue gracias a su valor, entereza y tenacidad personales vencer a los centenares de radicales antidemócratas que intentaron con la violencia someterla por el miedo. La Uve de victoria que, llegada a lo alto de la escalinata, la candidata popular estampaba al aire con sus dedos ante aquella multitud vociferante, era el símbolo de una batalla que la democracia española hace años que había perdido parcialmente tanto en Cataluña como en el País Vasco y que ahora se dispone a ganar si las fuerzas la acompañan, que eso no está nada claro.

La unidad en los derechos y en las libertades está muy lejos de poder ser aplicada en Cataluña y País Vasco

Escenas como ésa, sin un protagonista único pero con un desarrollo idéntico, se han producido este fin de semana en Bilbao, San Sebastián y Rentería contra el candidato de Ciudadanos Albert  Rivera y contra el líder de Vox, Santiago Abascal. En Rentería, acompañando a Rivera, estaban Fernando Savater  y Maite Pagazaurtundua, que ya venía de Barcelona habiendo soportado junto a Álvarez de Toledo las agresiones de los radicales independentistas. Y el desarrollo fue el mismo: sabotaje para impedir que los participantes en el acto pudieran hablar o, al menos, ya que insistían en hacerlo, que no se les pudiera escuchar. Caceroladas, silbidos, insultos incesantes de «¡fascistas!» y sobre todo el verbalizado propósito de escarmentar a los osados que se habían atrevido a pisar «su territorio».»¡Están aquí sin permiso del pueblo!», gritaba enajenada una mujer en Rentería ante el atrevimiento de los de Rivera de haber penetrado en aquel municipio. Porque ésa es, desdichadamente, la cuestión: que el fascismo pretende haberse adueñado de determinadas partes del suelo español e impone a base de violencia una suerte política de valla de concertinas para quien no se someta a sus postulados totalitarios.

El fascismo pretende adueñarse del suelo español e impone una suerte política de valla de concertinas para quien no se someta a sus postulados totalitarios

Lo mismo le ha pasado a Santiago Abascal en los actos que ha podido celebrar, protegidos por la Ertzaina, en San Sebastián y en Bilbao. Las agresiones han sido del mismo tenor que las padecidas por los otros dos candidatos constitucionalistas y el propósito era el mismo: expulsar del lugar a quienes pretenden reclamar los mismos derechos y las mismas libertades para los ciudadanos de toda España. En este caso las agresiones contra los asistentes a los mítines de Vox llegaron a ser físicas y hubo varios detenidos.

Son estas imágenes las que acreditan los enormes retrocesos padecidos por la democracia española en los últimos años. Es cierto que el terrorismo asesino de ETA ha sido derrotado por esta democracia pero los desgarros que se han infligido al sistema han dejado abiertos unos enorme huecos por los que se están esfumando dramáticamente en algunas zonas de España los derechos y las libertades públicas. Y lo sucedido en estos días de la campaña electoral  lo pone crudamente de manifiesto.

Los desgarros que se han infligido a la democracia han dejado abiertos enormes huecos por los que se están esfumando los derechos y las libertades públicas

Éste es un tema crucial para una parte importantísima de la sociedad española, que quiere y está dispuesta a batallar por un España de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones. Y éste es el asunto central que comparten los tres partidos que del centro a la derecha, concurren a las elecciones. Y no es que el PSOE y su secretario general Pedro Sánchez no suscriba estos principios elementales pero sus seis meses de gobierno ha permitido a muchos electores recelar de sus compromisos con ésta idea de España.

Sus apelaciones constantes al diálogo como un fin en sí mismo y como si éste fuera el bálsamo de Fierabrás; sus gestos de aproximación al presidente de la Generalitat Joaquim Torra; su aceptación de aquella «cumbre» de Pedralbes con la foto de los representantes de ambos gobiernos como si estuviéramos ante un encuentro entre dos Estados, que es lo que los independentistas querían sugerir ante la comunidad internacional; el asunto del relator, o mediador, o lo que sea, que Torra exigía para dar a las conversaciones el perfil de una negociación entre iguales en las que se dirimieran cuestiones relativas a los derechos humanos -conculcados en España, según los independentistas-; todo eso y muchas cosas más han dejado al todavía presidente del Gobierno en una posición que genera una enorme desconfianza entre determinado tipo de elector de cara a las próximas elecciones.

Y ahora, para rematar, los independentistas le ofrecen su apoyo para la investidura y la formación de un «gobierno estable» siempre y cuando Sánchez acepte hablar de autodeterminación y de la celebración de un referéndum para la independencia. Y eso lo hacen no sólo los miembros de ERC -tan independentistas como los de Puigdemont, no lo olvidemos- sino también los de JxCat. Esto es lo que propiamente debe recibir el nombre de «caramelo envenenado». Caramelo porque pone en los labios de Pedro Sánchez la miel de un apoyo que le garantizaría su permanencia en el palacio de La Moncloa. Y envenenado porque va envuelto en unas pretensiones que, de ser aceptadas siquiera sea por aproximación, le enajenarían de forma automática cientos de miles de votos de sus potenciales seguidores.

La oferta de apoyo de los independentistas a Sánchez es un caramelo envenenado: le garantizaría su permanencia, pero le enajenaría de cientos de miles de votos

Por eso Sánchez se ha apresurado a hacer algo que no tenía previsto: poner tierra por medio de una manera indubitable entre sus planteamientos y los de  Junqueras, Rull, Turull, el otro Sánchez, Forn y, en última instancia, el fugado Puigdemont. Pero sus adversarios políticos ya tienen la pieza cazada y es muy probable, se puede dar por seguro, que precisamente esa relación tóxica con los independentistas, que contemplan aterrados cómo podría producirse un gobierno de PP y Ciudadanos o, más probable, un gobierno de PSOE-Cs y por eso se han ofrecido solícitos a ofrecer su apoyo al socialista, va a ser utilizada y exprimida al máximo por los líderes del centro y la derecha en el único debate en el que el presidente del Gobierno ha aceptado participar.

Porque hay sin duda múltiples asuntos que deben ser abordados en un futuro inmediato. Pero el más importante, el más decisivo, el más determinante del voto de una inmensa mayoría de electores es justamente el futuro de esa España constitucional garantía de igualdad entre todos los españoles. Una España que, a tenor de lo sucedido en Barcelona, en Bilbao, en San Sebastián, en Rentería y en tantos otros lugares antes de ahora, puede estar seriamente amenazada de extinción.