Todos los contendientes se juegan mucho mañana, pero algunos más que otros. De todos modos, no hay ningún partido político participante en la batalla electoral al que los resultados de estas elecciones le resulten indiferentes.

El primero que se juega su destino futuro, el poder recuperar el aliento y la potencia de un actor decisivo en la escena política española, es el Partido Popular y más concretamente un Pablo Casado cuyas opciones de liderar con eficacia y con vigor el siguiente asalto al poder -que se dará cuando el presidente del Gobierno convoque elecciones generales- depende, como nunca hasta ahora había dependido, de unas elecciones autonómicas.

Es mucho lo que está en juego en Madrid para el PP y su dirección nacional, porque no les basta con que Isabel Díaz Ayuso salga vencedora en votos y en escaños respecto del siguiente candidato. Toda esa victoria, todo ese éxito, se quedará en la nada más absoluta si la hoy presidenta no consigue gobernar.

Y además gobernar sin incluir a Vox en el gobierno porque esa opción, que según apuntan los sondeos asegurará sin duda a Ayuso los dos años en la Puerta del Sol que quedan hasta las elecciones autonómicas ordinarias, le hará perder a Pablo Casado buena parte de la fuerza de las líneas maestras de su estrategia política, que es la de reivindicarse como un partido moderado, de centro derecha. El único partido de centro derecha de España.

La entrada de Vox en el gobierno de Madrid no se haría previsiblemente sin aceptar las condiciones que quisieran poner a Ayuso los de Santiago Abascal. Y en ese preciso momento, la distancia deliberadamente buscada e impuesta por el propio presidente del PP respecto del partido verde desaparecería como por ensalmo, momento en que las tres izquierdas se lanzarían contra la formación de Casado para demostrar que era cierto que PP y Vox son la misma cosa: fascistas.

Esta ha sido la batalla de la que de alguna manera se ha beneficiado Vox, que en los primeros momentos de la precampaña veía cómo el empuje de Ayuso empezaba a frenar el esperado por sus líderes crecimiento del partido en una comunidad en la que los de Santiago Abascal habían logrado en las últimas elecciones más de 280.000 votos, un 8,8%, y 12 escaños.

Existía la posibilidad de que esos resultados no se alcanzaran porque una parte importante de sus antiguos apoyos se estaban pasando al PP, que ya empezaba a destacarse por ser el partido «recogedor de todo». Pero lo sucedido en el mitin de Vallecas, donde los oradores de Vox fueron apedreados por los ultraizquierdistas convocados para sabotear el acto, y el despliegue exhibido desde entonces por Pablo Iglesias que culminó con la atribución a ese partido de la responsabilidad de los mensajes amenazantes recibidos por él y por otros dirigentes del PSOE, hicieron su efecto. Vox tiene asegurada ahora mismo no sólo su permanencia en el parlamento de Madrid sino incluso puede que hasta un ligero incremento.

Las tres izquierdas han asumido ya la tesis impuesta por Pablo Iglesias de que Vox no es que sea la ultraderecha española, sino que es directamente el fascismo, reducción simplista y rotundamente insostenible por lo falsa, pero que les sirve para acosar a ambos partidos del centro y la derecha aunque causando mayor efecto en un PP cuyo mayor esfuerzo está destinado a levantar precisamente una alternativa de centro político con la que presentarse a las próximas elecciones generales.

En la sede de Génova están cruzando los dedos y quienes son creyentes le están rezando a todo los santos para que Isabel Díaz Ayuso no sólo gane las elecciones, sino que dé un paso más»

Por eso es por lo que Ayuso no ha querido entrar en ningún momento a abordar el paisaje político que va a quedar tras el recuento electoral. Quiere gobernar sola pero no sabe si logrará el suficiente número de escaños que le permita llevar a cabo su propósito. De todos modos, nadie en Madrid alberga ninguna duda de que Vox nunca negaría su apoyo a la candidata del PP porque eso equivaldría a abrir la puerta a un gobierno de izquierdas, una responsabilidad que Abascal y Monasterio no contemplan asumir ni de lejos.

