Opinión

EL GOLPE

Zapatero pide confianza (y una peseta de Lola Flores)

Zapatero pide confianza (y una peseta de Lola Flores)
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero a su llegada a la Audiencia Nacional | EP

Zapatero llegó a la Audiencia Nacional triste, digno, forrado por dentro de punzadas, puntaditas y arrugas, como una folclórica con problemas judiciales y de vestuario (él es una folclórica). Pero ni siquiera le salían al expresidente aquellos dientes de la Pantoja, blancos o grises como perlas de la abuela o del propio Zapatero, sino una mueca como la del cómico o el mendigo, o el cómico mendigo. Zapatero había guardado silencio, luto o ayuno casi un mes, como el probe Miguel en la montaña, que la pobreza material y de espíritu se acredita y se refuerza mucho si uno se retira por ahí, bíblica o sólo cobardemente (la santidad puede ser indistinguible de la huida). Los creyentes de estampita, el socialismo estamental y los socios limosneros de Sánchez esperaban que Zapatero pudiera aclarar ante el juez los graves indicios en su contra, pero no. Después de un mes en el que parece que sólo estuvo reconcentrando su chi o dejándose la barba y las uñas para recortárselas luego ritualmente, expiatoriamente, Zapatero no pudo explicar ni rebatir nada. Se limitó a negarlo todo, como la morena clara de los jamones o de la peseta, que era Lola Flores en ambos casos. Calama, nada folclórico, decía que “no había logrado desvirtuar los indicios racionales de criminalidad”. En su comunicado, Zapatero pedía “confianza” y sonaba, claro, a peseta rubia de Lola Flores.

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Pedir confianza es pedir fe, pero la fe es lo último que se pide, que se pierde y que se saca, cuando ya no hay otra cosa que pedir, perder o sacar. O sea, Zapatero ya está en las últimas cuando acaba de conocer al juez como a la suegra. Zapatero pidió aplazar su declaración para poder prepararla, pero no parece que hubiera demasiado que preparar, salvo ese lento campaneo de cabeza ante el juez, como ante la suegra en el sofá de tapetillo, y esa apelación a la confianza que no suele servir de nada ante las suegras y, tal como está el asunto, tampoco creo que sirva ante la parroquia amoscada, desmoralizada, desengañada. Digo la parroquia porque Zapatero, con rezo, mantilla y broche de lágrima como un camafeo, no se dirige al sanchismo, al que por supuesto le da igual todo, la verdad, la mentira, la moral y la justicia, sino al creyente, al progre de suscripción y misa de la Ser, el que aún es capaz de hacer una vigilia por la persecución a Sánchez, por la virginidad de Begoña o por la santidad del amigo de Delcy, de Maduro y de la China de Jinping.

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Mucha gente confiaba en que este día Zapatero sacaría un papel, un gráfico, quizá hasta un microfilm, antiguo y quemado como esos relojes de su caja fuerte, que eran como marcos de espejo o relojes todavía de sol. Algo, lo que fuera, deslumbrantes informes redactados por él con sabiduría y caligrafía china, más valiosos aún que sus joyas como conseguidas o robadas entre cobras; los trabajos de publicidad o comunicación de nivel internacional de sus hijas, equiparables por lo menos a los de Nike o a los de Begoña; la transferencia, el asiento, la factura que rompiera la trazabilidad del dinero de Plus Ultra, o de los otros dineros que siempre le caían encima a la familia, como esas joyas que caían como higos bajo la higuera; la empresita de algún señor desconocido y desconectado que desmonta el entramado societario… Mucha gente esperaba algo así desde que Rufián, con su cara de “jodido”, o de envidar, o de amenazar, que es la misma, como la de una sota, agitó el auto del juez Calama en el Congreso diciendo que eso no era lawfare y que había que explicarlo. Pero Zapatero no lo ha explicado. Ni siquiera ha despejado una sola duda, ni siquiera ha acallado una sola sospecha. No es tan sencillo, no es tan inmediato. A lo mejor no es ni posible.

Zapatero pide confianza porque cualquier evidencia pierde ante la fe; porque, pase lo que pase, siempre quedará el complot de la fachosfera o de Trump, que le tiene ganas a Sánchez

No, no ha bastado con que Zapatero se haya presentado, bajando de su montaña entre nubes de ovejas y nubes de nubes. De momento, no ha sido capaz de dar la explicación definitiva del mundo que suelen dar los descendidos y los aparecidos. O sea que la cosa sigue, que es lo que suponíamos porque los indicios eran graves y sólidos, y porque Zapatero enseguida contrató a un especialista en derecho procesal, dando por hecho un largo proceso, un litigio de litigantes y unas leguleyerías de leguleyo, que uno no hace eso si puede desmontarlo todo con una fotocopia o un monólogo, si uno es tan inocente que le va rezumar la inocencia como requesón. Zapatero se dice inocente, sí, pero para llegar a esa inocencia seguramente habrá un juicio y mucha guerra, y no será una guerra moral sino legal. Pronto, en realidad, no importará tanto la inocencia como la nulidad o cualquier otra palabreja que salve el cuello sin salvar la decencia. En el caso de las joyas de Drácula, ya se sienten satisfechos con el delito prescrito, que no es menos inmoral que el delito enterrado. Mientras, Zapatero pide confianza, que a uno le parece una palabra nada insignificante. Esa confianza es como el papel del fondo del cajón o de la gaveta, ya después de eso no hay nada, ni informes ni croquis, ni tabaco ni revólver. Si uno llega ahí, lo más probable es que el cajón esté vacío y todo haya acabado.

Zapatero nos pide confianza, qué el es inocente y honrado como dicen todos, aunque, como suele pasar, sobre todo si no lo eres, esa inocencia no es ni mucho menos evidente. Pide confianza y ya digo que la palabra no es ni intrascendente ni arbitraria. Otra cosa hubiera sido pedir paciencia, tiempo para ordenar los papeles o traducir del mandarín. Pero la confianza se refiere más a algo que no está todavía presente, y puede que nunca lo esté. Aunque su comunicado menciona que “costará más o menos tiempo” demostrar esa inocencia, ese tiempo, y las pruebas que se consigan en ese tiempo, parecen secundarios o incluso descartados al lado de lo que él pide antes que nada, que es apoyo, sostén, por supuesto incondicional. Zapatero pide confianza porque cualquier evidencia pierde ante la fe; porque, pase lo que pase, siempre quedará el complot de la fachosfera o de Trump, que le tiene ganas a Sánchez como una bruja de caldero. Zapatero puede ser inocente, aunque, con lo que sabemos ahora mismo, eso implicaría un cúmulo de casualidades grotescas y cósmicas. De momento, no tiene explicaciones, no tiene casi defensa. Sólo una pena, penita, pena, y una mano como una cazoletita que pide la peseta o el milagro.

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