Pedro Sánchez fue el miércoles al pleno del Parlamento Europeo para tratar de justificar una disminuida y desaprovechada presidencia española del Consejo de ministros de la UE. Lo que en realidad consiguió el presidente del Gobierno fue trasladar al hemiciclo de Estrasburgo la bronca política española. Y los europeos empiezan a estar hartos.

Había poco interés –empezando por el propio Sánchez, sospecho— en el balance de una presidencia deslucida y arruinada por la anticipación electoral de julio. En la huida hacia delante de los últimos meses, lo único que interesa son las explicaciones sobre los pactos de investidura que han llevado a Carles Puigdemont y los suyos, hasta ahora prófugos y marginales, a convertirse en el fiel de la balanza y ocupar el centro de la escena política.

El discurso de Sánchez, con buenas palabras --y desafortunados desvaríos en lo tocante a Alemania y a la gobernanza europea-- pivotó sobre la idea de que su gobierno está alineado con los valores europeos. ¿Se puede afirmar esto con las contorsiones que está protagonizando?

El presidente del Gobierno habló, con razón, de las líneas rojas que se establecen en muchos países para aislar a la extrema derecha, y puso como ejemplo el Parlamento Europeo, donde hay un acuerdo básico entre conservadores, liberales y socialdemócratas. Lástima que le falta legitimidad para que esa afirmación pueda ser creíble, porque al mismo tiempo se empeñó en defender el supuesto carácter progresista de sus alianzas con el populismo identitario y el nacionalismo secesionista

Con un escenario semejante, no es fácil convencer a los eurodiputados de que en España hay un gobierno progresista, porque ellos distinguen el progreso del regreso y, sobre todo, son en su mayoría socialdemócratas, liberales y conservadores que están acostumbrados a pactar, no sin dificultades; a gobernar lejos de los extremos. Ellos, con sus discrepancias, sí suelen estar alineados con los valores europeos. Y esto vale tanto para el PSOE como para el PP.

Sánchez, para solo hablar de los últimos días, ataca al líder conservador europeo en la Eurocámara, el alemán Manfred Weber, y haciendo gala de una habilidad diplomática digna de Corea del Norte, le menciona a Hitler. Al mismo tiempo, es evidente –lo ha anunciado Junts— que se va a ver pronto con el prófugo Puigdemont, el mismo que prometió que iba a rendir cuentas ante la justicia. 

Equiparar al Partido Popular Europeo con la extrema derecha, por mucho que haya algunos casos de proximidades –y desde luego, Alemania es el más alejado de los ejemplos— y basar un gobierno en pactos con quien haga falta para seguir en el poder es jugar con fuego. Ese mismo PPE es el partido mayoritario que sostiene la llamada coalición Von der Leyen esta legislatura. Nada ha salido adelante en Bruselas –desde los nombramientos hasta las decisiones y toda la legislación— sin los acuerdos entre conservadores, socialdemócratas y liberales. 

Es evidente que el Gobierno de España no está "perfectamente alineado con los valores europeos".  Si lo estuviera, no se sostendría sobre acuerdos con supremacistas de derechas, independentistas y herederos del terrorismo que no han pedido perdón por los asesinatos de ETA. 

Si lo estuviera, habría desautorizado sin vacilaciones las palabras de la portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, cuando señaló el pasado martes a jueces, periodistas y policías, pidiendo que fueran "juzgados y cesados" por "atacar a Cataluña". Todo ello ante la pasividad de la presidenta del Congreso y el silencio del portavoz del PSOE,

Si lo estuviera, no habría entregado el ayuntamiento de Pamplona a EH Bildu tras asegurar hace un mes en el Congreso que eso jamás ocurriría. Una operación ocultada hasta después de la investidura, porque formaba parte de un pacto difícilmente alineado con los valores europeos: en las últimas municipales, EH Bildu incluyó en sus listas a 34 condenados por pertenencia a la banda armada o colaboración con ella.

Los valores europeos están tan alejados del populismo de derechas como de izquierdas

Los valores europeos son tan contrarios a la extrema derecha como a la extrema izquierda. Están tan alejados del populismo de derechas como del de izquierdas, porque ambos, junto con los nacionalismos, representan exactamente lo contrario de esos principios: la polarización como herramienta política, el atropello de los derechos democráticos, el desprecio de la separación de poderes, el abuso de las mayorías parlamentarias, la degradación de las instituciones democráticas, la vulneración de los derechos de los más débiles de la sociedad.

Las palabras de concordia, en Madrid o en Estrasburgo, se quedan en nada si no hay legitimidad detrás, si el que las dice se salta a la torera las líneas rojas: aprobar una ley de impunidad a cambio de siete votos; colocar a activistas y militantes al frente de instituciones y organismos públicos; callar ante declaraciones de aliados que quiebran la separación de poderes y alientan cacerías de jueces y magistrados y comisiones de investigación contra los mismos; cambiar radicalmente afirmaciones que tienen que ver con principios, sin inmutarse, con semanas de diferencia.

Sánchez llevó el barrizal español a Estrasburgo. No se sabe muy bien qué saca de ello. Desde luego, la tierra firme de la que presume en España se convierte en arenas movedizas en Europa. Y los socialistas europeos no son muy partidarios, ni del fondo ni de la forma, de importar este estilo tabernario al Parlamento Europeo. Y después las próximas elecciones europeas de junio habrá que volver a buscar alianzas.

Estos socialistas, y los líderes de la coalición que gobierna Europa, después de superar su disgusto ante el lodazal que Sánchez les sirvió en bandeja, entenderán que estar alineado con los valores europeos no puede ser dinamitar la convivencia entre los españoles con una ley de inmunidad disfrazada de amnistía, ni dejar que se insulte a los jueces al estilo de Orban y Maduro. Que prescindir de los escrúpulos y del valor de la palabra en la actividad pública, incrementar por ello la desconfianza de los ciudadanos hacia los políticos, elevar la arbitrariedad a norma y preferir los extremos al centro no son valores europeos. Ni progresistas. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento Europeo en la delegación de Ciudadanos