Opinión

La verdadera historia de la gran recesión 2008-2013

Manifestación tras el escándalo de las preferentes.
Manifestación tras el escándalo de las preferentes. | EUROPA PRESS

La gran recesión 2008-2013 fue tremenda. El PIB cayó en términos reales durante casi 5 años, alcanzando la cifra global del 9%. El paro pasó del 8,2% al 27,2%, perdiéndose 3,5 millones de puestos de trabajo. La deuda pública pasó de un envidiable 35,8% al 100% del PIB. La destrucción de riqueza fue la ruina de tantos empresarios y ahorradores. A pesar de todo ello, se ha estudiado poco y el relato oficial es que fue una crisis mundial, es decir, que fue importada (caída de Lehman Brothers). Casi se asume que fue inevitable. Nada más lejos de la realidad: fue autóctona, “made in Spain”, aunque coincidente en el tiempo, en sus orígenes y en sus efectos, con la de otros países.

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Para España su origen está en la incorporación al euro, con un descenso muy notable de los tipos de interés, con el consiguiente aumento de la demanda de crédito. Esta se pudo satisfacer porque la pertenencia a una moneda común aumentó las posibilidades del mercado interbancario que dejó de ser español para pasar a ser de todos los países de la moneda común. Un tema esencial para comprender aquella crisis es la regulación de la solvencia de las entidades de crédito, los llamados acuerdos de Basilea, por la ciudad en la que está radicado el Banco de Pagos Internacionales (BIS). En ellos se fija la parte de los activos del banco que deben estar cubiertos por fondos propios, fijando la cifra del 8%. Ahora bien, los activos hay que ponderarlos por su riesgo, de forma que para los que sean plenamente seguros la ponderación es 0.

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En la época en la que se gestó la crisis, los créditos con garantía hipotecaria tenían de por sí una buena ponderación, lo que explica que la expansión crediticia se materializase en financiación de operaciones inmobiliarias y fue capitaneada por las cajas de ahorro en una loca carrera por ganar cuota de mercado, llegando al 51% y superando a la banca. Se creó una doble burbuja, la de crédito que financió la inmobiliaria y provocó una ficción de prosperidad: recordemos cuando superamos en PIB per cápita a Italia e íbamos en camino de hacerlo con Francia. Como las libretas de ahorro eran insuficientes para financiar la expansión de crédito, las cajas se lanzaron a emitir cédulas hipotecarias y bonos de titulización que fueron suscritas por entidades de crédito extranjeras, principalmente cajas de ahorro alemanas.

Nada más lejos de la realidad: la crisis fue autóctona, “made in Spain”, aunque coincidente en el tiempo, en sus orígenes y en sus efectos, con la de otros países

En el otoño de 2007 el Banco de España publicó la adaptación de Basilea II al mismo tiempo que todos los bancos centrales de la zona euro. El requisito de solvencia permaneció en el 8% pero la garantía hipotecaria ya no era suficiente para una buena ponderación. Había que ver caso por caso, comparando el crédito con la tasación de la garantía, de forma que una parte significativa de la cartera de créditos hipotecarios pasó a ponderar al 100%. De la noche a la mañana, muchas cajas de ahorro se encontraron con recursos propios insuficientes, por lo que no solo no podían otorgar nuevos préstamos, sino ni siquiera renovar los existentes. La falta de renovación afectó a todo tipo de créditos y no solo a los hipotecarios, surgiendo el fantasma de las suspensiones de pagos, con una morosidad que subía exponencialmente. Entramos en un duro círculo vicioso con las consecuencias descritas al principio del artículo.

Pero eso no fue todo. En la búsqueda de recursos propios, como las cajas de ahorro no podían emitir capital, optaron por las participaciones preferentes. Como el mercado institucional ya estaba cerrado, cambiaron libretas de ahorro por preferentes, como si el riesgo fuese el mismo, defraudando la lealtad de sus clientes y creando lo que luego se denominó un auténtico corralito, con decenas de miles de clientes con sus ahorros encerrados sin posibilidad de salida con unos productos que de verdad no valían nada. Como la solución de las preferentes tampoco fue suficiente, desde el Ministerio de Economía y el Banco de España se optó por convertir las cajas en bancos (sociedades anónimas), fusionarlas entre sí para conseguir volumen, sacarlas a cotizar en Bolsa y ampliar el capital. Eso sí, con la misma dirección. Otro fiasco.

En los párrafos anteriores ha quedado claro que la crisis española fue autóctona. Hubiese sido importado si nuestras entidades financieras hubiesen adquirido activos tóxicos extranjeros, como bonos subprime americanos, pero no fue el caso. Más bien al contrario: exportamos crisis, con esas cédulas y bonos de titulización vendidas a las cajas de ahorro alemanas. A pesar de ser “inversores profesionales”, tuvimos que atender sus vencimientos entre todos los españoles para que no perdieran nada. Estaba en las condiciones del rescate de los “hombres de negro”.

Analicemos el comportamiento de los protagonistas de esta tragedia:

  • Las cajas de ahorro: solo se salvaron unas pocas, las que tenían una cultura bancaria y empresarial más fuerte. Desde 1985 las cajas de ahorro habían caído bajo la tutela de las comunidades autónomas, lo que provocó que en muchas de ellas sus órganos de dirección se llenasen de políticos, sindicalistas y simpatizantes del partido en el poder, totalmente alejados de la gestión de riegos, que es la base del negocio crediticio. Bajo la falsa creencia de que el inmobiliario nunca baja, se lanzaron con una absoluta frivolidad a esa carrera suicida por ganar cuota de mercado. Además, hay un tema adicional: Basilea II entra en vigor en el otoño de 2007 pero se aprobó en 2004. Un gestor medianamente responsable hubiese sabido que esos créditos hipotecarios iban a demandar, tarde o temprano, muchos más recursos propios.
  • El Banco de España, el supervisor de solvencia. Su actuación es incomprensible y afecta plenamente a dos gobernadores, cada uno nombrado por un partido político distinto. Permitió el desarrollo de la burbuja, la asunción de riesgos por sus supervisados y unos desequilibrios macroeconómicos evidentes. Su fracaso supervisor fue de tal magnitud que hubiese merecido una profunda reforma institucional.
  • La Comisión Nacional del Mercado de Valores: como supervisor de conducta permitió una nefasta comercialización de preferentes y de acciones de los nuevos bancos. Puede que bajo la presión de “hay que salvar al sistema financiero” mirase para otro lado. La excusa de que la regulación vigente no le permitía otra cosa, igual que en el caso del BdeE, no es creíble.
  • El Gobierno: se creyó la ficción del crecimiento económico. Era demasiado bonito para ponerle un freno. Cuando estalló la crisis, no supo adoptar las medidas necesarias y pagó tanta incompetencia en las siguientes elecciones. Esas dos o tres tardes de clases de economía no cundieron nada.

Vista la historia reciente con perspectiva, la pregunta que tenemos que hacernos es ¿habremos aprendido?

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