Por lo tanto, en la sede de Génova están cruzando los dedos y quienes son creyentes le están rezando a todo los santos para que Isabel Díaz Ayuso no sólo gane las elecciones sino que dé un paso más: que las gane con tanta holgura que no necesite a nadie para ejercer el poder.

Sólo en esas condiciones la estrategia política de Pablo Casado quedará despejada de obstáculos y podrá encarar la Convención Nacional del próximo otoño con tranquilidad y plenamente seguro de su éxito. Mañana sabremos si lo ha conseguido.

Al margen quedan otras cuestiones no menores, pero que ahora mismo no tienen sitio en el tablero, como es el peso orgánico que se le va a reconocer a la vencedora de las elecciones de Madrid cuando se celebre el congreso regional de la Comunidad. Difícil va a tener Teodoro García Egea discutirle el mayorazgo a una Díaz Ayuso que le ha abierto de par en par a su partido las puertas de su recuperación política y le ha garantizado un futuro relativamente confortable y no el panorama incierto, debilitado y lleno de obstáculos que podría haber tenido de ser muy otras las perspectivas electorales de Madrid.

Por lo que se refiere al PSOE, ha perdido el aliento en esta campaña dislocada que Iván Redondo le impuso a Ángel Gabilondo desde sus comienzos y cuyo rumbo le ha estado cambiando además una y otra vez sin conseguir más «éxito» que el que supone que nada menos que el Partido Socialista Obrero Español haya rematado la campaña refugiado en un seguidismo humillante, ineficaz y manipulador de la estrategia decidida por Pablo Iglesias.

El PSOE ha rematado la campaña refugiado en un seguidismo humillante, ineficaz y manipulador»

El episodio de las cartas amenazantes de muerte, utilizadas hasta el escándalo por unos ministros que saben perfectamente que este es el pan nuestro de cada día desde tiempo inmemorial, pero que han aparecido en primera línea explotando electoralmente el suceso y acusando directamente a Vox, aunque sin pruebas, de instigar tales amenazas, ha constituido un espectáculo del que muchos socialistas seguramente se sentirán avergonzados.

Mucho más avergonzados después de que se supiera que el autor de la carta a la ministra de Industria, Comercio y Turismo Reyes Maroto era un esquizofrénico ya conocido por la Policía; que también Díaz Ayuso había sido destinataria de una misiva similar a las enviadas contra Pablo Iglesias, Fernando Grande Marlaska y María Gámez; que el ministro del Interior en persona acusara directamente en un mitin al PP de ser una «organización criminal»; que mientras eso ocurría el ministro sabía ya que dos de los detenidos por los incidentes de Vallecas contra Vox por haber liderado los ataques violentos contra los propios policías que formaban el cordón de seguridad eran parte de la seguridad privada de Podemos y estaban contratados por el partido; que, sabiendo ese dato de la máxima relevancia habida cuenta del uso que el señor Iglesias estaba dando a las amenazas recibidas contra él, de las que estaba acusando a Vox, el ministro guardara un silencio injustificable.

Y de que al final, como se pudo ver en la manifestación del 1 de Mayo, el candidato del PSOE ya no se distinga, porque no se quiere distinguir, del candidato de Podemos y de la candidata de Más Madrid. En definitiva, que lo mismo me da que me da lo mismo, de modo que el votante de izquierdas puede apoyar a cualquiera de los tres porque son una misma cosa. Ése es el mensaje final de la disparatada campaña socialista.

Con semejante estrategia suicida, que parece diseñada por el más encarnizado enemigo, el candidato Gabilondo se juega su prestigio personal porque le han hecho desempeñar un papel que ha rozado a veces lo grotesco, algo sideralmente alejado de su auténtica personalidad. Pero es que el Partido Socialista también se juega, no el perder unas elecciones sino el perderlas de un modo tan humillante. Vamos a ver cuántos escaños se deja el PSOE en la Asamblea de Madrid de los 37 que tiene ahora.

El votante de izquierdas puede apoyar a cualquiera de los tres porque son una misma cosa. Ése es el mensaje último de la disparatada campaña socialista»

Y, sobre todo, el presidente del Gobierno se juega el que los adversarios y probablemente muchos socialistas le hagan a él directamente responsable de la probable catástrofe que su partido va a sufrir mañana cuando se cierren las urnas y del fracaso de sus políticas a nivel nacional, no solamente autonómico. La última hazaña la ha consumado el propio Pedro Sánchez en el mitin con el que ha cerrado la campaña comparando a Gabilondo con Joe Biden, el presidente norteamericano y alimentando el miedo a Vox. Un modo de insistir una vez más en el seguimiento de la estela de Pablo Iglesias y de intentar también acorralar al PP por lo que ya he dicho más arriba.

En fin, un desastre de campaña que previsiblemente le hará mucho daño a un partido y a un presidente que, no lo olvidemos, gobierna España en minoría y depende de los apoyos de los partidos independentistas y los proetarras. No son buenas compañías para intentar reforzarse ante las próximas elecciones generales y, por eso, lo que suceda mañana en Madrid puede llegar a debilitar gravemente a ambos, partido y presidente.

Ciudadanos. Esta formación se juega la vida en estas elecciones y lo sabe. Inés Arrimadas y Edmundo Bal insisten en que el partido tiene aún mucha vida, o al menos algo de vida, en otras comunidades autónomas y en ayuntamientos. Pero, después de lo sucedido en Cataluña, en Galicia y en el País Vasco, pasar en Madrid de 26 escaños y casi 630.000 votos a unos pocos miles de papeletas y a no poder sentarse en la Asamblea de Vallecas es tanto como llevar un tiro en la cabeza y seguir caminado unos metros más para caer fulminado más adelante. Y es una pena porque ése es un partido necesario en medio de la polarización existente. Pero tan verdad como eso es que está siendo víctima de los errores cometidos por sus sucesivos dirigentes.

Podemos se juega ya únicamente tener escaños en el parlamento madrileño, cosa que el 15 de marzo, cuando Pablo Iglesias anunció que dejaba la vicepresidencia del Gobierno para competir en las elecciones de la Comunidad, no estaba nada clara. Representación sí tendrá, eso lo tiene garantizado, pero previsiblemente será el último de la fila en la clasificación de partidos. Un resultado también enormemente humillante para el exvicepresidente del Gobierno que se va a ver amplísimamente superado por su viejo amigo y hoy adversario Íñigo Errejón en la persona de Mónica García, y que probablemente no tendrá que padecer mucho tiempo de cuerpo presente -entiéndase la expresión- porque el líder morado tiene otros planes más atractivos que el de calentar un escaño irrelevante en la Asamblea autonómica.

Los únicos que no se juegan nada en este combate político porque van hacia arriba en las encuestas y no paran de recibir trasvases de votos procedentes del PSOE y de Podemos son los de Más Madrid, con Mónica García como cara visible en la campaña de Madrid del partido de Íñigo Errejón. Es García, junto con Ayuso en el otro lado del espectro político, una de las dos grandes ganadoras de estas elecciones. Y eso es así hasta el punto de que algunos sondeos apuntan a que está cerca de alcanzar a Gabilondo. No se está hablando de que MM vaya a superar al PSOE, pero sí de que se va a acercar tanto a él como para convertirse en una amenaza para las próximas elecciones autonómicas de dentro de dos años. Y si esa hipótesis resulta demoledora para los socialistas, no digamos lo que es para Pablo Iglesias y los suyos: un golpe del que difícilmente se van a levantar los del partido morado.

Todos los demás, es decir, los electores, los hombres y las mujeres de Madrid, nos jugamos una victoria que sí que tenemos asegurada: el final de la campaña más sucia, más tramposa, más bronca, más ofensiva, más falsaria, más inquietante y más desoladora de cuántas se han celebrado en España desde el comienzo de la democracia, mucho peor incluso que la famosa campaña del dóberman de las elecciones generales de 1996 en las que el PSOE perdió el poder después de casi 14 años ininterrumpidos de gobierno.

Este calvario terminó ayer. En eso sí que estoy segura de que vamos a ganar todos.